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La opinión de
José Luis Sanz

Al pan, pan y al vino, vino...

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Hace algunos años contemplé impertérrito cómo en un cumpleaños, uno de los invitados regalaba un CD de música descargada de Internet como si fuera original. Se había currado la carátula y todo y, la verdad, a tres metros que estaba yo, parecía que le estaba regalando un disco original. Me pareció el colmo de los colmos.

También sé que siempre que se produce el debate de la piratería, el P2P y las descargas ilegales se monta la marimorena porque hay quien defiende a los que cobran y eso, la verdad, está muy mal visto. Y es que se ha instalado una especie de buenismo downloadable entre todos nosotros que viene a decirnos algo así como que “compartir con el mundo es una bendición divina y no está mal”. Cuando en realidad, ni conoces al tipo de Nueva York con el que compartes esos MP3 y, es más, si le conocieras tal vez saldrías corriendo.

Y yo, perdonadme, pero no estoy de acuerdo.

A lo de bajarse las cosas sin pagar hay que llamarlo por su nombre: no queremos gastarnos un duro y punto. Tenemos (me incluyo) más cara que espalda y lo que ocurre es que, simplemente, no queremos pasar por caja. Y dejémonos de excusas como que la música es muy cara, o que ya han ganado lo suficiente, o que con lo que les pagamos por su música, su cine o sus juegos se compran unos yates de morirse. ¡¡Leñe!! Pues claro. Para eso se dedican a lo que se dedican.

Detrás del acto de compartir contenido sujeto a derechos de autor no se esconde ningún acto de rebeldía revolucionaria o de lucha épica por derribar a los poderosos que nos oprimen. Al revés, es una aceptación implícita de que el trabajo de los demás nos importa un rábano. ¿Que el programador se ha currado un juego impresionante? Pues que lo ponga en su currículum, por que sus horas de esfuerzo, sus años de estudio y preparación me los paso yo por allí mismo.

Compartir, o no pagar por nuestro ocio, es admitir que un día alguien llegue a nuestra oficina y ocupe nuestro puesto de trabajo por cero euros y no tengamos derecho a quejarnos. ¿Cómo nos sentiríamos si eso ocurriera? Ya veo a mi jefe diciéndome “mira José Luis, te echamos porque el chaval este nos ha escrito y nos dice que hace lo mismo que tú pero sin cobrar. ¿Para qué vamos a pagarte si este chico nos sale gratis? No está tan gordito como tú, pero creo que nos apañaremos...”.

¿Cómo nos tomaríamos que un tipo nos hiciera eso con nuestro trabajo? ¿Nos indignaríamos? ¿Se lo contaríamos a nuestra familia y clamaríamos por las injusticias que hay en el mundo?

Pues entonces, apliquémonos el cuento.



P.D.: aunque con tipos como los de la SGAE den ganas de compartir hasta el coche, hay que mantenerse firmes y pagar por el ocio que consumimos. ¿Qué tal un 30 o un 40% del total? Sería un buen comienzo...

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