Análisis

Cine de ciencia ficción: Crítica de Mad Max

Por Adrián Álvarez
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Mad Max, DIRIGIDA POR George Miller - PROTAGONIZADA POR Mel Gibson, Joanne Samuel y Hugh Keays-Byrne. 1979 ARGUMENTO: En un futuro cercano, donde la gasolina escasea tanto como la moralidad, las fuerzas del orden se encuentran desbordadas. Sólo el policía Max Rockatansky está lo bastante loco como para enfrentarse a los asesinos que transitan las autopistas, pero teme perder su humanidad si sigue patrullando. Cuando se enfrenta al Jinete Nocturno, líder de una banda de motoristas, el asunto se vuelve personal.

Al debut de un director en el largometraje se le supone esa energía maníaca y festiva de quien ha alcanzado, por fin, una meta dentro del mundo del cine. Esa primera película, salvo sorpresas o si se trata de un artesano del oficio, suele contener el germen de todo lo que vendrá después. Mad Max no es una excepción.

Las calles casi desiertas, con apenas un par de coches en circulación, resuenan como un futuro posible y terrorífico; las autopistas, convertidas en coto de caza de salvajes, se extienden a lo largo de desiertos donde no hay ayuda posible. Con esta película, George Miller traza las líneas maestras de una saga que, a medida que destruye el mundo que conocemos, construye otro salvaje y siniestro de las cenizas de un desastre nuclear. Y aunque aquí aún no ha habido hongo atómico, sí que se aprecia el aumento de la barbarie y el ascenso del petróleo a un bien más preciado que la vida humana sin exageraciones.

Gracias a un escueto cartel que nos sitúa en un futuro cercano, conocemos a Max Rockatanskty (Mel Gibson), el mejor conductor de la policía, capaz de eliminar a un forajido llamado el Jinete Nocturno sin amilanarse. Tiene una esposa (Joanne Samuel) y un hijo, pero también un grave problema: cada vez le gusta más acabar con los delincuentes, y teme perder su alma. Su cordura ya no la sustenta él mismo, sino su familia.

Sufrirá el acoso del Corta-uñas (Hugh Keays-Byrne), que al enterarse de la muerte de su hermano, el citado Jinete Nocturno, jura venganza contra todo el cuerpo de policía. Todos los que rodean a Max sufrirán, incluido el Ganso (Steve Bisley), su mejor amigo dentro del cuerpo, pero no tienen ni idea de contra quien se enfrentan. Para cuando termine la guerra personal entre ambos, sólo uno de sus vehículos cruzará el horizonte. 

Ni muy rápido, ni muy furioso: a medio gas

Lo que más sorprende es que Max no parece el protagonista, sino el Ganso o el propio Corta-uñas: tienen demasiado tiempo en pantalla, mejores diálogos y una personalidad más destacada mientras Max se limita a vagar, casi mudo e indeciso sobre si seguir en la lucha contra el crimen o no. Sus méritos se reducen a la persecución inicial: la mayoría del metraje nos machaca mediante diálogos, pero sin enseñar nada, que Max es el tipo más peligroso de Australia a los mandos de un coche. Hasta una anciana, casi al final de la película, parece más peligrosa que él; poco Mad y poco Max, me temo. Se pueden agradecer ciertas dosis de caracterización y justificación, pero en este sentido la película está mal equilibrada.

Por eso la parte final sabe tan bien, porque nuestro antihéroe amenaza con explotar una y otra vez y todo le conduce a ello: es trágico, es inevitable, pero también satisfactorio. Son sólo diez minutos, pero grabarán en piedra las siguientes iteraciones de la saga. Eso sí, Miller no tenía intención de hacer un ejercicio de suspense psicológico, adornado al principio y al final con trepidantes secuencias de acción: hay que echarle la culpa a la falta de medios del cineasta, que se pagó la producción de sus propios ahorros, y a que, a pesar de tener 34 años cuando hizo la película, era un debutante con apenas un par de producciones menores a sus espaldas.

La sombra de Max

Sin ser una película tan influyente en lo estético como sus continuaciones, esta Mad Max tiene el honor, gracias a su final, de haber inspirado uno de los mejores momentos del cómic de Watchmen y toda la saga de Saw. Sabréis al momento a qué secuencia me refiero porque no hay absolutamente nada parecido en el resto de la historia.

Si dejo para el final a Mel Gibson es porque, a pesar de su esfuerzo, no tiene toda la entidad que se le presupone al protagonista de una película. Cree que está representando una progresiva pérdida de humanidad, pero carece de la experiencia y de un guión que sepan encauzar su arrollador carisma, que aparece deslucido en comparación con sus compañeros de reparto. Ya tendría tiempo de desarrollar su marca de la casa, que es la de interpretar a tipos no muy equilibrados mentalmente, con ese tic tan característico de abrir mucho los ojos y voltear la cabeza.

Puede que sea la más floja de la trilogía y uno de los trabajos más discretos de Mel Gibson, pero es la película ideal para descubrir al personaje de Mad Max a quien aún no le conozca, ya sea tu pareja o unos amigos. Pese a sus fallos, no desesperéis: lo mejor está por llegar… 

La carretera sigue

Como hemos visto en nuestro especial, no todas las carreteras son iguales: a veces nos llevan al futuro, o a mundos donde la humanidad se ha vuelto (demasiado) civilizada; en otras ocasiones, los peligros ni siquiera son de este mundo. ¿Sientes curiosidad? Visita nuestro especial de ciencia ficción y disfruta del viaje.

Valoración

La historia de origen que se podría esperar para Mad Max. Eso no quita para que el viaje se haga un poco aburrido y las piezas no terminen de estar engrasadas, pero da gusto verle conducir.

Hobby

75

Bueno

Lo mejor

El principio y el final, asombrosos. El ambiente sugerido con cuatro duros. Su cartelazo.

Lo peor

Mel Gibson no es aún una estrella y George Miller tiene mucho que aprender.

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