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La opinión de
Javier Abad

Memorias de América

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Vale, reconozco que hablar del E3 en estos días no es muy original, pero es que tengo mis dos neuronas ocupadas: una se dedica al Mundial y la otra a la feria de Los Angeles (de vez en cuando se me cruzan y acabo clamando contra Del Bosque por no sacar a Raiden de titular). Aunque no he ido a la edición de este año, he tenido el privilegio de asistir a dos E3 anteriores, así que puedo contaros como se vive un evento así desde dentro.

Si hay una foto representativa de la feria es esta que os pongo aquí debajo: la entrada principal del Convention Center de Los Angeles, algo así como el Pórtico de la Gloria para los amantes de los videojuegos. Por cierto, si os gusta el baloncesto el flipe es total, porque el pabellón de los Lakers queda justo al lado.

Yo estuve allí por primera vez en 2005, y la emoción que se siente cuando te acercas a ella es indescriptible. ¿Habéis oído hablar del síndrome de Stendhal? Es un “jamacuco” que le da a algunas personas cuando se exponen a una sobredosis de belleza artística (el nombre viene porque este autor francés lo sufrió mientras visitaba Florencia). Bien, pues yo creo que a más de un periodista le ha dado algo parecido al cruzar la puerta del Convention Center y encontrarse con decenas de stands, luces chillonas, música a todo volumen, azafatas a todo volumen también…  De hecho, voy a donar a la ciencia el nombre que debería tener esta sobreexposición a tantos videojuegos: síndrome de Kojima. Ahí lo dejo, para quien lo quiera.

 ¿Y qué ocurre dentro? Pues que aquello se convierte, literalmente, en una casa de citas. ¡Un momento, que no es lo que pensáis! Aunque el E3 dura apenas tres días, para nosotros empieza varias semanas antes, cuando tenemos que cerrar la agenda para visitar los stands de todas las compañías. Divides cada jornada en espacios de una hora y vas concertando citas: “de 9 a 10, Electronic Arts; de 10 a 11, Activision”… así hasta que llegas a “de 22:00 a 23:00, Konami” y caes en la cuenta de que a esas alturas la feria llevará tres horas cerrada. Y si cuadrarlo todo en España ya es de nota, que los horarios se cumplan después “sobre el terreno” es casi tan difícil como que algún día veamos un juego de Mario en PS3. Al final acabas corriendo contrarreloj de un stand a otro con la mochila cada vez más llena, y el E3 se convierte en “Es-3”.

Hay una anécdota que nunca olvidaré de mi primer E3 (Oscar Díaz también estaba en el ajo y la ha contado ya en su blog. Perdón por la repetición). El caso es que nuestro hotel estaba al lado del de Nintendo (el suyo tenía cinco estrellas; el nuestro unas cuantas menos), y cuando descubrimos que les habían puesto un autobús gratuito para volver cada día desde la feria, pensamos que no les importaría llevar a unos humildes periodistas españoles. En fin, que nos colamos por la cara. El primer día funcionó, porque el autobús no iba lleno, pero el segundo fue subiendo cada vez más personal de la Gran N y, cuando ya no había sitios libres, todavía se montó un pasajero más: ¡¡Miyamoto!! La mezcla de vergüenza y adoración por el ídolo que estaba plantado en el pasillo con cara de no entender nada hizo que nos bajáramos y volviésemos “legalmente”.

Mi segundo viaje al E3 fue en 2007, una edición que será recordada por dos cosas: mi maleta llegó un par de días más tarde que yo, y algún genio tuvo la feliz idea de repartir a las compañías por diferentes hoteles de Santa Mónica, en la costa de Los Angeles, en vez de reunirlas en el Convention Center.

Como veis, el lugar es una pasada, aunque he de decir que los yanquis no tienen pillado el concepto del chiringuito playero con sardinas a la brasa y sangría (si hay algún emprendedor leyendo, allí existe una oportunidad de negocio enorme). El experimento de ese E3 resultó desastroso. ¿Os imagináis que el centro de vuestra ciudad se llenara de periodistas corriendo de un hotel a otro con la lengua fuera? Pues eso era lo que se encontraban los habitantes de Santa Mónica cuando salían a la calle, una locura.

El cansancio que se acumula con tanto trajín es enorme, y como encima las compañías suelen organizar saraos cuando se acaba la “jornada laboral”, al final el nombre de la acreditación es el único medio que le queda al recepcionista de tu hotel para verificar que el periodista que salió por la mañana y ese ser que regresa por la noche son la misma persona. ¿Y sabéis qué me pasa a mí? Que mi cuerpo está molido, pero en mi cerebro las dos neuronas de las que os hablaba al principio se han americanizado: ahora se llaman “jet” y “lag”, con lo cual a las 6 de la mañana estoy despierto por culpa del maldito cambio horario… ¡pero deseando que llegue el momento de volver al E3!

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