Análisis

Cine de ciencia ficción: Crítica de Stargate

Por María Vedia
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CRÍTICA DE Stargate- 1994 - DIRIGIDA POR: Roland Emmerich - PROTAGONIZADA POR:  James Spader, Kurt Russell, Jaye Davidson, Viveca Lindfors. ARGUMENTO: El Doctor Jackson, un egiptólogo venido a menos, es contratado para descifrar unos símbolos inscritos en un supuesto artefacto alien hallado en 1928. Esto resulta ser una Stargate (puerta estelar) que le transportará a un lejano planeta gobernado por el Dios Ra. Acompañado por el Coronel O'Neil y sus hombres deberá encontrar la forma de volver a la Tierra sin perder la cabeza por el camino.

Sería fácil hacer una crítica de Stargate quedándome en los principales defectos que a lo largo de estos años se le han achacado a la película. A saber: que es una exasperante ristra de tópicos de cine de acción con un argumento ‘lleno de agujeros’ adornado con imaginería egipcia, que se resuelve con tiroteros y efectos especiales.

Tampoco seré yo la que niegue que Roland Emmerich parece haberse empollado los Indiana Jones de Spielberg para después hacer una mala copia en sus 119 minutos de metraje.

¡Que Ra me perdone! Si estos son los argumentos para tachar Stargate como una mala película, no quito la razón. Sin embargo, una vez tenidas en cuenta las obvias imperfecciones del filme, se debe rascar como un verdadero arqueólogo para descubrir ideas interesantes, que si bien no están explotadas del todo, están ahí.

Porque debajo de la capa de aventura de Stargate, subyace el uso de la religión por parte del poder para esclavizar al pueblo y una poco habitual reflexión sobre la tecnología como herramienta no generadora de evolución, sino, todo lo contrario.

Además, me pregunto una cosa: ¿Por qué cada vez que ponen Stargate en televisión me la zampo como una niña con los ojos como platos? Porque, ¡qué carajo!, es una película con los ingredientes suficientes para pasar un buen rato.

Dioses alien, la Historia oculta

A grandes rasgos, el universo de Stargate se basa en la teoría de los Antiguos Astronautas que popularizó el escritor suizo Von Daniken en 1968 con su libro ¿Carrozas de los dioses? y posteriores secuelas. Esta hipótesis, también llamada de paleocontacto, sostiene que los extraterrestres visitaron la Tierra hace millones de años y son los responsables del origen y evolución de la raza humana. Una de sus corrientes establece que los Dioses eran en realidad alienígenas cuya tecnología híper avanzada se tomó como muestra de su condición divina. ¿A que os suena eso? A justamente, lo que cuenta la película.

Pero, en vez de profundizar en esta fantástica base de pseudociencia, Roland Emmerich la toma como punto de partida. Un enganche, si me lo permitís, inteligente, que llena los primeros 30 minutos del filme de emoción y misterio.

El atractivo reside en que básicamente nos está trasmitiendo el mensaje de que no estamos solos en el Universo y que nuestra civilización está intrínsecamente relacionada con alienígenas. Pero el asunto va más allá, porque la resolución de un misterio de nuestro pasado nos sirve para explicarnos nuestro futuro. La Stargate (o puerta estelar) es la esperanza, el camino para entrar en contacto con esos seres que finalmente nos explicarán quienes somos en realidad y qué hemos venido a hacer aquí.

Sin embargo, como aficionada a la Historia, comprendo que, una vez pasado este tramo de la película, venga la decepción. El problema es que el inicio genera unas expectativas que después no se cumplen. Uno espera ver un desarrollo mayor del enigma sobre quién y cómo se construyeron las pirámides y en el caso de ser extraterrestres, la explicación (con juguillo) de con qué intención las crearon y qué tenemos que ver los humanos en ello. En vez de eso, Stargate da una respuesta facilona para meternos en el verdadero meollo del asunto: la aventura.

Llegado a este punto, el espectador tiene dos opciones: apagar la tele, dejarse de ciencia ficción y alquilar el documental El código de la gran pirámide de National Geographic o asumir que quien está detrás de la película es un señor llamado Roland Emmerich cuya carrera está marcada por filmes de acción con ritmo irregular y estallido de efectos especiales como Soldado Universal (1992), Independence Day (1996) o Godzilla (1998). De hecho, Stargate le abrió las puertas de Hollywood, así que algo debe de tener, ¿no?

Un graciosete, un tipo duro y ¿una corista de las Vegas?

Además de la ya mencionada propuesta inicial, el filme atrapa desde el minuto 1 gracias a la buena construcción que hace James Spader de su personaje: el egiptólogo Doctor Jackson.

Reconozcámoslo, en esa primera escena en la que sus colegas se burlan de él, parece un chalado. Un chalado por el que uno siente vergüenza ajena. Sin embargo, en el momento que le contratan para descifrar unos antiguos jeroglíficos de más de 10.000 años de antigüedad ubicados en un artefacto alien, la interpretación entusiasta y el sentido del humor autocrítico que le da James Spader al protagonista, hace que este tipo con gafas y aire despistado, nos caiga en gracia a la par que nos contagia su obsesión por ‘saber más’.

Lo mismo ocurre con el atormentado coronel O’Neil. No existen a penas recursos en el guión para explorar las emociones de los personajes, por lo que Kurt Russell hace sobresfuerzos hercúleos para conseguir que este tipo duro con aires de cine clásico (¿Os habéis dado cuenta que fuma los cigarrillos a lo Humphrey Bogart?) nos trasmita la culpabilidad que siente por la muerte de su hijo con su presencia taciturna, sus expresivos ojos y el silencio, ese constante silencio. Además, con una estudiada frialdad, logra que su actitud paternalista durante la cinta no parezca un rollazo, sabiendo llevar el difícil contrapunto de la velada crítica al uso de las armas.

Aún con un dúo de estas características, Stargate decae en el momento en el que el Doctor Jackson adivina cuál es el séptimo símbolo que activa la puerta estelar. Acompañado por un grupo de soldados capitaneados por el coronel O’Neil, el egiptólogo atraviesa la Stargate en lo que parece será un apasionante viaje hacia otro planeta. Y, ¿qué se encuentra al otro lado? Un desierto y una tribu nómada esclavizada por el Dios Ra. (¿Es o no es para echarse a llorar?)

Tras unos 30 minutos soporíferos, sólo alimentados por la intriga de saber si nuestros amigos lograrán comunicarse con ‘sus anfitriones desérticos’, hace su aparición el villano del cuento. Y una vez más, la película juega con las expectativas del espectador.

Roland Emmerich es astuto al presentarnos, en un primer momento, al Dios del Sol como una amenaza invisible. Me refiero a la escena en la que los hombres de O’Neil son abatidos entre columnas sin que en ningún momento veamos a la criatura que los ataca. Esto hace que imaginemos a Ra como un ser invencible de físico musculado, aspecto feroz y ¿por qué no decirlo?, un bastón muy, muy largo.

La sorpresa es mayúscula cuando descubrimos que el temible villano es un chaval andrógino mitad faraón, mitad corista de Las Vegas. Sin embargo, este malo atípico hace que nos sintamos inquietos porque no nos da ninguna pista sobre dónde reside su verdadera fuerza, lo que le hace impredecible. Y esto es, en buena parte, por la interpretación de Jaye Davidson, que transmite una templanza en sus movimientos y una frialdad en su mirada que revelan la verdadera naturaleza del alienígena que interpreta. Que levante la mano quien no se ha sentido incómodo ante su presencia, a pesar de lo ridículo de su vestimenta.

Por cierto, a estas alturas se os habrá olvidado, pero el efecto de "morphing" que transformaba la cara del villano dejó ojiplático al público, a pesar de que ya se había utilizado con éxito en otras obras como el videoclip Black or White de Michael Jackson.

¿Aquí se acaba todo?

Conviene preguntarse por qué a pesar de sus errores, Stargate sigue siendo ágil. En buena parte es mérito de sus efectos especiales y sus trepidantes escenas de acción, que 20 años después siguen teniendo un encantador aire retro.

También tiene que ver con su hilo conductor, en el que hay un claro versus entre tecnología e ingenio. La película parece indicarnos que tener la más alta tecnología ayuda, pero no es sinónimo de evolución si no se usa por el bien comunal. Si no, ¿cómo os explicáis que un grupo de esclavos sea capaz de detener al todopoderoso Dios del Sol? Su éxito radica en la unión del grupo y en utilizar los pocos recursos de los que disponen con dosis de talento (fijaos en la utilidad que le dan al mechero en el momento de la ejecución pública)

Además, la prohibición de la lectura y la escritura por parte de la figura religiosa (Ra) como medio para controlar la rebelión de los esclavos, me hace preguntarme: ¿Esta aventura palomitera está queriendo decirme algo más aunque no se atreva?

Por no hablar del hecho de que, tanto Ra como los militares utilizan medios violentos (bombas, ametralladoras y demás) para controlar la situación. Lo que trae a la palestra la siguiente reflexión: Por mucho que seamos una civilización avanzada, no dejamos de ser esclavos de nuestros impulsos (en esta caso, destructivos).

En resumen, Stargate es una de esas películas de ciencia ficción que permanecen en la memoria colectiva por su gran premisa, un diseño de producción apto y unos actores de la talla de James Spader y Kurt Russell, capaces de salvar en múltiples ocasiones su ritmo con altibajos, si no lo suplen los efectos especiales y los tiroteos. Una sólida mezcla de misterio, aventura y acción que amasó una fortuna en taquilla y fue la perfecta madre de la franquicia que se creó a raíz de ella. Hace unos meses os contamos que Roland Emmerich planea filmar una trilogía de Stargate, ¿hace falta explicaros por qué?

Cruza el portal de la ciencia-ficción

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Valoración

Perfecta para pasar el rato si no te sientes estafado por las altas expectativas que genera. Debido a su ritmo, pareces estar en una montaña rusa. Abstenerse impacientes e historiadores

Hobby

66

Aceptable

Lo mejor

La excelente premisa, los actores y las trepidentes escenas de acción

Lo peor

Todo lo que se le critica es cierto

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