Análisis

Crítica de El club de los poetas muertos, con Robin Williams

Por Fátima Elidrissi
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CRÍTICA DE El club de los poetas muertos (1989) - DIRIGIDA POR Peter Weir - PROTAGONIZADA POR Robin Williams, Robert Sean Leonard, Ethan Hawke, Josh Charles, Dylan Kussman, Gale Hansen, James Waterston, Allelon Ruggiero.ARGUMENTO: En un elitista y estricto colegio privado estadounidense un grupo de alumnos que descubrirá el verdadero significado de ‘carpe diem’ y la importancia de luchar por alcanzar los sueños gracias a un excéntrico profesor de poesía.

Idolatrada por muchos y aborrecida (espero) por pocos, El club de los poetas muertos deja indiferentes a pocos. Por eso antes de comenzar este análisis pongo al lector sobre aviso: yo me encuentro entre los primeros. Así puedo puedo obviar las escenas de pájaros emprendiendo el vuelo o aterrizando, las bucólicas estampas diurnas y la oportuna iluminación nocturna o el hecho de no sea tan sencillo etiquetar moralmente a las personas como a los personajes de la cinta. Y a continuación voy a intentar explicar por qué.

El pasado mes de junio El club de los poetas muertos cumplió 25 años. En un emotivo e idealista relato, la película habla de la necesidad de ser libres, de encontrar nuestro propio camino y aprovechar el momento. El cacareado "carpe diem" que encuentra en un grupo de escolares de una elitista escuela americana de los años 50 un más que apropiado caldo de cultivo, gracias a uno de los papeles más recordados del recientemente fallecido Robin Williams: el del profesor de poesía John Keating.

“Somos alimento para los gusanos. Lo creáis o no un día todos vamos a dejar de respirar, enfriarnos y morir”, explica en la cinta el actor a sus atónitos alumnos, alejado de su habitual inclinación por la comedia. Por eso insta a sus alumnos a vivir, no de forma alocada, excesiva e inconsciente, sino más bien al contrario: el profesor pide a sus alumnos que tomen las riendas de sus vidas, que se atrevan a pensar por sí mismos ignorando la tradición, el honor, la disciplina y la excelencia de su escuela. “Hagan que sus vidas sean extraordinarias”, afirma Williams apremiante, y con su extraordinaria interpretación marcó a millones de espectadores ganándose una nominación al Oscar, premio que terminaría conquistando con El indomable Will Hunting.

Peter Weir dirige esta fábula educativa sobre la transformación de un grupo de adolescentes gracias al poder subversivo de la poesía. Ambientada en la conservadora Academia Welton de Vermont en 1959, esta cinta semiautobiográfica está basada en las vivencias del guionista Tom Schulman, que se llevó el Oscar al Mejor Guión original por su trabajo.

La película comienza con la llegada de un nuevo profesor de poesía, un ex alumno que sobrevivió a esta estricta escuela cuyo método de enseñanza consiste en la obediencia, el rigor y la sumisión. Pero Keating no cree que se pueda calcular el área de un poema, reducir la belleza, el romance o la pasión a unas coordenadas. Porque el objetivo de este sacrílego filósofo capaz de exigir a sus alumnos que arranquen las páginas de sus venerados manuales es que estos jóvenes empiecen a cuestionarlo todo. “No importa lo que os digan: las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo”.

Un grupo de alumnos encabezado por unos jovencísimos Ethan Hawke (‘Antes del amanecer’) y Robert Sean Leonard (‘House’, 'Falling Skies') decide librar esta batalla por el libre pensamiento resucitando El club de los poetas muertos. Reunidos en una cueva, los jóvenes alternan la lectura de poemas clásicos con otros de su propia cosecha mientras componen canciones, cuentan chistes o admiran el póster de una chica en topless, ajenos tanto a las obligaciones de la escuela como al yugo que sus padres ejercen sobre ellos.

“Sólo en los sueños el hombre puede ser libre”, dice Robin Williams citando al omnipresente Walt Whitman (poeta que también tuvo su peso en la trama de Breaking Bad, por cierto) a unos adolescentes que por primera vez en sus vidas se atreven a soñar, atentando con destruir los pesados pilares que sostienen la sociedad. 

Los adolescentes, los verdaderos protagonistas

El club de los poetas muertos acompaña a cada uno de estos jóvenes en su búsqueda, redescubriendo al espectador la inspiración, el deseo o el amor en el tono alegre y distendido de las comedias estudiantiles, todo ello sin que la narración pierda fuerza en ningún momento. Y es que el personaje de Robin Williams no es el protagonista, sino el catalizador. El guía de estos jóvenes, pero no su director. De ahí que cualquier atisbo de enseñanza académica por parte del maestro desaparezca ante la ojiplática mirada de sus alumnos.

John Keating cambia así monólogos y dictados por paseos en el campo. En vez de pedir a sus alumnos que memoricen poemas les exige que los escriban ellos mismos, que encuentren su propia voz, que griten lo que llevan en su interior. “Me he subido a mi mesa para recordar que hay que mirar las cosas de un modo diferente”, explica el profesor a sus alumnos, que poco a poco comienzan a volar solos.

El fatídico desenlace se antoja inevitable con el progresivo aumento de la tensión entre los héroes, Keating y sus alumnos, y los villanos, la escuela y los padres, que intentarán aplastar el espíritu de los muchachos. Si bien es cierto que esta categorización de los personajes puede resultar simplista, ilustra perfectamente una de las ideas que con más tesón transmite la película: cómo se perpetúan las instituciones y el poder si los sometidos permanecen callados.

El espíritu romántico de poetas como Walt Whitman, Lord Byron o John Keats inunda toda la producción, tanto que en un guiño final se menciona que ni siquiera han estudiado a los poetas realistas. De ahí que no se pueda entender El club de los poetas muertos sin volver con nostalgia al exceso de hormonas que experimentan los personajes, a sus ganas de descubrir todo por primera vez. Pero quizá sea incluso más importante reconocer la constante presencia de la muerte, que sobrevuela la película desde los retratos en blanco y negro de los antiguos alumnos de la escuela hasta el trágico final.

Por ello, y aunque sólo sea durante dos horas, sigamos el camino de H.D. Thoreau: “me interné en los bosques porque quería vivir intensamente; quería sacarle el jugo a la vida. Desterrar todo lo que no fuese vida, para así, no descubrir en el instante de mi muerte que no había vivido”. De forma que todos terminemos entonando el inolvidable ¡Oh capitán! ¡Mi capitán!

Valoración

Un esperanzador relato sobre el poder de las ideas, la capacidad subversiva de la poesía y el peligro de aplastar un espíritu libre. ¡Atrás cínicos! ¡Bienvenida nostalgia!

Hobby

90

Excelente

Lo mejor

Consigue que (también) el espectador aprenda a mirar el mundo con otros ojos.

Lo peor

El romanticismo que envuelve la cinta hace que el argumento pueda ser en ocasiones predecible.

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