Crítica de La forma del agua, película con la que Guillermo del Toro inaugura Sitges 2017

La forma del agua (The Shape of Water): preciosa paradoja para señalar la imposibilidad de describir el contorno de lo impreciso por naturaleza como es el amor, como es el deseo...

Ya desde el título Guillermo del Toro nos está atrapando en su metáfora visual: un precioso cuento de hadas en el que nos sumergimos desde el primer instante gracias a una paleta cromática siempre virada a los tonos verdeazulados y a una deliciosa banda sonora compuesta por Alexandre Desplat que lo acerca a un posible segundo Oscar.

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¿En qué punto nos sitúa la película? En plena Guerra Fría, cuando la carrera militar y espacial está en su punto más álgido. Eliza (Sally Hawkins) es una empleada de la limpieza muda que trabaja en una instalación del Gobierno que esconde unos laboratorios secretos. Su vida cambia por completo al descubrir a un ser enigmático: un hombre-anfibio de cualidades únicas que vive encerrado y es víctima de diversos experimentos.

Eliza empieza entonces a sentir simpatía por este extraño ser y se establece una fuerte conexión entre ambos. Pero el mundo real no es un lugar seguro para un hombre de estas características.

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Decir que La forma del agua es una carta de amor escrita al cine, es quedarse corto: atrapa la idiosincrasia de un determinado momento historico. En ella Guillermo del Toro sintetiza buena parte de las constantes y obsesiones de su filmografía, consiguiendo además agregarle multitud de capas: hay una crítica devastadora al racismo, la homofobia y en general a la intolerancia hacia las personas que son diferentes por no hablar del revolcón que le da al "american way of life": familias aparentemente felices de cartón-piedra que esconden una profunda insatisfacción en su seno. Nada de esto es baladí, es casi una reacción al momento actual que vivimos. Una especie de bomba de relojería que quiere dinamitar un sistema de valores baldío que parece querer regresar con fuerza.

Pero lo interesante es que eso funciona en un nivel secundario. Todo en la película rezuma un lirismo que recuerda a Amelie pero aderezado con un trasfondo que homenajea de forma muy clara películas fantásticas de serie B de los años 40 y 50, con La mujer y el monstruo en la retina para la creación del ser acuático que despierta a la protagonista de su letargo (es como si la conociéramos en fase de crisálida para verla al final eclosionar y mostrarse transformada).

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Estamos ante un relato en el que lo fantástico y lo romántico se combinan con un trasfondo completamente adulto. Hay en Eliza algo así como un deseo de emancipación de la realidad: una necesidad intrínseca de formar parte del mundo de fantasía que aguarda su ingreso y su presencia.

El reparto es impecable con una heroína frágil pero valiente, una trama centrada en la contrainteligencia rusa, un malvado que se erige cual criatura de Frankenstein como el verdadero monstruo de la ficción y un variado elenco en el que no hay un eslabón débil: Doug Jones (Nunca digas su nombre), Michael Stuhlbarg (El caso Sloane), Richard Jenkins (Kong: La Isla Calavera) Michael Shannon (Animales nocturnos) y Octavia Spencer (Figuras ocultas).

La puesta en escena es la otra gran baza ganadora de una película que cuenta con pasajes que te elevan de la butaca, tal es el placer que provoca el visionado en lo que a ritmo y narrativa se refiere.

La estudiadísima dirección artística hace que los decorados sean un personaje más en el relato: ese toque steampunk de los laboratorios contrasta con la visión casi publicitaria y tradicional de las familias estadounidenses pero también tenemos ese maravilloso estudio del compañero de piso de Elisa (trasunto sin duda del museo del propio del Toro) en el se dan cita bocetos, libros amontonados y piezas artísticas.

En todas las películas de Guillermo del Toro hay un gusto y un mimo por el detalle abrumador, pero lo cierto es que en La forma del agua se podría decir que hay algo más personal e íntimo del cineasta: cierta proyección en su personaje principal que hace de la película una verdadera delicia y de su León de Oro un galardón muy, pero que muy merecido. Ojo, que la película dialoga con otros personajes de sus obras (hay elementos que recuerdan a El laberinto del fauno, la criatura guarda un gran parecido con Abraham Sapien de Hellboy...).

¡Larga vida al género fantástico! No solo nos permite soñar sino que nos hace reflexionar acerca de nuestra propia naturaleza. Y qué viaje tan hermoso y emocionante nos propone el cineasta desde su calificación R, con la valentía y el arrojo de quien no tiene miedo a desnudarse (aunque esté al otro lado de la cámara) para mostrarnos lo que tiene dentro. Chapeau. Os dejo con un vídeo en el que recogemos los mejores trabajos del cineasta.