William Wallace
Análisis

Crítica de Braveheart - Cine épico en nuestro especial de los 90

Por Rafa Dominguez
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Mel Gibson se lanza al género histórico con una de las mayores demostraciones de cine épico de la historia: Braveheart. ¿Cómo ha afectado el paso de los años a William Wallace? Con el amor, el dolor y la venganza como armas, analizamos este clásico de los 90.

Patriotismo. Religión. Amor. Tres temas recurrentes en la carrera de uno de los directores de cine más particulares de la historia, cuya visceral mirada nos ha dejado joyas como la que hoy nos ocupa. ¿Notáis cómo tiembla el pulso? Probablemente no, pero un servidor todavía siente emoción ante la posibilidad de dedicar unas líneas a la obra que catapultó definitivamente la carrera cinematográfica de Mel Gibson.

Dos años después de firmar El hombre sin rostro, Gibson se lanzaba al género histórico y dramático, aderezado con dosis épicas, para dejar una huella imborrable en el imaginario colectivo: Braveheart. La cinta se inspira en la historia de Sir William Wallace, el soldado escocés que dirigió al pueblo en su revolución contra la tiranía del Rey Eduardo I de Inglaterra en busca de la independencia. A pesar de sus carencias históricas, se coronó como la película de 1995 tras alzarse con cinco Oscars entre los que encontramos el de Mejor película y Mejor director, con el que Mel Gibson confirmaba su irrupción en el otro lado de la industria.

Buscad una buena gaita y preparaos para escuchar acordes prohibidos. Levantad vuestros kilt y acompañadme en esta sacudida de emociones. Puede que nos quiten la excelencia cinematográfica, pero jamás nos quitarán Braveheart.

Tu corazón es libre; ten el valor de hacerle caso

Malcolm Wallace (Sean Lawlor) abre la película rodeado de infinitos valles verdes y una banda sonora que jugará una función dramática esencial en el objetivo que se marca Mel Gibson. Inmersos en las tierras de Escocia, la cinta nos presenta un pueblo traicionado ante la despiadada voluntad del Rey de Inglaterra, Eduardo I (Patrick McGoohan), a quien deben pleitesía como soberano. El director comienza a hacer gala de su afición al hiperrealismo al presentarnos a un grupo de nobles cuyos cuerpos cuelgan inertes y entre los que encontramos las inesperadas figuras de dos niños.

Antes de lanzarse a su venganza, el padre de William Wallace le da dos lecciones que marcarán su destino: la eterna búsqueda de la libertad y la preponderancia de la inteligencia sobre la fuerza. Una lástima lo de su narración en off que consigue despertarnos del hechizo. A pesar de todo, Gibson comienza a demostrar su capacidad para hacer volar las emociones cuando el pequeño William descubre que su padre ha muerto. El niño permanece de espaldas al carromato que transporta su cadáver en segundo plano, intentando hacer que desaparezca mientras nos coge de la mano.

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La religión, uno de los temas más explotados en la filmografía de Gibson, entra en escena durante el funeral de su padre; pero nuestra atención estará en uno de los símbolos que esconde la película: Thistle, cardo en inglés, la ofrenda que le ofrece la niña Murron y que se trata, nada más y nada menos, que de la flor nacional de Escocia. Su importancia para el devenir de la trama será vital, siendo el elemento inspirador de las principales escenas de la película.

En un pispás tenemos introducidos los tres temas principales de Braveheart: el amor, la venganza, el patriotismo y la religión, que se entremezclan para acompañar a William Wallace y a Escocia en la búsqueda de la libertad. Sigamos.

El derecho de pernada y la destrucción de la libertad

Unos cuantos años más tarde y con William Wallace bajo la tutela de su tío, el Rey Eduardo I decide instaurar el archiconocido derecho de pernada, que permitía a los grandes señores mantener relaciones sexuales con cualquier mujer que fuese a contraer matrimonio. Primer atentado contra la libertad registrado en la cinta y en la primera aparición del personaje, por si pretendíamos dudar de la narración.

William Wallace se reencuentra con Murron (Catherine McCormack), la niña que del regalo en el funeral de su padre, y caen perdidamente enamorados. Como para no, después de que conservara el cardo durante tantos años Dios sabe cómo. Su relación en pantalla, aunque escueta y con ligeras pérdidas de control, logra atraparnos lo suficiente como para que la captura y muerte de Murron sea un toque de atención a nuestros corazones, pero no comulgo, sin embargo, con la escasa reacción emocional de su amante. Una lástima, dado que el trabajo de McCormack con quince minutos de cuota de pantalla consigue sobreponerse a la propia Sophie Marceau (quien, a pesar de todo, también nos deja una interpretación notable) para el resto de metraje. A partir de aquí, el amor y el patriotismo de Wallace se anteponen a sus deseos de paz, que encabeza una revolución que acabaría por hacer temblar los cimientos de Inglaterra.

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La religión se convierte en un elemento permanente, dejando rastro de su simbología a través de crucifijos, sacerdotes y rezos que acompañan la aventura de Wallace; y Gibson esconde en una vaga representación del folclore la falta de rigor histórico en la que se asienta la trama. Sea como fuere, nadie la habría catalogado de biopic. El tono sádico que le vale su calificación para adultos, por su parte, consigue encajar como un puzle con la belleza fotográfica de John Toll, conjugándose para demostrar el horror de la guerra. El juego de opuestos que tanto éxito le ha dado al Gibson director, vaya.

Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán la libertad

Si, eso dicen. Mata hombres a cientos. Y si estuviese aquí, acabaría con los ingleses echando fuego por los ojos… y también rayos por el culo. ¡Yo soy William Wallace! Y estoy viendo a un ejército de paisanos míos aquí reunidos contra la tiranía. Habéis venido a luchar como hombres libres. ¡Y hombres libres sois! ¿Qué haríais sin libertad? 

William Wallace (Mel Gibson)

Las sangrientas batallas de Braveheart, sin embargo, no destacan más allá de su visceralidad. Pero si hay una escena que será recordada para la posteridad —además de su grito final, del que hablaré más adelante—, esa es la del discurso épico de William Wallace ante las tropas escocesas en retirada en la primera batalla de la cinta. Hagamos memoria:

El discurso de Wallace se ha convertido en uno de los más parafraseados por el público, con momentos grabados a fuego en nuestro imaginario colectivo. No encuentro mejor forma de explicar la eternidad de la escena que con una pequeña anécdota personal: un viejo amigo que para representar con mímica la película, recurrió a un gesto que nos hizo saltar como un resorte para resolverla: dar la espalda, inclinarse y simular que se levantaba la falda. Un buen ejemplo de cómo el estereotipado salvajismo de los rebeldes de Braveheart consigue arrancar una sonora carcajada en todo hijo de vecino que se preste al humor de la cinta. Y ese es otro de sus grandes aciertos: el ritmo con el que introduce pequeños 'gags' que nos hacen formar parte viva de la aventura de William Wallace.

La leyenda de William Wallace

En el tramo final de Braveheart asistimos a la confirmación de la leyenda. El héroe de Escocia, el protector del pueblo y el arma de la libertad. William Wallace (el de la película, en este caso) mataba hombres a cientos estando herido, pero logró inspirar a sus compatriotas en la consecución de la tan ansiada liberación del yugo inglés... convirtiéndose en leyenda. Después de sufrir una primera traición de Robert Bruce (Angus McFadyen, muy lejos de la realidad histórica) y caer en las redes de una segunda, ambas inspiradas por la codicia, el egoísmo y el miedo de unos acobardados nobles; Wallace cae finalmente en las manos del moribundo Rey de Inglaterra. De poco le había servido la ayuda de la Princesa Isabel (Sophie Marceau), más allá de perpetuar el juego de traiciones que se produce en ambos bandos.

Mel Gibson se lanza al clímax de la película no sin antes dejar patente el sadismo de la cinta mediante la tortura física y psicológica a la que someten a William Wallace antes de su ejecución (por cierto, Gibson quiere recuperar las escenas eliminadas de la película). La brillantez de ejecución sigue presente en la escena más dura de la película, logrando que más de uno se retuerza en su asiento ante el castigo al que someten a nuestro protagonista. Pero todavía quedaba algo más. Una última gota en el tintero, cargada con todo el peso de la trama. Una palabra. Un grito que revuelve al mismísimo Eduardo I en su lecho de muerte. Un resumen que pone de manifiesto la fortaleza de su discurso: ¡Libertad! La mano inerte de William Wallace deja caer el pañuelo que simboliza a Murron, su cardo y a toda Escocia.

Braveheart mantiene estoicamente el ritmo durante 177 minutos de metraje, con pequeños picos anecdóticos, dejando patente el esfuerzo fílmico de su director y su capacidad para emocionarnos. No lo hace, sin embargo, la burda representación de Eduardo II (Peter Hanly), hijo del rey, con la que Mel Gibson nos recuerda la intolerancia que lo apartó de la industria los últimos diez años, y con la que parece pretender hacer sorna de la homosexualidad —inexistente, por otra parte—. A pesar de todo, recordaremos Braveheart como lo que es: una narración casi mitológica que sabe jugar con las sensaciones como un gato con un cordel.

Valoración

Un festival de sensaciones en una narración casi mitológica que envuelve una de las mayores muestras de cine épico de la historia.

Hobby

88

Muy bueno

Lo mejor

La confluencia de emociones, su discurso y los despuntes de humor

Lo peor

El burdo tratamiento de la homosexualidad. Los convencionalismos en los bandos.

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