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La opinión de
Alberto Lloret

Salones recreativos

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Todos los años veraneo en el mismo sitio, y siempre, por costumbre, entro en los dos únicos salones recreativos que quedan vivos. Y todos los años, una mezcla de mala leche y depresión me invade durante un buen rato. ¿Por qué? Muy sencillo: no me parece justo como han acabado este tipo de lugares. Su lenta y profunda agonía se nota de año en año: cada vez menos gente, cada vez menos máquinas encendidas, cada vez menos novedades, cada vez menos… de todo. De hecho, ninguno de los dos salones ha renovado ninguna de sus máquinas en los últimos años.

No recuerdo exactamente el primer día que pisé uno de estos salones recreativos, pero sí retengo como si fuera ayer muchos de los momentos, sonidos y situaciones que en ellos viví, cuando los juegos eran algo “minoritario” y los 4 gatos que cambiábamos cintas de ordenador en el recreo éramos los "raritos de la clase". Al menos, en mi clase, éramos 4 contados. Estamos hablando de la segunda mitad de la década de los 80, principios de los 90, cuando el videojuego aún estaba muy lejos de convertirse en lo que es hoy, algo más entendido y aceptado socialmente de lo que entonces era.

Lo que sí recuerdo de forma clara y cristalina es mi primera partida a Asteroids y su mueble sin palanca, los efectos de los disparos de Moon Cresta o Galaxian, estirar el cuello para ver la pantalla superior de Dragon's Lair, el característico y fantasmagórico sonido de Ghosts’n Goblins al caer la moneda en el cajón, la inolvidable musiquilla de Rastan, las risas histéricas derrotar al mi amigo Miguel Angel en el combate final de Double Dragon para llevarme a la chica. ¿Y qué me decís de esos fastuosos muebles como el de G-Loc r360, por mencionar solo uno? Rememorar los mejores y más originales muebles sería prácticamente interminable…

Tampoco me olvido de gestas como completar Toki con 5 duros o de otras de las que ahora me siento menos orgulloso (será la madurez), como hacer pellas siempre en las mismas clases –dibujo técnico- para ir a jugar a King of Fighters '94 o… yo qué sé. Son tantos momentos, tantos recuerdos y tantos años visitando salones recreativos casi a diario que podría escribir el resto de esta entrada mencionando solo juegos y recuerdos. Pero no se trata de aburrir con eso, ni mucho menos.

A donde quiero llegar es que, para los que amamos los videojuegos y hemos “crecido” en esta época, los salones recreativos han sido una de las piezas fundamentales de nuestro “bagaje”, "cultura", “aprendizaje”… llamadlo como queráis, como jugadores. Si vives en la zona centro de Madrid seguro que recuerdas los salones de Gran Vía 51, el sótano de la Puerta del Sol  (todavía resuena en mi cabeza el famoso “C-C-C-C-ombo Breaker” de Killer Instinct sonando a toda mecha mientras bajaba por sus escaleras) o uno de los más recientes, los Picadilly también de Gran Vía. Pero había muchos más: Videomania cerca del Hospital Gregorio Marañón, los salones de Abtao de Pacífico, los “Lucky” de Moratalaz, por citar solo algunos… que había muchísimos más.

Hacer “ronda” y visitar varios de ellos en una misma tarde, para probar nuevos juegos o descubrir nuevos contendientes en un juego de lucha, era solo uno de los aspectos por los que merecía la pena visitar estos templos. Si sólo rozáis la veintena, retrotraeros a esa época y pensad que ni Internet ni el juego online existían como los conocemos ahora, por lo que la información sobre los nuevos videojuegos estaba mucho más limitada y competir contra alguien desconocido para ponerte a prueba era prácticamente imposible fuera de los salones. Para estar conectado con el mundo del videojuego y descubrir, había que “patear”, moverse… no hacer 2 clicks desde el PC.

Aparte de este componente de “descubrimiento”, los salones también tenían un factor social que se ha perdido. Eran un lugar de reunión con los amigos y, al mismo tiempo, una escuela de la vida. Porque nos engañemos: en los salones también habitaba toda clase de gentuza, desde el clásico “enterao” y pelmazo que te pedía que le dejaras una "vida" a amigos de lo ajeno mayores que tú y que, directamente, intentaban levantarte el reloj mientras jugabas, por no hablar de otros trapicheos que podían darse en sus pasillos, como el menudeo.

Siendo menor, como yo era cuando acudía a los salones, era un “primer” contacto con el mundo real, con un entorno nada controlado en el que tenías que sobrevivir sin la ayuda de padres, hermanos o profesores. Y es esa mezcla de descubrimiento, de mundo real y “peligro”, sumados a los cientos de juegos que he podido descubrir en los salones, lo que hace que los recuerde con cariño, porque forman parte de mi vida. Una faceta que la creciente potencia de las consolas actuales ha exterminado por completo y para siempre.

Me duele que desaparezcan porque las nuevas generaciones de jugadores no van a tener el placer de conocer esa parte del videojuego, ese esfuerzo por sobrevivir el máximo tiempo posible con una moneda, la exigencia de mejorar nuestra forma de jugar para aguantar más tiempo en la siguiente partida. Un esfuerzo que, con la emulación (por ejemplo, MAME), los continues infinitos y los niveles de dificultad cada vez más bajos de los juegos actuales, también se está perdiendo.

Solo hace falta darse una vuelta por la zona centro de Madrid para comprobar que los salones están dando los últimos estertores. De los arriba mencionados ya no queda ni uno abierto y, en Japón, tampoco están pasando por sus mejores momentos, aunque aún tienen mucha vida e incluso se están “reinventando” para adaptarse a los nuevos tiempos (como salones centrados en un género, los matamarcianos o la lucha, o de temática puramente retro). Incluso siguen teniendo revistas, como Arcadia Magazine, que aparte de las novedades en el sector, recoge los mejores récords y jugadores.

Ver documentales como 100 Yen: The Japanese Arcade Experience son todo un placer que me retrotraen a una época y unos recuerdos que ya apenas se pueden encontrar en nuestro país. Menos mal que algunos maestros del lápiz, como el genial Pedro Vera, han sabido capturar esos momentos con bastante acierto (os recomiendo encarecidamente leer esas dos páginas, porque son MARAVILLOSAS), para que jamás los olvidemos. Yo desde luego, tengo muy claro que no lo haré.

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