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La opinión de
Alberto Lloret

Xbox One, PS4 y el tren de las emociones

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Desde esta pasada noche, ambas consolas de nueva generación, Xbox One y PS4, ya están a la venta, culminando así un año que ha sido una verdadera montaña rusa de emociones y que, en mi caso, ha estado muy cerca de convertirse en un trastorno bipolar. He pasado del amor al odio en cuestión de segundos y en todas las direcciones posibles. Solo dejándome llevar por las sensaciones. Y es que, si echamos la vista atrás, desde febrero, todo lo relacionado con las nuevas consolas ha sido un “culebrón” digno de las mejores series venezolanas.

No voy a repasar la historia completa, aunque no está de más recordar que Sony comenzó moviendo ficha en febrero (hace ya 9 meses), con su PlayStation Meeting: su presentación, aunque algo escasa de juegos, nos hizo soñar con una potente máquina capaz de todo. Gaikai, el uso remoto con Vita o funciones como dejar la consola en reposo y que, al encenderla, el juego nos esperará en la misma posición (como en las portátiles)… aspectos que nos hicieron imaginar con un mundo jugable mejor. Después, en mayo, llegó el “Introducing Xbox One”, que volcó excesivo entusiasmo en sus capacidades multimedia y un par de funciones orientadas al mercado americano y, sí,  algún que otro juego, tal y como muy bien resume este vídeo con el que me reí bastante en su día.

En ese evento, y en los días posteriores e incluso durante el E3, Microsoft desveló su estrategia… que no coincidía demasiado con los intereses de los jugadores (conexión obligatoria a Internet una vez cada 24 horas o la limitación de la compra venta, por ejemplo). Y desde ahí comenzó su carrera contrarreloj para deshacer todo lo anunciado en un principio. Sony también se calló inicialmente algunas cosas para aprovechar el gran momento que estaban viviendo, como que para jugar online sería necesario PS Plus, pero está claro que aquí cada uno dosifica las buenas y malas noticias como quiere, lo que a título personal –como jugador puro y duro- se ha traducido en que ayer odiaba a uno y amaba a otro, y al día siguiente a la inversa. Como una quinceañera con las hormonas revolucionadas, vamos.

Esta ficticia relación de amor-odio se ha prolongado incluso durante este mes de noviembre que ya toca a su fin, momento en el que las primeras consolas llegaron a la redacción y, por fin, pude estar a solas con ellas y dedicarles el tiempo que merecían. Probarlas sin nadie de la compañía en cuestión alrededor. Como un jugador más. Y ahí, de nuevo, pude ver cosas que se ganaron mi amor, y otras que no tanto. Catálogos iniciales que casi me habían vendido una consola y que se han ido desinflando a la misma velocidad que un globo pinchado. Funciones que me gustaron y otras que no. Cosas que funcionan mejor en una que en otra. Detalles aquí y allá que me han convencido y otros que no. Pero siempre teniendo muy presente que, aún con sus virtudes y sus defectos, ambas consolas caerán en mi casa tarde o temprano porque sé que las dos van a tener juegos que quiero disfrutar, tener y conservar.

Así pues, poniendo en una báscula mis preferencias personales (eso que quede muy claro, antes de que los defensores de una marca u otra se me tiren a la yugular) y teniendo en cuenta que el dinero es limitado, de primeras voy a saltar a la nueva generación con PlayStation 4. Como máquina, me gusta más su enfoque “vuelta a las raíces”, centrada en el juego y que deja el aspecto multimedia reducido a la mínima expresión. Sí, me gustaría poder ver fotos y Divx en ella, pero si lo pienso fríamente, en PS3 he usado esas funciones dos veces contadas. De hecho, de PS4 me gusta que el menú principal muestra los juegos instalados y un par de opciones más que ni tienes porqué tocar. Minimalista y al grano.

En la otra mano, me parece que Xbox One se pierde demasiado en opciones anecdóticas, como la multitarea (yo no quiero estar jugando o viendo la tele y usando Skype a la vez) al tiempo que me obliga a ser miembro de Xbox Live para utilizar prácticamente la mitad de las funciones de la consola, incluso para abrir el navegador Explorer (algo que si puedo hacer en mi PC de forma gratuita). En este sentido, Microsoft debería replantearse su estrategia, porque ni siquiera compartir vídeos está fuera de la barrera de pago, algo que la competencia si ofrece. Algo que, además, es una buena manera de que los jugadores puedan ver en movimiento los títulos que aún no tienen, alimentar el interés por los juegos y fomentar el consumo.

Que quede claro que tampoco soy amigo de los sensores tipo Kinect, ni en los juegos ni para manejar parte del interfaz de la consola. Y si encima encarecen el precio final, pues qué queréis que os diga… Tampoco estoy ni siquiera entrando a valorar la velocidad general de la interfaz, ni los tiempos de instalación de los juegos, ni los de carga ni otros aspectos que pueden ser cruciales en la experiencia final que ofrecen y que, a nivel general, me han convencido más en PS4.

También soy muy consciente de que esto es solo el principio, que es la versión “1.0” del software de sistema de cada aparato, cocinadas deprisa y corriendo para llegar a tiempo al lanzamiento. Sé positivamente que en los próximos años veremos profundos cambios y nuevas funciones que se irán añadiendo en ambas plataformas. De hecho, en PS4 ni siquiera están algunas de las funciones anunciadas en febrero, como el modo “resume” que mencionaba al principio de esta entrada y que, teniendo niños de pequeños en casa, para mi es una opción necesaria ya mismo.

Y si tiramos del lado de los juegos, sé que con PS4 de primeras no tengo acceso a un bestial catálogo de títulos exclusivos. No hay demasiados, pero lo cierto es que Resogun me tiene comida la moral y super enganchado, y Killzone Shadow Fall me parece lo suficientemente atractivo como para terminarme la campaña y darle unos tientos al multijugador. Y en los multiplataformas, pues hay de todo. Juegos que son brillantes como NBA 2K14 (pero no me van los deportes) y títulos que sí suponen un salto frente a la que era, hasta ahora, la actual generación de consolas, como Battlefield 4. Y eso sin hablar de los Free 2 Play y los juegos que “regala” Plus. Vamos, que por 399 euros, nada más abrir la caja de PS4, ya tengo juegos sin necesidad de desembolsar más pasta, a los que además puedo jugar online sin tener que ser de PS Plus, como Warframe.

Lo más curioso de todo es que, apenas hace un mes, la situación era justo a la inversa. Xbox One me atraía bastante más por su catálogo, pero me he llevado algún chasco como es el caso de Ryse, un juego con gráficos de nueva generación y todas las limitaciones posibles de la anterior (¿muros de fuerza invisibles?¿trucos muy básicos para dar la sensación de muchos personajes en pantalla?). Que también están en otros juegos de PS4, como el repetitivo y sencillo Knack, pero supongo que aún con sus defectos, ambos tendrán su público (que no soy yo).

Así pues, con todo esto sobre la mesa, y dejando futuribles, posibilidades y centrándome solo en hechos reales, PS4 es la consola que me va a acompañar estas navidades. Pero, repito, sé que con Xbox One también voy a disfrutar de lo lindo (Dead Rising 3 me gusta demasiado y Titanfall y Quantum Break me llaman muy, muy fuerte), pero para mi, todavía no es su momento. Al menos no aún. Ya hablaremos en marzo, que lo mismo el trastorno bipolar vuelve a hacer de las suyas. En cualquier caso, sinceramente, deseo que Xbox One funcione muy bien en España, a ser posible mucho mejor que Xbox 360 porque eso significará una cosa: el mercado estará más reñido, habrá más competencia y, al final, los que ganaremos seremos los usuarios.

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