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La opinión de
David Martínez

El mejor amigo del jugón

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Me considero amante de los animales, especialmente si están en libertad. Hasta me gustan los monstruos que llenan la programación de Discovery Channel en documentales sensacionalistas como “Tiburones asesinos”, “Anacondas mortales” o “El león letal”. Pero no vayáis a pensar que soy ningún Cocodrilo Dundee: el único truco que he conseguido enseñarle a mis mascotas (tres hurones bastante listos) era escaparse de la jaula y robar comida.

 

Por eso me atrae la idea de tener una mascota en un juego. No me malinterpretéis, que cuando hablo de un animal de compañía, no me refiero a Nintendogs, Kinectimals, ni la serie Animalz de DS (Horsez, Dogz, Hamsterz, Dolphinz…) Ni siquiera me “mataba” Seaman, el juego de Dreamcast en que criabas un pez con cara (y con la voz de Leonard -Spock- Nimoy) y podías hacer que te insultase (pronto habrá una versión para 3DS).

A lo que me refiero es a un “bicho” que acompañe a nuestro personaje dentro de la propia ficción del juego. Normalmente nuestro animal es un arma encubierta. Así ocurría en Shadow Dancer (que no era más que una versión de Shinobi con lobo) o en Samurai Shodown, en que había ataques que ejecutaba el lobo de Galford o el halcón de Nakoruru. También hemos podido manejarlo, como en Dead to Rights o Game of Thrones, para disfrutar de sus sentidos especiales.

 

Aunque lo que me llama la atención es el vínculo que uno consigue crear con su compañero. ¿Conseguisteis un fiel perro en Fallout 3? ¿Habéis visto morir a uno de vuestros caballos en Skyrim? No me negaréis que uno se siente “acompañado” de verdad. De hecho esta camaradería es el pilar central de algunos juegos; qué decir de Pokémon, o el próximo Fable: The Journey, que estará construído sobre la relación entre nuestro héroe y su caballo. ¡Y sin tener que sacarlos a pasear!

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