Reportaje

Opinión: Senran Kagura Burst y el erotismo japonés

Por Laura Gómez
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En las últimas semanas se ha hablado mucho del contenido de Senran Kagura Burst, del diseño de su art box europea y del texto de Chris Rooke en la página de la Revista Oficial de Nintendo en territorio británico. Según Rooke, Senran Kagura es “un videojuego denigrante que nadie debería comprar ni apoyar en ningún sentido”. 

Polémica justa y necesaria alrededor de Senran Kagura Burst, un título en el que un puñado de adolescentes ninja pelean embutidas en un uniforme contra las ninjas adolescentes embutidas de un colegio rival. No es la primera vez ni la última que vemos a Japón producir juegos subidos de tono, más centrados en el erotismo que en idear una buena historia o una mecánica divertida, pero el abismo que nos separa de la cultura oriental suele hacernos pasar de puntillas por cuestiones que siguen siendo denunciables.

La sexualidad ha estado ligada a la cultura nipona durante siglos como ruptura con la disciplina y autoridad obsesiva de sus gobernantes, y con el tiempo ha creado un perfil propio muy reconocible en el hentai, el anime o la literatura. Si bien en occidente hemos aceptado, fascinados, sus característicos fetichismos dentro de la factoría del entretenimiento y hemos aprendido a apreciar o comprender su visión del mundo (como ese porno con tentáculos por su tradición marina), también es necesario aceptar sus fallos como sociedad: el sexismo impera, y en ningún caso debemos obviarlo, naturalizarlo o defenderlo.

 

"Solo es un videojuego"

El primer error es hablar de los videojuegos como una banalidad. Infravalorarlos nos arrebata el derecho a denunciar otros problemas. El ocio evade, divierte, emociona y también enseña e invita a reflexionar. Durante años hemos consumido el concepto de la damisela en apuros, pero llegaron Samus Aran, Ripley o Mononoke. Miles de veces, los personajes femeninos han sido simples reclamos para atraer a los jugadores a la tienda, pero entonces llegaba la Bayonetta de turno a parodiar esa explosividad ridícula pegándole un puñetazo a Dios con unas piernas irreales de dos metros. Existen problemas y el videojuego, como cualquier otro medio, puede ignorarlos u ofrecer soluciones, ya sea caricaturizando el sexismo reinante con buen gusto o fabricando personajes femeninos de calidad. El dato luminoso está en esas ganas de cambiar.

El mayor problema de Senran Kagura Burst es que no plantea ninguna parodia, ni siquiera se le acerca: su sexualización obsesiva entorpece las acciones y desvía la atención exclusivamente a nuestros monigotes pechugones. Sus planos detalle de los pechos de las protagonistas o de sus ropas haciéndose jirones no tienen justificación narrativa, no ayudan a la jugabilidad y atacan directamente a las hormonas. Esos recursos gratuitos resultan tan patéticos como una jauría de penes voladores, sin importar la condición sexual de cada jugador. Es cierto que el nicho al que apela Marvelous con Senran no es mayoritario, y menos en occidente, pero hay que tener en cuenta que el machismo no suele ser tan evidente como la violencia y, a pesar de ello, sigue siendo inmoral. Entonces, “qué más da, si casi nadie va a jugar a esto” deja de ser una excusa.

 

Hay algo especialmente contradictorio en que un medio tan progresista y que depende tanto de la tecnología peque de involucionado en un valor tan primario como la igualdad de género. No se trata de crear un juego para todos los públicos, sino de respetar a la figura femenina siempre, en cualquier género, sin importar a quién vaya dirigido. Esa será la única manera de dejar atrás esta guerra de sexos absurda que vivimos últimamente. No estamos en Grease o Mad Men, las mujeres no ven machismo en todas partes y los hombres no son Antonio Alcántara.

El feminismo no es nada más ni nada menos que creer en la igualdad de sexos, no en la superioridad de la mujer, y juegos como Senran Kagura dan un paso atrás en lo que hemos construido entre todos. A diferencia de lo que muchos creen, siempre hará falta evidenciar los abusos de mal gusto, vengan de Japón o de Albacete. No hay justificación cultural para objetificar a ningún ser humano, y los sinónimos de pechos se me han acabado pronto porque Leonardo Dantés no tiene una canción que los nombre todos. Aún hay mucho que trabajar.

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