Reportaje

Crónica de las jornadas lúdicas Ludo Ergo Sum 2014

Por Adrián Álvarez
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Hay salones dedicados al cómic, al manga y a los videojuegos… no digo nombres porque cada uno imaginará su favorito y porque ya os estamos poniendo los dientes largos para la Madrid Games Week. Pero haced memoria… ¿conocéis algunas jornadas dedicadas a los juegos de mesa?

Todo el mundo se ha sentado alguna vez delante de un tablero, y es una observación tan certera como que todos los periodistas empiezan alguna vez un párrafo con una generalización sobre sus lectores. Los juegos de mesa son algo social que, pese al bombo que le damos al ocio digital, sigue manteniendo su público. Es más, si algo nos ha enseñado Ludo Ergo Sum, "Juego luego existo" en latín y nombre de las jornadas, es que el número de fans crece cada año.

Un juego para cada uno y cada uno con su juego

Me presento en el Pabellón M4 de Alcorcón, un polideportivo de aspecto tan funcional como su denominación, y ya hay gente haciendo cola. Faltan treinta minutos para las diez, hora de apertura de la séptima edición de Ludo Ergo Sum, pero eso no les detiene: sólo la puerta de entrada lo hace. Vienen con mochilas cargadas de juegos propios y ajenos, maletas pobladas de figuras y cabezas llenas de reglas que sirven para este mundo y muchos otros. No veo a nadie disfrazado de ricachón de Monopoly o de ficha verde. Cuando se abren las puertas, los que repiten visita entran directos, mientras el resto nos registramos.

La entrada es gratuita y el dinero que se recauda, destinado a fines benéficos, se hace a través de huchas repartidas en los stands y actividades tales como un sorteo, un mercadillo benéfico y un juego de dados que se llevó dos euros de mi cartera y sólo me devolvió la satisfacción de aproximarme a un premio seguro. Para los que quieren aguantar desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, se venden refrescos, perritos calientes y galletas. Para los que quieren probar algún juego, se puede escoger entre una gran variedad, del mismo modo que si estuvieras en una ludoteca. Para los que ya saben de qué va el tema o quieren desfogarse con gente que pueda recitarles las instrucciones, hay partidas organizadas de rol y torneos de juegos de mesa que tardan pocos minutos en llenar su cupo. Para los que quieren gastar dinero, además de las donaciones antes mencionadas, pueden hacerlo en los stands de distribuidoras y tiendas que se sitúan al fondo del pabellón.

Es en el expositor de La Comarca de los juegos donde conozco a Ricardo. La tienda inició su andadura hace dos años en Internet y a partir de mayo se materializó en el barrio madrileño de Chamberí. Se estrenó pronto en esto de los juegos, un rasgo compartido por todos los presentes, y fue en plena crisis cuando se atrevió a hacer de su afición una forma de vida. Me dice, con la sonrisa de alguien satisfecho de su trabajo, que la popularidad de los juegos de mesa y de rol, el uso de las redes sociales y la aparición de nuevas editoras ha hecho posible lo que vemos. Son datos tan interesantes y me los suelta con tanta facilidad que necesito digerirlos y luego contrastarlos con alguien, como cuando pruebas un juego nuevo y le preguntas a todo quisqui si está tan entusiasmado como tú. Y creo poder sintetizar aquello en una sola cuestión: ¿qué hay detrás de este éxito de asistencia?

La ilusión de jugar con tu futuro

Me responden Pilar, una de las organizadoras de Ludo Ergo Sum desde su primera edición, y Natalia, voluntaria desde hace cuatro años. Ambas hacen un alto en su labor de repartir bebidas entre los asistentes y descubro lo que se consigue con trabajo duro y perseverancia: si la primera edición tuvo a 400 participantes, la actual terminará en más de 1700, cuando se clausure el domingo. La oferta se ha ampliado con el paso de los años y la crisis ha mejorado las perspectivas de empresas y  jugones: es un hecho contrastado, no creáis que me lo invento, porque el Monopoly surgió la primera vez que los banqueros saltaron por la ventana, allá por la Gran Depresión de los años treinta, y el Trivial en mitad de la crisis del petróleo a finales de los setenta. Escribo todo esto y me arrepiento de no haber preguntado a ninguna de las dos cuál es el gran juego surgido en nuestra época, pero cuento con que uno de vosotros responda en los comentarios.

Aunque es probable que ese juego estuviera allí: desde hace un par de años, creativos con una maqueta inédita se exhiben y retroalimentan de los asistentes. Es fácil identificarles, porque sólo los más aguerridos se atreven con un juego que puede estar a medias, y cuya experiencia está formada a partes iguales por diversión, explicaciones y justificaciones. También hay auto ediciones y ediciones muy modestas, como Tortilla de patatas, un juego de cartas a la venta en casi todos los expositores y que hoy puede pelear en igualdad con productos de grandes nombres. Me comenta Pilar, con merecido orgullo, que al principio tenían que perseguir a las editoras, pero que en la actualidad se ven empujados incluso a rechazarlas ante la falta de espacio.

El mundo editorial es otro mundo

El sábado, sigo a Daniel, otro de los voluntarios y una de mis fuentes, y acabo arrastrado por un río de cogotes que desemboca en las mesas de la editora Holocubierta. No soy de los que se dejan llevar con facilidad ni tampoco de los que se quedan mirando un accidente de tráfico, pero en este caso me puede la curiosidad: hay que entender que hablamos de unas jornadas cuyo público pasa la mayor parte del tiempo sentado. El equipo de Holocubierta saluda al público, rodeados de cartelones ilustrados, y presentan su bombazo: Numenéra, juego de rol creado por una de las personas más respetadas del medio, Monte Cook, llegará a España de su mano. Para el público a mi alrededor es motivo de aplausos, algún cuchicheo y expectación; yo me siento como un aborigen al que le enseñan una Biblia y que termina en misa, porque empatizo con el entusiasmo a mi alrededor pero me faltan años de práctica. No es que sea ajeno a estas cosas, porque siempre me han gustado los juegos de rol y de mesa, es que nunca he profesado tanta admiración por ello.

Termina la presentación y hablo con Juan Emilio, coordinador editorial de Holocubierta, que me relata cómo su negocio surgió de un programa de radio que hacía en Guadalajara, donde sus socios y él consiguieron el conocimiento y los contactos necesarios. Su editora busca la calidad y la constante mejora artística, un espíritu más propio de un aficionado que de un empresario, y por tanto admirable al mantener una posición ascendente en el mercado español. Sus tiradas no pueden ser espectaculares porque el mercado no lo permite, pero poco a poco alcanzan el siguiente, y lógico, objetivo: la proyección internacional. El rol español ya no es un medio autárquico, me dice Juan, y desde la editora han visto que puede haber un equilibrio entre la producción propia, la importación y la exportación, y lo ejemplifica con First Contact, que saldrá en Francia en breve. También me habla de ferias como esta Ludo Ergo Sum, pero de mayor calado y presupuesto: en Toulouse aún no saben si podrán asistir, y tienen enfilada la Gen Con de Indiana, en Estados Unidos.

Para continuar mi esbozo sobre el estado de las editoras presentes acudo a otro Juan Carlos, de Ediciones Sombra, un hombre sereno con más de diecisiete años de trabajo a sus espaldas. A pesar de llevar mucho más tiempo en el negocio que Holocubierta, de haber vivido otra gran crisis y un período de bonanza sin precedentes ni posibilidad de repetir, Juan sostiene que el mundo del rol y los juegos de mesa siempre ha sido popular. Por supuesto, cuando hablo de popular no me refiero a anuncios en El Corte Inglés, sino a un nicho fiel y, muy importante, con un poder adquisitivo por encima de la media. Me confirma que los juegos de mesa viven un período dulce desde hace cuatro o cinco años, y que después del auge en el año 2000 y posterior estancamiento del rol, se ha vuelto a editar nuevos e interesantes productos, ya sean basados en videojuegos (como el de Dragon Age), películas (Star Wars), o propiedades intelectuales nuevas. Y apunta a un motivo sugerido por mis anteriores encuestados: el boca a boca y las redes sociales ha conseguido cohesionar a toda una comunidad. Lo que antes era un lúdico reino de taifas es ahora un emergente imperio de ocio analógico. ¿Beneficio de ello? Que a pesar de una crisis que nos ha dado la vuelta y sacudido los pantalones, han conseguido capear el temporal y se pueden permitir vivir de lo que hacen, sin pluriempleos forzados ajenos al sector.

El núcleo de la diversión

Hasta la ceremonia de clausura, donde se celebró el récord de asistencia y todos procedieron a palmearse la espalda ante un trabajo bien hecho, Ludo Ergo Sum pudo presumir de mezclar a niños y mayores, expertos con neófitos y los mal llamados “frikis” con la mal llamada “gente normal”.

He visto partidas emocionantes con dados, cartas, figuras y construcciones extrañas creadas para juegos como Warhammer, que no tienen nada que envidiar a las maquetas que se usaban en el cine hasta hace unos años. Me he dejado la espalda en un juego de mesa con discos de madera, he competido contra un chico que no conocía de nada y al que derroté en el último momento. Probé un juego de mesa, Ubongo, e interpreté las reglas como un chimpacé entendería unas instrucciones de Ikea, sólo para ser corregido porque las cosas eran mucho más sencillas. También caté Bauhaus, juego de mesa tan abstracto que requerí veinte minutos de tutoría y chascarrillos por parte de un voluntario. Pasé varias veces junto a uno de los creativos, todo ilusión y cartas inéditas impresas, y me arrepentí de no haberle dedicado media hora a su proyecto. En general, perdí la noción del tiempo tantas veces que las horas se convirtieron en días y fui menos consciente de mi teléfono móvil de lo que estoy acostumbrado, y me divertí tanto que no hice muchas fotos para que nada se interpusiera entre el evento y yo: gracias a los organizadores por cedernos algunas fotos. 

Hace más de una década, tuve el privilegio de ir a la segunda Expocómic de Madrid, celebrada en lo que años más tarde serían las cenizas del Palacio de los Deportes. Había ilusión y la apuesta, que había empezado con cierto riesgo el año anterior, se confirmó como algo sostenible. Hoy día hablamos del salón del cómic de Madrid con emoción y anualidad, y enviamos a gente de lo más capaz a cubrirlo. Y aunque vayan por la séptima edición, veo algo de aquellas primeras Expocómic en las Ludo Ergo Sum, que hoy han hecho pequeño un pabellón de Alcorcón y que consiguen crecer cada año. Qué no conseguirán de aquí a diez años y cómo hablaremos de ello no sólo depende de los chicos de la asociación, sino de vosotros. Y yo me apunto para el año que viene. 

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