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La opinión de
Sonia Herranz

Pocos juegos para el hambre de la next gen

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Los jugadores nos quejamos por la escasez de lanzamientos next-gen. Y además los pocos juegos que salen nos parecen poco next, como si el hecho de tener una consola nueva ya garantizara, porque yo lo valgo, que los juegos van a ser más espectaculares, sorprendentes e innovadores de la noche a la mañana. Como si las nuevas consolas, ellas solitas, ya fueran creadoras de experiencias, sin necesidad de que los desarrolladores aprendan a sacarles partido o tengan tiempo de pensar con qué experimentar…

El caso es que, aunque las personas nos quejamos de vicio (incluso cuando las cosas van bien encontramos motivos para quejarnos) esta vez sí que es verdad que juegos, lo que se dice juegos grandes, salen más bien pocos. Ya no es que haya poca variedad (que también), es que apenas tienes en qué fijarte cuando deslizas la mirada por las estanterías de las tiendas… Poco y mucho “repetido”. La verdad, por muy bonito que sea (que lo es) el Tomb Raider de PS4, no me apetece nada volvérmelo a jugar. Y me pasa igual con The Last of Us. Rarita que es una.

Es un pena tener al alcance tanta tecnología y no tener nada con lo que demostrarla… Aunque si os soy sincera, no me extraña. Ni me sorprende. Y es que era de esperar que un aumento de la exigencias técnicas provocara, sí o sí, una reducción del número de lanzamientos. (Lo de que esos lanzamientos sean o no next gen es una simple cuestión de tiempo). Los agoreros llevábamos mucho tiempo anunciándolo y tenía que ocurrir tarde o temprano (si repites algo muchas veces, alguna aciertas).

¿Habéis leído cuánta gente trabaja en el nuevo Assassin’s Creed Unity? Nada más y nada menos que 10 de los estudios de Ubisoft dedican sus esfuerzos a tenerlo listo  para este otoño y convertido en un juego, ahora sí, next gen. 10 estudios. ¿Os imagináis cuantos recursos, personales y económicos, va a terminar Ubisoft invirtiendo en el proyecto? La verdad, me extraña que anuncien Far Cry 4, aunque la estrategia en este caso vaya en una dirección distinta y no necesiten tanta chicha de golpe para que la criatura crezca rápido… Y ya me iba del tema.

El ejemplo de Assassin’s Creed Unity es sólo un botón que sirve de muestra para lo que está ocurriendo. Desarrollos más complejos, más largos, que necesitan más gente que nunca y unas inversiones enormes. Un juego next gen no se desarrolla en tres meses en casa, con un PC normalito y la ayuda de dos colegas (cosa que sí se podía lograr en la época del Spectrum y familia cercana). Más tiempo, más gente, más dinero es igual a menos juegos. Y, como daño colateral, menos variados, porque ante esas ingentes inversiones no se deben correr riesgos. Los justitos.

Pagan el pato las listas de lanzamientos, las estanterías de las tiendas y los "creadores creativos", que no encuentran nadie capaz de financiarles el proyecto. Y si lo hacen, casi peor, porque se sienten asfixiados por las exigencias de las grandes compañías que no están dispuestas a dejar a merced de la chispa de genialidad de nadie sus posibles beneficios. Esos creativos o se van con la música a otra parte o cantan el “Rap del Optimista”. Pero tampoco quiero salirme por aquí del tema.

Según están las cosas ahora mismo (y parece que la tendencia va para largo), deberemos acostumbrarnos a disfrutar sólo de un puñado de superproducciones al año, probablemente con nombres repetidos y desgastados de tanto usarlos (en títulos y el coletillas tipo “De los creadores de…”). Eso sí, acompañadas de buenas sorpresas y mucha magia en pequeñas píldoras descargables que quizá no quiten el hambre como un buen “Triple A”, pero que alimentan el espíritu más que la precuela de la secuela (¿por qué narices llamamos secuelas a las continuaciones?) de nuestro juego preferido…

Parece que nos toca vivir una época de extremos, de lo más grande a lo más pequeño, del nombre más fácil y reconocible al título más disonante y rarito de entender. De los Uncharted 4 a los Stick it to the man. De pagar 70 euros en una tienda a descontar 9,99 del monedero virtual. Nos toca vivir así: pocos juegos “grandes”, de esos de comprar con su cajita y colocar en la estantería, y muchos descargables que tienes en el limbo de los gigas, que nunca sabes donde terminan cuando acabas con ellos y que no le puedes prestar a un amigo para que los descubra contigo. Dos formas distintas de jugar que me pillan un poco a contrapié… No sé porqué, me había hecho a la idea de que tener una consola de sobremesa era para jugar a lo grande. Estoy segura de que en unos meses jugaré a lo grande con mi “next gen”, pero también sé que jugaré menos de lo que me gustaría (no soy yo mucho de ir pegando tiros en el ciberespacio online ese). Menos juegos, sí, muchos menos. Lo malo es que siento que para alimentarme de píldoras de imaginación no necesitaba alforjas nuevas.

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