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La opinión de
Javier Abad

Mi primera vez

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Puede que alguno se sienta decepcionado, pero antes de empezar tengo que hacer una aclaración: voy a hablar de mi primera vez, sí, pero de la primera vez que tuve que hacerle una entrevista a un desarrollador. Y aunque esto a priori suene a recuerdo entrañable y tal, os aseguro que yo sufro cada vez que lo rescato de mi memoria. ¿Tan malo fue?, os preguntaréis. Mejor os pongo un ejemplo ficticio, pero basado en hechos reales, para que os hagáis una idea.

Cuando llevas poco tiempo en esto y te toca hacer tu primera entrevista, el personaje no es precisamente una estrella de los videojuegos, tipo Shigeru Miyamoto. La ocasión surge porque a tu jefe no le queda otra que mandar al novato (es decir, a ti) a un viaje, pongamos que a Londres, en el que se anuncia un juego de segunda fila. Tú te plantas en el estudio de desarrollo y asistes junto a periodistas de toda Europa, a una inmisericorde presentación de dos horas en la que te explican el juego de cabo a rabo.

Cuando por fin acaba el chaparrón y estás a punto de lanzarte en plancha sobre unas suculentas bandejas de sandwich de pepino, aparece el responsable de prensa de la compañía con una sonrisa de oreja a oreja y te suelta: “¡hemos tenido suerte, te he colado en el turno de entrevistas entre el periodista polaco y el luxemburgués!”. A ti nadie te había hablado de entrevistas, pero la cruda realidad es que eres un novato, y como los novatos no tienen autoridad para rechazar un marrón de ese calibre, agachas la cabeza y acabas en una sala rodeado por tu amigo de prensa, una inglesa que no habla pero toma notas de forma inquietante, y el director del juego, un mocetón de Portsmouth (por decir un sitio al azar) cuya cara sonrosada confirma que, efectivamente, no tiene nada que ver con Miyamoto.

Entonces se produce la catástrofe. ¿Qué narices vas a preguntar, si en la presentación no han pasado por alto ni un solo detalle? Tú intentas sacar todo tu talento, pero descubres que te lo has dejado en casa, así que balbuceas tres preguntas totalmente improvisadas y a cada cual más irrelevante: primero le preguntas por los integrantes del equipo. La noticia sería que el mocetón de Portsmouth respondiera que el juego se lo han currado a dúo entre su prima Nelly y él, pero no es el caso. A continuación, te interesas por la duración del desarrollo; y hombre, si de verdad estuvieras entrevistando a Miyamoto y dijera que lleva ya siete años y medio, podrías volver con un titular-bomba del tipo: “A Miyamoto se le agota la inspiración”, pero tampoco cae esa breva. Para terminar, le pones la guinda a tu lamentable actuación interesándote por saber si habrá segunda parte (¿?). Aquí es cuando la inglesa que no habla pero toma notas esboza una media sonrisa que en realidad quiere decir “¡será novato!”. Es una imagen terrible que te persigue durante el resto de tus días, os lo aseguro.

Ya de vuelta en la redacción, llega el momento fatídico: tu jefe te pide el artículo y le entregas (a él y a la historia de la infamia) tu primera entrevista, que se resume en este estremecedor documento periodístico:

 -Javier Abad: ¿Cuánta gente ha trabajado en el juego?

-Mocetón de Portsmouth: 45 personas.

-J.A.: ¿Cuánto tiempo ha durado el desarrollo?

-M.d.P.: 19 meses.

-J.A.: ¿Habrá segunda parte?

-M.d.P.: Es pronto para decirlo.

Solo me consuela la certeza de que no he sido el único que ha pasado por este trance, porque a lo largo de los años he sido testigo de actuaciones tan deshonrosas como la mía y he pensado: “pobre criaturita, así empecé yo”.

Moraleja: si alguna vez leéis una entrevista similar a esta, no seáis crueles y perdonad a su autor, porque todos hemos tenido una primera vez. ¿O no?

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