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La opinión de
Óscar Díaz

El rotulador

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Las historias de objetos malditos se han multiplicado de una manera espectacular de un tiempo a esta parte. Está claro que no somos supersticiosos, que la ciencia nos ofrece explicaciones para casi todo y, para el resto, seguro que hay una base científica por aplicar. Pero también es verdad que cuando las cosas se ponen feas, nos agarramos a un clavo ardiendo y volvemos a pensar que hay algo detrás de nuestra mala suerte.

Recuerdo una serie que me encantaba, en los inicios de Tele5, llamada Misterio para tres. En ella, unos herederos y un experto en antigüedades malditas se afanaban por recuperar todo tipo de objetos que se salían de lo habitual. Cada uno tenía una especie de maldición que se relacionaba con crímenes y que nos ponía los pelos como escarpias a los que nos pilló en la edad del pavo. Sí, salía una chica, y veíamos la figura paterna del anticuario como un catalizador para nuestras hormonas. También es cierto que echaban Camino del infierno justo antes y esa serie no tenía desperdicio. Pero quedarse a experimentar algo que rozaba el terror y que nuestros padres nos permitían ver, era casi irresistible.

Volviendo al tema de los objetos malditos, en el mundo de los videojuegos también hay cierta tradición con ellos. Nadie sabe qué se encontró Trip Hawkins cuando 3DO le costó todo el prestigio (y buena parte del dinero) que había ganado desde que dejó Apple y se metió de lleno con Electronic Arts. Tampoco se sabe si, realmente, Gumpei Yokoy (padre de GameBoy) tuvo su fatídico accidente por haberse adelantado a su tiempo con Virtual Boy. Es más, la maldición de los Madden no está comprobada. Este último caso es curioso, porque ya hay quien lo relaciona con los FIFA… y cuenta la leyenda que “quien aparece en la portada de los Madden sufrirá un grave accidente, dentro o fuera del terreno de juego”.

Yo, por mi parte, voy a contaros algo sobre uno de los muchos objetos malditos que he coleccionado a lo largo de los años. Tranquilos, casi todos los guardo a cal y canto y los tengo legos del alcance de los niños. Incluso el pollo de goma con polea dentro firmado por Tim Schaffer, una postal de Too Human dedicada por Silicon Knights o del DOA 3 firmado por Itagaki y el Team Ninja. Confieso que no soy infalible y dejé escapar una faceplate de Xbox 360 firmada por Ed Fries, Peter Moore y algún otro ex-Microsoft o ex-bungie. Una pena, porque parecía una forma rápida de salir de su empresa con un fajo de billetes debajo del brazo. La podía haber alquilado, en lugar de regalarla. Sin embargo, conservo el rotulador con que se firmó este y otros muchos objetos. Uno que compré en LA, cerca del barrio chino, y que todavía deja escribir con un grueso y metálico trazo.

Curiosamente, con ese rotulador de punta gorda se han firmado dedicatorias en pósteres, cajas de juegos, consolas, algún cartel de película. La verdad es que tengo curiosidad por ver lo que pasa si lo acercas a una copia de ET para Atari, quizá se cree una singularidad espacio-tiempo o un vórtice que deje salir todo tipo de demonios. Cuando consiga que José Luis Sanz me deje hacer el experimento, os aviso.

Como propina, voy a dar otro de mis consejos de valor incalculable. Si te encuentras un Castlevania de NES en un contenedor de escombros o un Amiga 3000 cerca de los estudios donde graban El Hormiguero, no los toques. Avisa a los expertos y vigila la zona para que ningún incauto caiga en la maldición de esos posibles objetos peligrosos. Si están ahí, es porque alguien se quiere deshacer de ellos. Recuerda, si algo extraño sucede en tu vecindario, ¿a quién vas a llamar? Nosotros nos encargamos.

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