Análisis

Cine de ciencia-ficción: La naranja mecánica

Por Raquel Hernández Luján
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ARGUMENTO: En La naranja mecánica conoceremos a Alex, un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desaforada y Beethoven. Es el jefe de una banda que da rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá voluntariamente a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.1971 - DIRIGIDA POR: Stanley Kubrick - PROTAGONIZADA POR: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates, Adrienne Corri, Warren Clarke,John Clive, Aubrey Morris, Carl Duering, Paul Farrell, Clive Francis y Michael Gover.

Que levante la mano quien no haya visto uno de los clásicos por excelencia de Stanley Kubrick (ya hemos visto su 2001: Una odisea del espacio en este especial). ¿En serio? ¡Entonces no has tenido adolescencia o te fumabas las clases de ética del instituto! La naranja mecánica supuso, al menos para toda una generación, el paso a la madurez. Si tus profesores confiaban en ti lo suficiente e incluso si tus padres daban el visto bueno (porque el contenido de la película hacía que muchos no se la jugaran sin autorización), entonces se consideraba que serías capaz de hacer una reflexión adulta sobre esta complicada adaptación de la excelente novela de Anthony Burgess.

 

Perdonadme esta introducción tan personal, pero es que es muy curioso realmente cómo ciertas obras se cuelan en los planes de estudio (algo similar a lo sucedido con la polémica novela "Nada" de la escritora danesa Janne Teller, por poneros un ejemplo más actual).

 

 

Y ahora os pido un poco más de paciencia y que dejéis que saque mi vena bibliófila para hablaros del trabajo de Burgess y de la relación de un autor con su obra, porque su reedición de 1986 vino acompañada de un prólogo en el que que ponía las cartas sobre la mesa sobre lo que pensaba de ella.

Aborreciendo su propia criatura

"Publiqué la novela 'A Clockwork Orange' en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. [...] De buena gana la repudiaría por diferentes razones, pero eso no está permitido". Habían pasado ya quince años desde que Kubrick le diera fama mundial al libro de Burgess, pero el problema es que tanto la edición neoyorkina de la novela como la película no habían captado el mensaje de su obra que contenía un último episodio, el XXI, que cambiaba totalmente el sentido de la narración.

 

¿La razón de que así fuera? Él mismo la expone: "En 1961 necesitaba dinero, aun la miseria que me ofrecían como anticipio, y si la condición para que aceptasen el libro significaba también su truncamiento, que así fuera".

 

Así que fue la necesidad la que llevó al autor a "tragarse el sapo" de ver salir a la calle su obra cercenada. Nada le hacía presagiar que se convertiría en una obra de culto y que esa decisión le pesaría toda la vida, por más que hubiera deseado no publicarla nunca y no tener que responder las preguntas que todo el mundo le formularía durante el resto de su carrera.

 


El título y la forma

¿Por qué "La naranja mecánica"? La expresión procede de una zona de Londres en la que el autor escuchó "As queer as a clockwork orange", es decir "tan raro como una naranja mecánica". Una expresión le pareció lo suficientemente surrealista como para convertirse en el título final de su novela.

 

Lo primero que llama la atención es el "lenguaje nasdat", una ingeniosa maniobra del autor para narrar las salvajadas de Alex y su banda de drugos sin utilizar las palabras en su forma original. Esta idea es simplemente genial: no solo se entiende la novela a la perfección, sino que el lenguaje se desprende así de su función primigenia: comunicar, para dar un giro sobre sí misma: comunicar de una forma velada.

 

 

Ahí va un ejemplo: "teníamos los bolsillos llenos de dengo, de modo que no había verdadera necesidad de crastar un poco más, de tolchocar a algún anciano cheloveco en un callejón, y videarlo nadando en sangre mientras contábamos el botín...". Dengo, tolchocar y cheloveco significa en realidad golpear, dinero e individuo. Esto sirve de colchón para relajar la perversión de las acciones narradas e invita de alguna forma al lector a entrar en un juego en el que tiene que poner de su parte para interpretar qué le están contando.

 

La película, al apoyarse en imágenes, tiene esa tarea más sencilla, pero Kubrick no escatima a la hora de enriquecer todo ese universo de significaciones con una puesta en escena cuidadísima en la que abundan obras de arte como penes gigantes, mujeres hipersexualizadas (véase el tema de los pechos y las pelucas), máscaras de narices abultadas a modo de falos, etc., además de valerse de otros muchos recursos en la toma de imágenes: violentos zooms, cámara al hombro y un montaje cuidadísimo.

L'enfant terrible: reeducación y libre albedrío

Solo hay que ver el proceso por el que pasa el personaje para darse cuenta de que este papel de Malcolm McDowell fue el de su vida. Desde la desafiante mirada del comienzo de la película, sabemos que este personaje nos va a calar hondo. Llegamos a despreciarlo abiertamente por su violencia y la impunidad con la que realiza sin ninguna razón sus tropelías para sentir una repulsa aún mayor cuando es utilizado por el sistema tras un programa de reeducación basado en el condicionamiento como si fuera una rata. De violar y matar a lamer las suelas de los zapatos pasando previamente por un proceso inhumano que nos ha dejado una de las imágenes más atroces del siglo XX en el cine, que rivaliza por su obscenidad con el ojo rasgado de Un perro andaluz:

 

 

A Alex le arrebatan la poca humanidad que le queda cuando lo condicionan contra lo único que ama, la música, y cuando lo sacan de su encierro en náuseas y vuelve a ser él mismo, al menos en su cabeza, se percibe como un triunfo de su perversidad frente a quienes han tratado de contenerla por su propio interés. Pero ojo, que no era esa la idea del autor de la novela... Dice Burgess que escogió el nombre de Alex porque era un diminutivo de Alejandro Magno, un hombre que conquistó el mundo pero que con el tiempo fue vencido, quedó impotente y privado de la palabra. Se percibe así como un antihéroe que sin ninguna presión escoge el camino equivocado para experimentar negándose a tomar el correcto hasta la edad adulta por su propia voluntad.

 

En la película se percibe muy bien esa idea de la voluptuosidad y la energía violenta de la juventud que se contrapone a la laxitud de la madurez. La voluntad destructiva y la agresividad se diluye con el paso de los años para dejar paso a la necesidad de trascender, de llegar a alguna parte.

 

El final de la película y el del libro (real)

Cuidado, amigos, porque obviamente voy a hablar del final de ambas obras, así que no sigáis leyendo si no queréis conocerlos. Tanto la película de Kubrick como la novela en su edición castrada finalizaban de la misma forma: Alex tras ser condicionado contra la violencia, volvía a abrazarla de nuevo asegurando finalmente: "Sí, yo ya estaba curado". Se daba a entender en cierta forma que no había posibilidad de recuperar a un individuo como él.

 

¿Qué sucedía en aquel capítulo vigésimo primero que sí vio la luz en el resto del mundo? Pues que Alex se alejaba de la violencia por completo dando muestras de una transformación moral completa. "La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción", dice Burgess en su prólogo. Y es que para él "No tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de transformación moral de los personajes [...]. Pero mi editor de Nueva York veía mi vigésimo primer capítulo como una traición".

 

Hoy día nos escandalizamos si vemos un desnudo o una escena de cama más subida de tono de lo habitual, pero Kubrick en los 70 llevó a cabo la titánica tarea de adaptar esta novela a menudo de forma muy teatral, aunque se basara en su edición neoyorkina y cortara donde cortó. Ha estado prohibida su exhibición y su venta en varios países durante décadas y sigue siendo una película incómoda, salvaje y visceral que a la postre denuncia esa banalidad clásica de la juventud ociosa y los resortes sociales que mueven nuestros hilos. ¿Necesitáis más argumentos para verla si aún no lo habéis hecho? 

¿Tienes más ganas de ciencia-ficción?

Hay muchas historias sobre las que queremos hablarte y películas que puedes descubrir o bien redescubrir en nuestro especial de ciencia ficción. Estamos repasando auténticos clásicos, ¿te animas? En nuestro especial de clásicos del terror también tienes el análisis de El resplandor, otra obra de Kubrick muy reseñable.

Valoración

Un clásico por excelencia de la cinematografía de Kubrick: se trata de una obra teatral, asfixiante, polémica y crítica con una sociedad violenta en la que el sistema trata de pasar por encima del individuo.

Hobby

90

Excelente

Lo mejor

Malcolm McDowell, el siempre preciso montaje de Kubrick y el diálogo con la obra original.

Lo peor

Las secuencias de visionado del proceso de reeducación de Alex. Horrible.

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