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La opinión de
Sonia Herranz

El secreto mejor guardado de Candy Crush

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Ya veis qué tontería. Estoy enganchada al jueguecito este del que todo el mundo habla. Ha sido sin querer. De verdad. Mi peque se lo bajó al iPad y ya que lo tenía ahí y había oído tantas cosas… Pues piqué. A lo tonto. Y como se descargó automáticamente al iPhone, pues nada, a reventar caramelos también en el teléfono.

Lo primero que pensé es que era idéntico a Zoo Keeper, un puzzle para DS que en su día me tuvo también muy pillada con eso de batir récords. Y pensando en Zoo Keeper me merendé los primeros niveles de Candy Crush, sin darme ni cuenta de las reglas y de que en cada nivel había un objetivo definido. Desde los tiempos del Tetris este tipo de juegos se me dan muy bien…

Me puse a pensar en otros juegos que, como el ínclito Tetris o el menos conocido Zoo Keeper (que por cierto no encuentro por ningún lado, debe estar con el Pokémon Plata de mi hijo), me hubieran enganchado tanto. Y me acordé del genial Puyo Puyo, también conocido como Dr. Robotnik Bean Mean Machine, que en Mega Drive me comió la moral, o de Doctor Mario (Super Nintendo), que nos costó en redacción más de una bronca del jefe por los tremendos piques que nos traíamos entre nosotros (¿verdad Óscar?: “toma pildorita”). Incluso con Tetris Attack, que de Tetris sólo tenía el nombre, llegué a tener un enganche de los buenos. Yonqui de los puzzles que es una…

Con mi dilatada experiencia en el género, y tras pasar sin mayor problema y de un tirón los 20 o 30 primeros niveles de Candy Crush, no podía entender la razón por la que es el juego de iOS con mayores ingresos. No olvidemos que el juego es gratis… Llegué al nivel 35 (si no recuerdo mal) y descubro que para seguir o bien pago (0.89 euros) o bien pido ayuda a amigos vía Facebook o bien completo tres retos, que se desbloquean cada 24 horas.

Lo de pagar… Pues mira, habiendo avanzado con cero problemas y con la sensación de que era “caramelo chupado” no tenía ningún motivo para pagar. Lo de Facebook lo descarté de inmediato. Aquí, entre nosotros, no le hago ni caso a Facebook. No le veo yo la gracia. Debo ser poco curiosa y tampoco entiendo que nadie pueda tener ganas de curiosearme a mí… Vamos, que me hice mis tres retos, aguardando 24 horas entre reto y reto…

En un tris estuve de borrar el juego y en paz. Ya había satisfecho mi curiosidad inicial. Si no lo hice es porque quería entender qué llevaba a la gente a pagar (y vale, confieso, porque me picó). Puedes pagar por avanzar en esos niveles puntuales o bien por vidas (que se recargan con el tiempo) o por movimientos extra. Seguía yo pensando en dónde estaba la gracia cuando, hete ahí que tras haber completado más de 40 niveles con tres estrellas de tres posibles… ¡no completé el objetivo! ¡Había perdido una vida!

Resulta que cada nivel fija unos objetivos y que eso de juntar caramelos de colores tiene su miga cuando empiezan a ponerte obstáculos del tipo tiempo limitado, movimientos limitados, conseguir X caramelos especiales, eliminar nata montada y el maldito chocolate… Para superar los distintos niveles tuve que empezar a pensar, ya no bastaba con mi instinto. Empezaba a pillarle el interés.

Y luego, paso lógico, sincronicé con Facebook. A ver para qué valía. Le mando vidas a los amigos y me las mandan a mí. No sé si publicará mis resultados porque, no es broma, en la única página de Facebook que entro es en la de Playmanía… Me desconecto para lo de los retos especiales (los de las 24 horas de espera), porque no quiero dar el coñazo a nadie pidiéndole ayuda constantemente. Y no, no he pagado. Pero lo haré. Cuando un juego de estos gratuitos me engancha una larga temporada, siempre hago algún micropago de esos. El trabajo de mucha gente depende de ello y 89 céntimos no me sacan de pobre…

La verdad es que cuando lo pienso fríamente, el tiempo que le he dedicado a Candy Crush se lo he “robado” a mis consolas. Tenía juegos en lista de espera que acumulan más retrasos que una operación de cataratas. Para mi sorpresa (y eso que llevo tiempo viéndolo venir), un juego de móvil, un app chiquitita y gratuita, ha conseguido que abandone mis portátiles un larga temporada. ¿Y cómo lo ha hecho? Ofreciéndome una mecánica sencillísima de aprender y al mismo tiempo con mucha miga detrás. Lo ha hecho con frescura y descaro, manteniendo un perfecto equilibrio entre dificultad y desafío.

Es obvio que este es un ejemplo extremo, porque juegos para móviles (o tabletas, que me da igual) salen a puñados y sólo unos pocos, muy pocos, logran generar el ruido suficiente para apagar las melodías (mucho mejores, faltaría más) de los juegos de consola. Mucho más trabajados y más caros… de hacer y de comprar. No hay muchos fenómenos “app” que invadan con tanta fuerza el terreno de juego de las consolas, pero los hay. Es más, algunos terminan saltando a consola, con un inentendible (a priori) incremento de precio… Pero esa es otra batalla.

El caso es que es posible que un juego de móvil eclipse a los juegos de “verdad”. Conmigo lo ha logrado, y no es que me sorprenda porque llevo mucho tiempo viéndolo venir, pero sí que me preocupa. Y es que aunque me lo estoy pasando muy bien con Candy Crush (el Rescue Pets Saga no me ha gustado nada), es verdad que no siento la emoción que este año me ha transmitido, por ejemplo, Tomb Raider. Ni la tensión de The Last of Us (casi miedo), ni la angustia de Beyond. Pero ahí está el jueguecito, robándole, a la chita callando, tiempo a mis juegazos…

¿Y cuál es el secreto? Que lo llevo en el bolsillo, que en cualquier momento tonto puedo probar a pasar el nivel 169 (que es donde estoy atascada), que es tan fácil de entender que puedes jugar casi sin pensar (aunque perderás)… Aunque su secreto-secreto es que ha conseguido estar en boca de todos. Que ha logrado, por buen marketing, buena suerte o buena prensa, que a cualquiera le suene el nombre. Hay mil juegos tan buenos como este en las tiendas digitales, pero como no los podemos probar todos al final tiramos de las listas de éxitos o de lo que nos cuentan los amigos. Para bien o para mal (a mí me resulta triste) ser “bueno” no vale, lo que importante es que se sepa que existes.

En este mundo globalizado, comunicado e infoxicado la clave es que se te conozca. Si tu cara no suena y tu nombre no despierta ecos en el cortex prefrontal, estás perdido. Si no eres conocido, no eres nadie. Tengo la sensación de que a veces se pone más esmero, más cuidado y más esfuerzos en darse a conocer que en hacer las cosas bien. Lo que a mí me parece triste, lo que no puedo (quiero) entender es que eso es lo que importa. No importa lo bueno que seas, lo que importa es las veces que se te menciona en Twitter y si tienes hashtag propio. Y Candy Crush lo tiene.

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