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La opinión de
Sonia Herranz

Sentada al borde de lo digital, con la cabeza en las nubes

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Nunca he sido yo muy de digital. Siempre me ha parecido que comprar algo que en realidad no tengo, que no es más que unos y ceros dentro de un aparato que tarde o temprano dejará de funcionar, es como no comprar nada. Pero debo reconocer que me estoy pasando al Lado Oscuro y, lo que es peor, sin darme cuenta. No hay duda, es un camino sencillo, sólo hay que dejarse llevar. Y si no te resistes, duele menos.

Empecé picando con jueguecitos y pequeñas aplicaciones para mi smartphone. Escuece la primera vez, luego ni te das cuenta. Continué con algo de música que, aunque soy tan rara que podría vivir sin ella, cuando algo me gusta, me gusta y me lo compro. Y como lo que me gustaba no se podía comprar en físico… PlayStation Store también me ha seducido y hasta me he comprado libros en PDF, yo que adoro el olor del papel. Puedo decir con la boca muy grande que no me gusta comprar digital, pero al final resulta que tengo un dinerito invertido en no sé muy bien qué… ¿Permisos de uso y disfrute? ¿Es como un amigo con derecho a roce?

La cosa es más grave de lo que yo misma pensaba. Y es que me he pillado diciendo que no quiero cambiar de marca de teléfono. No es que Apple me caiga especialmente bien (aunque me gusta, confieso), pero es que si me cambio a Android… ¿qué pasa con mi música de iTunes y mis juegos del Apple Store? Con lo bien que se llevan mi iPhone con mi iPad y mi iMac… No quiero romper su amistad. Son como los tres mosqueteros: una para todos, todos para una (cuenta, se entiende). Lástima que no se lleven bien con mi "iRon" y mi "iVacuun"...

Así, sin querer y traicionando mis más firmes convicciones, me estoy convirtiendo en un ser digital. Me gusta tener los libros en las estantería y abrir la caja de un juego me sigue pareciendo un ritual sagrado, pero compro digital. A lo mejor me hago mayor y pienso que limpiaría el polvo más rápido sin tanto libro (que ya no me caben, por cierto) y que para terminar mandando los juegos al trastero, no merece la pena acumularlos… Miro los VHS, tristes y encerrados en anónimas cajas de cartón y me preguntó porqué compré esas películas al tiempo que añado a mi colección de Blu-ray la última temporada de “Los Misterios de Laura” (todos tenemos secretos inconfensables). Eso sí, cada vez compro menos pelis y series, porque tengo iPlus y tiro de televisión a la carta… ¡Qué cosas! (y todas con “i”).

Así, dividida, con el corazón partío que dirían algunos, me he parado a pensar y me he dado cuenta de que en realidad soy un ser práctico. Simplemente eso. Intentar ceñirse (aunque sea sin darse cuenta) a una reglas de juego que hace mucho tiempo que cambiaron no tiene sentido y si me puedo bajar de iTunes la Pokédex digital por la que suspiraba mi hijo, ¿porqué no iba a hacerlo? Claro que esto, como todo al final, es una cuestión de precio. La dichosa Pokédex me costó 1,80, pero ahora los Pokémon de cada región (que se venden aparte), me salen a 5,50 euros. ¿Es caro? Viendo su cara, me merece la pena y como hay al menos 4 regiones tengo chantaje (refuerzo positivo, dicen ahora) para una buena temporada…

Tampoco me va a doler mucho descargarme Abe’s Oddyssee New ‘N’ Tasty y dudo mucho que mire siquiera el precio de Lara Croft y el Templo de Osiris, porque me lo pasé pipa con El Guardián de la Luz. Y cuando mis admirados The Piano Guys saquen un nuevo disco (aunque en realidad ya ni disco ni ), iré y me lo descargaré para poder escucharlo en el ordenador del trabajo (son los que me acompañan siempre para escribir post), en el coche conectando el móvil, en casa y en donde me plazca. Es más, me he dado tanto la vuelta que estaba deseando saber más cosas PlayStation Now, porque aunque eso del juego en la nube me suena raro (qué queréis, soy mayor y me cuesta hacerme a la idea de ciertos conceptos), pensar en la posibilidad de tener al alcance de una wi-fi todo el catálogo PlayStation (aunque de momento sólo será el de PS3) me produce gustirrinín.

Cuando se habló de PlayStation Now la primera vez yo me hice a la idea de que habría algún tipo de suscripción, una especie de barra libre de clásicos, un carné de juegoteca virtual que me permitiera pasearme por los pasillos de la memoria juegueril. Está claro que soy una ilusa, porque a tenor de los precios que van a tener que pagar los americanos (que ya pueden acceder a la beta del servicio), la cosa es muy, muy diferente a lo que mi cándida imaginación había soñado.

Que funcione o no funcione un servicio digital depende simplemente de que la inversión compense. Cada persona ponemos cosas diferentes en la balanza, eso está claro, pero en general el coste y los beneficios deben equilibrarse. Y en el caso de PlayStation Now, qué queréis que os diga… Cuando pago un alquiler de una película, me la veo entera y ya está y resulta que alquilar cuatro horas de un Final Fantasy me cuesta lo mismo (o más)… Como el del anuncio, no lo veo. Claro que, como el del anuncio, es que puede que tenga poca vista (me acabo de graduar, por si acaso).

De todos modos, todavía no me voy a rasgar las vestiduras, porque PlayStation Now puede tardar un “poquito” todavía en llegar a nuestro país y deseo (con muchas ganas) que esta política de precios tenga un parche de actualización y que los señores que cuelgan sus juegos se bajen de las nubes y pongan los pies en el suelo. Si lo hacen, puede que sea de las primeras en suscribirme (si es que terminan ofreciendo suscripción) sólo por esa posibilidad de visitar cualquier juego cuando me dé el arrebato… Aunque sea en digital y en la nube.

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