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La opinión de
Javier Abad

El raro caso de Rare

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La noticia sabida esta semana de que el servicio de patentes norteamericano le ha denegado a Microsoft la solicitud para renovar la licencia de Killer Instinct (alegan una posible confusión con una serie de la cadena Fox) me ha hecho pensar en los decepcionantes frutos que ha dado la compra de Rare, el estudio que creó ese juego, por parte de la compañía yanqui.

Si recordáis, en su día la británica Rare era uno de los socios (second party) estrella de Nintendo, si no el que más. Su salto a la fama llegó en los 90, cuando firmó algunos títulos que nos dejaron un saborcillo especial que todavía perdura en el paladar de muchos jugones. Hablo de clásicos como Donkey Kong Country (leo ahora que fue el segundo título mejor vendido de SNES) o Goldeneye 007 (el tercero más vendido de Nintendo 64). La firma de Rare no solo garantizaba una jugabilidad perfectamente elaborada, sino que sirvió para alcanzar hitos técnicos como los escenarios prerrenderizados del primero o las texturas faciales que nos fliparon en el segundo.

El desembarco de Microsoft en el negocio de las consolas fue un poco en plan jeque árabe que se compra un equipo de fútbol. Tenían pasta, y se plantearon fichar a una estrella para su plantel. ¿Quién mejor que Rare? En 2002 aflojaron 375 millones de dólares para tenerlos en su nómina de desarrolladores first party, pero lo que era una carrera de éxitos, desde entonces no ha hecho más que declinar de forma incomprensible. Es como si hubieran fichado a Ronaldo o a Messi para luego dejarlos en el banquillo. Su historial con Microsoft nos lleva desde Conquer: Live & Reloaded, Perfect Dark Zero o Viva Piñata hasta llegar a su actual especialización en juegos para Kinect con el lanzamiento de la saga Kinect Sports.

Como veis, nada que ver con su época dorada. ¿Qué les ha podido pasar? Nunca he llegado a saberlo, pero lo único que se me ocurre es que durante su matrimonio con Nintendo era la Gran N la que llevaba los pantalones, y que una vez que dejaron de contar con su asesoramiento se descubrió el pastel: quizá sus oficinas no albergaban tanto talento por metro cuadrado como pensábamos. Si alguien tiene otra explicación, que me la cuente, por favor.

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