Análisis

Análisis de Naughty Bear Panic in Paradise

Por Rafael Aznar
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Naughty Bear: Panic in Paradise ya ha descargado su venganza en el bazar de Xbox Live y en PS Network. Toca meterse en la suave piel del peluche Malote, un osezno al que sus compañeros de especie han dejado de lado y que, ahora, les dará el escarmiento merecido, descoyuntando hasta el último pedazo de algodón que alberguen en su interior.

Mientras aquí estamos ya a tiro de invierno, los osos de peluche de Naughty Bear: Panic in Paradise han decidido tomarse unas vacaciones en un remanso de paz isleño y pegarse la gran vidorra. Por desgracia, se han ‘olvidado’, quién sabe si involuntariamente, de invitar a Malote, un adorable compañero que, para vengar la afrenta, se ha propuesto darles matarile a todos, uno a uno. Así, esta suerte de Mimosín maloso, que viaja hasta la isla Paraíso oculto en el autobús de sus congéneres, debe echar la zarpa a decenas de armas y disfraces con los que montar allí la de San Quintín.

El juego es una secuela del que apareció en 2010 para Xbox 360 y PS3, a cargo del estudio Artificial Mind and Movement. Por aquel entonces, lo hizo en formato físico, pero, esta vez, 505 Games ha apostado por el formato descargable, en las plataformas de Xbox Live Arcade y PS Network, desde las que se puede bajar, a un precio de 1.200 Microsoft Points o 14,99 euros, respectivamente.

La propuesta tuvo bastante repercusión en su día, por su originalidad y su desenfado, pero acabó en absoluto desengaño, por su dinámica repetitiva y sus problemas de cámara. ¿Habrá remendado Malote los descosidos y las magulladuras que dejó en su piel aquel amargo y olvidable debut?

La lista sobre la que pende la espada de Damocles

Naughty Bear: Panic in Paradise consta de 36 misiones, correspondientes a cada uno de los 36 osos a los que hay que despeluchar. A medida que damos escarmiento a los enemigos, se desbloquean nuevas caras en la maquiavélica lista negra de Malote.

El juego combina la acción y el sigilo, de modo que hay que moverse por once escenarios, de tamaño bastante reducido, en busca de los malosos. Así, hay dos elementos clave: las armas y los disfraces, que se cuentan por decenas y que hay que arrebatar a los numerosos oseznos que pueblan cada área. Si les quitamos la ropa a un jardinero, un ninja o un pirata, por ejemplo, podremos camuflarnos entre los enemigos, que, creyéndonos uno de los suyos, no pondrán impedimentos para que nos acerquemos al objetivo en cuestión.

En cuanto a las armas, hay bates de béisbol, cuchillos, espadas, cacerolas, guitarras, piolets… A eso, hay que unir los numerosos elementos interactivos del entorno, como cactus, plantas carnívoras, parrillas, cabinas de teléfono, váteres, hogueras o máquinas cortacésped, que permiten empalar a los enemigos y mandarlos al averno de los osos.

Lo mejor es que, para superar las misiones, no vale con ir a lo loco, sino que se nos obliga a derrotar a los enemigos de cierta forma, con determinados disfraces o con determinados objetos. ¿Qué tal enchufarle a un magnate del petróleo una manguera de gasolinera por la boca y luego prenderle fuego? ¿O mejor disfrazarse de médico y hacerle una liposucción a un peluche gordinflón? ¿Y aplastar a un mecánico bajo el peso de un coche que, misteriosamente, se caiga del gato que lo sujeta? El humor bestia está a la orden del día.

Cada misión cuenta con tres objetivos secundarios, tales como recoger una determinada cantidad de monedas, destruir documentos o encadenar combos. Según los cumplamos o no, el trofeo que obtengamos será de bronce, de plata, de oro o de platino. Asimismo, hay un medidor de puntos que entronca con la existencia de rankings online, lo cual da rejugabilidad al título. Para que la puntuación sea mayor, conviene usar diferentes armas, asustar a los osos, hacer que se aticen entre ellos, poner cepos para que les trillen las patas, romper cosas, acometer las ejecuciones delante de testigos…

Tortazos a los herederos de Barrio Sésamo

El sistema de lucha de Naughty Bear: Panic in Paradise recuerda al de un beat’em up, pero resulta muy superficial. Hay un botón para dar golpes flojos, uno para golpes fuertes, uno para agarrar y otro para protegerse, pero acaba imperando la lógica ‘machacabotones’, ya que los enemigos, a menos que lleven armas de fuego o se arremolinen en gran número, no dan demasiado de sí. En ese sentido, hay un sistema de experiencia y subida de niveles, así como una tienda en la que adquirir mejoras, a medida que las desbloqueamos robándoselas a los diferentes osos con que nos topamos.

El gran problema del juego es la IA de los enemigos, totalmente predispuestos a hacer honor a su condición de peluches contemporáneos de Barrio Sésamo. La palma se la lleva el hecho de que, en cuanto Malote se esconde en un matorral, automáticamente se vuelve invisible para los enemigos, aunque éstos estén a un centímetro de su hocico. De hecho, puede suceder que les demos mandobles desde ahí y, aun así, sigan ignorando nuestra presencia. Del mismo modo, puede pasar que le arreemos a un objetivo delante de las narices de un secuaz y éste se quede haciendo la estatua. A veces, sólo les falta palmotear, jalearnos y unirse a nuestra noble causa.

Desde la prehistoria, un dinosaurio técnico

El apartado técnico del juego se caracteriza por su colorido y por el diseño desenfadado de los osos, con un humor que embadurna el conjunto, pero que no pasa de ahí. Los gráficos son impropios de esta generación, con unos escenarios en que el 'popping', el 'clipping' y los tirones brillan por su abundancia. En especial, el 'popping' es salvaje, ya que, cada pocos pasos, brotan estructuras naturales o arquitectónicas de la nada más absoluta.

Además, a nosotros, no sabemos si por problema del juego o no, se nos ha quedado congelada la imagen en varias ocasiones, con la consiguiente necesidad de resetear la consola. A todo eso, añadidle la ausencia de doblaje, un paso atrás respecto a la primera entrega, que sí incluía voces en español. Por si fuera poco, de vez en cuando, el mapa de objetivos se vuelve tarumba, empieza a parpadear y no nos muestra la ubicación correcta del oso objetivo, ni el campo de visión de los enemigos ni las puertas de huida.

Naughty Bear: Panic in Paradise combina aspectos lúcidos con otros muy descuidados. Mejora al juego de 2010 en aspectos como el manejo de la cámara, pero sin acabar de consagrar su estupenda idea. La forma de superar algunas misiones, el humor a cara de oso o el hecho de que sea descargable son puntos a su favor, pero la lamentable IA o el prehistórico apartado técnico juegan en su contra.

Valoración

La aniquilación de osos de peluche aúna luces y sombras a partes iguales. Resulta original e invita a rejugar las 36 misiones en busca de mejores puntuaciones para los rankings online, pero tiene fallos que le impiden ser un juego notable.

Hobby

67

Aceptable

Lo mejor

Algunas formas de dar matarile a los osos malosos, así como la variedad de armas y disfraces.

Lo peor

La IA es de juzgado de guardia por momentos y, a nivel gráfico, no es digno de Xbox 360 ni de PS3.

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