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La opinión de
Óscar Díaz

Lo confieso, soy amiguero

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Hace 25 años, estaba demasiado enfrascado en averiguar cómo pasarme algunas pantallas de Knight Lore en mi AMSTRAD CPC 464 con monitor de fósforo verde. Tenía más colores que en el Spectrum o, al menos, eso era lo que me gustaba decir cuando comparaba versiones. También disfrutaba con mis Game & Watch y comía Panteras Rosas. Pero, todas ellas, eran experiencias cortitas de color, aunque llenas de adicción.

Cinco lustros atrás, al otro lado del Atlántico, Andy Warhol se esmeraba por hacer algo único en televisión. Se puso delante de la pantalla de un ordenador y manejó un programa de dibujo, precursor de Deluxe Paint, con un ratón. El efecto no era otro que una imagen de la mítica cantante de Blondie, en la que algunas zonas se rellenaban de colores… chillones. Pero, claro, si lo hacía Warhol era arte… ¿Os he dicho que, por aquél entonces, lo normal en los Mac eran las pantallas monocromo y los PCs funcionaban con MS-DOS?

Sí, hace 25 años que los astros se alinearon y nació Micromanía, también entonces pudimos ver un atisbo del futuro. Una imagen fugaz que la industria se afanó en apagar. Pero cuyo espíritu se respira en todo cuanto tenemos hoy en día. Eran los primeros momentos del Amiga. Varias series míticas de ordenadores (y consolas…) que han tenido seguidores a muerte, algunos aún enfrascados en su pasión. Reíros de la guerra entre Sonyers y Xboxers. Aquellos tiempos sí que eran una fiesta de puyas y demostraciones de poder, que durante muchos años ganaron los amigueros, por goleada.

Las bazas del Amiga se basaban en hacer algo diferente. En lugar de dejarle todo el trabajo al procesador central, típico en su época, repartía tareas entre varios chips. Así, en los primeros modelos de Amiga 1000, el sonido lo controlaba Paula, Agnus se ocupaba de la memoria, Daphne manejaba los gráficos y todo estaba supervisado por un Motorola 68000. Procesadores con nombre de personas y un núcleo mítico, que aún hoy, se emplea en millones dispositivos. La evolución de estos componentes, dentro de los sucesivos modelos de Amiga, fue todo lo que necesitaban los fans de la plataforma. Sin embargo, las cosas avanzaron muy lentamente y Commodore falló a la hora de actualizarse. Eso, sin contar los sucesivos errores a la hora de comercializar su plataforma estrella. Una pena, porque el Amiga ofrecía potencia para mover los mejores juegos, gran capacidad para usuarios profesionales y un sistema operativo con el que la competencia sólo podía soñar todas las noches.

¿Qué queda del Amiga?

En eventos como RetroMadrid, vemos muchas máquinas que aún funcionan, miles de usuarios que siguen reuniéndose en partys, al estilo de las de los ochenta y noventa. Intentos de resucitar la plataforma, casi siempre desde el punto de vista del friki tecnológico. Páginas que reúnen cada vez más información sobre la plataforma. Comunidades en Facebook y otras redes sociales. Pero, ante todo, nos queda un sentimiento de tiempos que marcaron el futuro de los videojuegos y la informática personal.

Si hace 25 años empezábamos a usar, en casa, una arquitectura como la del Amiga, ahora sus logros nos parecen de lo más normal. Cualquier Xbox 360, PlayStation 3, PC o teléfono móvil de última generación están basados en los mismos conceptos que comenzaba a explotar el Amiga. Varios procesadores, especializados, se encargaban de lo que mejor podía hacer cada uno. El software, por encima de todo, era intuitivo y potente, dejando a un lado la necesidad de aprender comandos o tener que cerrar un programa para poder usar otro. Sí, eran otros tiempos…

La palabra amigable, referida a la informática, tuvo mucho sentido durante años, gracias al trabajo de Jay Miner (y su perro Mitch, que en paz descansen), RJ Mical (inventor también de Atari Lynx, 3DO y responsable de PlayStation…), los dentistas que pusieron el dinero para financiar los primeros modelos, antes de ser absorbidos por una Commodore sin rumbo, la scene, el calor de San Fernando y Posadas, la Euskal…

Ahora, sólo nos queda dar las gracias por esos momentos memorables y experiencias que nos permitieron viajar al futuro, al menos durante una temporada. Por algo eran esos los tiempos de Michael J. Fox y su DeLorean.

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