Las chicas del cable
Análisis

Las chicas del cable - Crítica de la primera serie española de Netflix

Por Raquel Hernández Luján
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Crítica de Las chicas del cable (Cable Girls), la primera serie española de Netflix protagonizada por Blanca Suárez, Maggie Civantos, Ana Fernández y Nadia de Santiago. Primera temporada disponible en la plataforma desde el 28 de abril.

Las chicas del cable, la primera serie de producción española que estrena Netflix, está disponible en la plataforma desde las 9 de la mañana del 28 de abril y se ha estrenado de forma simultánea en más de 190 países. De momento goza de una buena acogida con una calificación media de cinco estrellas que confirman que, de momento, está siendo bien valorada por los usuarios de la plataforma. 

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Las chicas del cable es una creación de Ramón Campos y Gema R. Neira y está escrita por Ramón Campos, Gema R. Neira y María José Rustarazo, y dirigida por Carlos Sedes y David Pinillos. Y la fórmula parece ser tan exitosa que ya se está rodando una segunda temporada. De hecho, no parece haber sido concebida en ningún momento como una serie autoconclusiva sino como un serial en toda la extensión del término (un culebrón con trasfondo, podría decirse). Es un drama que narra la historia de cuatro mujeres en busca de libertad y nuevas oportunidades en una sociedad dominada por los hombres pero en la que lo principal para enganchar al espectador es un triángulo amoroso.

Nosotros ya hemos visto los ocho episodios de cerca de una hora de duración que componen la primera temporada y que se titulan "Los sueños" (54 min.), "Los recuerdos" (50 min,), "Las mentiras (58 min.), "Los sentimientos" (53 min.), "El pasado" (47 min.), "La familia" (63 min.), "La pérdida" (54 min.) y "El amor" (47 min.). Como veis, la plataforma sigue apostando por una duración variable de los episodios que permite que el producto se adapte a las necesidades narrativas, como ya vimos en el caso de The OA, serie en la que esta premisa se abrazaba incluso de forma más drástica con episodios que variaban entre los 31 y los 71 minutos.

Ambientada en Madrid, en el año 1928, la serie narra la relación que surge entre varias trabajadoras de la compañía telefónica. Alba (Blanca Suárez), una mujer con problemas con la justicia, se ve obligada a incorporarse a la empresa para saldar una deuda, y entablará a regañadientes amistad con Ángeles (Maggie Civantos), controlada por su marido; Marga (Nadia de Santiago), tímida, recién llegada del pueblo, pero con ganas de comerse el mundo; Carlota (Ana Fernández), la indomable hija de un importante militar y la supervisora del grupo Sara (Ana Polvorosa), una activista por los derechos de la mujer como el sufragio.

La situación de Alba se complica cuando descubre que Fernando (Yon González), un amor de su adolescencia, trabaja en la compañía y para mayor confusión, la joven comienza a enamorarse de Carlos (Martiño Rivas), el hijo del dueño que queda prendado de ella en cuanto la ve por primera vez.

Estructura y segunda temporada en ciernes

Todos los episodios de Las chicas del cable comienzan y terminan con la voz en off de la protagonista: un recurso que sirve para vehicular la historia y engarzar por una parte la trama principal, en la que se dan cita el drama romántico-emocional, la trastienda política y el suspense ya que vamos conociendo nueva información sobre su pasado sobre la marcha y por otra parte, las subtramas de sus compañeras que apuntan en distintas direcciones: el maltrato, el machismo, la libertad sexual, la reivindicación de la figura femenina...

Las chicas del cable

Bambú Producciones vuelve a apostar por la fórmula que tan bien conoce y comercializa sin apostar por la consistencia de la verosimilitud sino más bien por cierta frivolidad hacia lo que pretende poner de manifiesto. A simple vista, hay una escasa fidelidad histórica: es inconcebible todo lo que cuenta la serie pasando de puntillas por la idiosincrasia católica imperante o el pobre retrato de la sociedad, mucho más estricta y envarada de lo que se muestra. Tiene visos de triunfar más fuera de nuestras fronteras donde quizás sean más asimilables todas esas licencias del guión. 

Su gran baza: engancha; su gran pecado: no aporta nada nuevo. Tenemos personajes estereotipados y la reinvención de los tardíos años 20 madrileños con locales de fiesta y prostíbulos que tienen un aire (demasiado) pop. La música diegética (la que se supone que forma parte de la acción) es completamente desconcertante porque no casa con las imágenes, pero por fortuna va perdiendo peso específico a lo largo de los episodios.

A nivel interpretativo destaca el trabajo de Maggie Civantos, la actriz más solvente a la hora de construir a su personaje y dotarlo de personalidad propia. El sonido deja bastante que desear y la dicción de varios de los personajes principales, también, aunque te acabas acostumbrando... "Se te hace el oído".

Los aciertos y las virtudes de una serie que apuesta por la continuidad

Las chicas del cable no es una serie pionera ni representa un hito en la ficción española más allá del hecho de ser la primera colaboración de Netflix en nuestras fronteras y, probablemente, sea una ocasión desperdiciada para hacer un trabajo más autoral que se despegue de los dramas románticos históricos que abundan como setas en el panorama televisivo nacional.

Sin embargo, sí que hay aspectos de la puesta en escena, a cargo de Carlos Sedes (Velvet) y David Pinillos (Refugiados) que sí resultan más interesantes y exprimen el jugo a la idea que hay en el imaginario colectivo de los "locos años 20". El vestuario es otro de los aciertos a señalar.

Las chicas del cable (Serie TV) - Cartel
Las chicas del cable (Serie TV) - Cartel

Con todo y con eso, se aprecia el trasfondo de la serie, por más que la capacidad de insinuación brille por su ausencia y sea la brocha gorda la que se imponga para mostrar realidades complejas como el maltrato, la represión sexual, la falta de independencia femenina, la identidad de género, la homosexualidad o la lucha por alcanzar cierto nivel de igualdad por medio del trabajo. Cabe decir que, en contradicción con todo lo anterior, las grandes villanas son mujeres también, para no variar. Conspiradoras, manipuladoras y maquiavélicas: desde doña Carmen (Concha Velasco), Carolina (Iria del Río), Elisa Cifuentes (Ángela Cremonte) hasta la ambigua Victoria (Kiti Mánver).

Solo cabe esperar que de cara a la segunda temporada, los creadores recojan el guante y pongan más carne en el asador. La época escogida y la temática son atractivas de por sí, solo falta elevar la apuesta para trascender los clichés.

Netflix se ha dado cuenta de que hay un nicho de mercado que estaba pendiente de recibir contenidos acordes a sus preferencias y se ha valido de la pericia de la productora para apuntar a esa diana. Tiene pinta de que lo ha hecho bien y que nos queda por ver mucho de Las chicas de cable. Albergo la esperanza de que también sea mejor lo que está por llegar, que se ahorren circunloquios y reiteraciones innecesarias (no sé cuántas veces se escucha ese "a mi despacho, señorita Aguilar") y se arriesguen más a la hora de dejarle al espectador sacar sus propias conclusiones en lugar de dárselo todo tan mascado. A veces parece que se olvidan de que al otro lado de la pantalla hay una mente pensante capaz de leer entre líneas...

Valoración

La primera serie española de Netflix tiene pros y contras: la fidelidad histórica brilla por su ausencia, pero es reivindicativa; no arriesga demasiado, pero engancha; no es nada sutil, pero se va entonando episodio a episodio...

Hobby

60

Aceptable

Lo mejor

La reivindicación de los derechos de la mujer y la apertura de miras hacia temas tabú aunque sea demasiado explícito todo.

Lo peor

El triángulo amoroso y lo repetitivas que son algunas tramas. Las incoherencias a la hora de retratar la sociedad española de finales de los años 20.

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