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La opinión de
Alberto Lloret

De "hijo jugador" a "padre jugador"

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Si me lo permitís, en esta ocasión quiero ponerme un poco más personal que de costumbre. Hoy, 25 de octubre, hace justo un año que falleció mi padre. 12 meses en los que he recordado momentos y situaciones que de un modo u otro compartí con él. Algunos más alegres que otros, pero por alguna extraña razón, una imagen me viene una y otra vez a la cabeza: le recuerdo encorvado, de espaldas, jugando al Spectrum.

Antes habíamos tenido otros microordenadores en casa, como el ZX 81 y su maravilloso 1K de memoria, pero nunca antes mi progenitor había mostrado el más mínimo interés por esos aparatos, y mucho menos por los juegos. Hasta que descubrió Harrier Attack, Match Point y The Way of the Exploding Fist. Le recuerdo sobre todo haciendo combinaciones de botones en este último, con el cigarro colgando de la boca y mirando la pantalla concentrado...

Esa es la única imagen que retengo del padre jugador. Esa y otras dos famosas que los más mayores habréis vivido alguna vez: la de 'recoge este tinglado que empieza el fútbol' y esa otra de 'aquí no pongas eso que fastidia el tubo de imagen'.  Pero, con la misma intensidad que recuerdo esos momentos, me pregunto... ¿A qué se debió ese repentino interés por los juegos? ¿Curiosidad? ¿Preocupación? Fue la única vez que tuvo contacto con ese tipo de entretenimiento y, días después, perdió por completo el interés.

Quizá sólo quería ver de primera mano qué había traído a casa. Asegurarse de que no corríamos peligro, que esos juegos no nos harían ningún mal... En los 80 no había tanta información como ahora y, quizá, en el fondo, tuviera algún tipo de 'miedo' no confeso. Pero, aún después de su efímera “etapa gamer”, nunca puso límites en casa a la hora de jugar, ni prohibió títulos que no encajaran con mi edad, como mi adorado Skool Daze y sus gamberradas escolares tirachinas en mano. O Barbarian y sus decapitaciones.

Me acuerdo y reflexiono sobre ello porque, de aquí a 3 ó 4 años, el que va a pasar de hijo jugador a padre jugador soy yo. Y supongo, que en el fondo, tengo preocupaciones similares. ¿A qué debe jugar mi enano? ¿Es bueno que siga las modas/gustos de sus amigos? ¿Debo quitar de su campo de visión toda experiencia violenta y envolverle entre algodones para que piense que vive en un mundo perfecto? ¿Es acertado seguir las calificaciones de PEGI, que en ocasiones parecen fijadas después de un día de fiesta?

Reconozco que es un tema espinoso, pero tengo claro que, como dicen los anglosajones, el medio ha evolucionado y que hoy en día es posible encontrar experiencias más explícitas, para adultos, con doblajes llenos de tacos y que, por temática, deberían estar lejos de un niño, como GTAV. Pero, por ejemplo ¿un shooter o un juego de acción en tercera persona? No estoy diciendo, ni mucho menos, que vaya a poner a mi hijo cuando cumpla 6 años delante de Call of Duty para convertirlo en una máquina de matar…

… pero sí que puedo afirmar que, siendo “menor”, disfruté en nuestro viejo 286 de Wolfenstein y no me hizo más violento. O de Doom. O de Quake. O incluso de Budokan, algo que tampoco me convirtió en un loco de los nunchakus ni de las artes marciales. O incluso mucho antes, con el famoso Ke Rulen los Petas de Spectrum… cuando ni siquiera sabía qué era un “peta”. Son solo ejemplos, pero ilustran a dónde quiero llegar.

También es cierto que, aparte de los juegos claramente diseñados para ellos como Invizimals, Pokémons y similares, existen otras muchas opciones y alternativas que pueden alimentar su creatividad, desde LittleBigPlanet a Los Sims o el omnipresente Minecraft, que incluso se utiliza en colegios americanos como asignatura para potenciar eso, su imaginación, y su capacidad para trabajar en equipo. Ahí está el documental Minecraft: The Story of Mojang que comenté hace unos meses para recordarlo…

Por todo esto, como individuo informado, y a pesar de mis miedos, no creo que etiquetar los juegos, ni clasificarlos por edades sirva para mucho. O al menos tal cual entiendo yo las cosas. Creo que hay menores que, bien por carácter, por su propia madurez (igual que los adultos, hay niños con "los pies más en la tierra" que otros) o por la vida que les ha tocado vivir, están más preparados para consumir determinados tipos de ocio, ya sean juegos, películas o libros, que otros niños de su edad.

También estoy convencido de que hay que supervisar a qué juegan, compartir con ellos la experiencia y hablar sobre el tema. Con esa misma convicción creo que no hay juegos “resorte”, esos que que sacan lo peor de nosotros y que nos “lleva” a cometer atrocidades. En el caso de los menores, repito, creo que su  “madurez” juega un papel vital: si no son capaces de diferenciar lo que es ficción de realidad y que el mundo virtual acaba al apagar la tele, mejor esperar un tiempo o probar con otras cosas.

Supongo que, como mi padre, ya he visto los suficientes juegos para entender que, al fin y al cabo, los juegos en sí mismos son en realidad inofensivos. Solo depende de la cabeza que los interprete y disfrute. Y ahí espero tener el mismo ojo que mi padre tuvo conmigo… Por lo menos yo he sido jugador antes que padre.

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