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La opinión de
David Martínez

Juegos que rompen fronteras

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Después de ver la estupenda acogida que han tenido mis anteriores entradas sobre Japón, he decidido contaros una anécdota personal; una muestra de que el mundo (también el de los videojuegos) es un pañuelo. Hace un par de años estuve entrenando en el país del sol naciente. Acababa de sacar mi primer dan de kendo, y decidí estrenarlo (o mejor dicho, que me lo “estrenaran”) con unos cuantos maestros japoneses. El primero de estos maestros, Saito sensei, nos recibió en el polideportivo de una escuela en Yokohama. Para que os hagáis una idea, era clavadita a la que sale en Ranma, con su torre del reloj y todo. Después de combatir (como es lógico, los japoneses nos dieron una paliza de escándalo) y recoger las armaduras, nos explicó que no había duchas para todos, y que, por favor, acompañásemos a sus alumnos a sus casas para adecentarnos.

Cargamos las espadas en un monovolumen, y nos plantamos en una casa pequeña, un chalet unifamiliar de dos pisos, con un pequeño jardín. Después de tomar té y bañarnos en el estilo japonés (primero te lavas en una banqueta y después te metes en el baño) me puse a guardar las cosas. Entonces mi anfitrión (un hombre de unos cuarenta años, que por cierto, tenía una Wii y una PS2 en el salón) vio mi toalla promocional de Konami. Rápidamente se fue del cuarto y regresó con su tarjeta de visita, para explicarme que él trabajaba en la misma empresa de mi toalla.

Así, entre inglés y japonés, le expliqué que yo escribía para una revista española (similar a Weekly Famitsu) y que en nuestro país Konami era muy popular por las sagas Castlevania, Metal Gear y, sobre todo, Pro Evolution Soccer. Cuál sería mi sorpresa cuando me explicó que el trabajaba en el desarrollo de Winning Eleven (Pro Evolution) y que ya sabía del entusiasmo de los europeos por su juego. También comentó cosas sobre Mushiking,  el juego de coleccionar escarabajos (kabutomushi) que estaba de moda por aquel entonces, pero no tengo muy claro qué quería decir. Después nos fuimos a cenar todos, otra costumbre muy japonesa; sake, intercambio de regalos, algún consejo sobre cómo se debe manejar la espada... y salir a toda prisa para coger el tren bala hacia Kyoto. Pero eso ya es otra historia.  

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