Análisis

Green Room - Crítica de la violenta película de Jeremy Saulnier

Por Raquel Hernández Luján
-

CRÍTICA DE: Green Room - DIRIGIDA POR: Jeremy Saulnier - PROTAGONIZADA POR: Alia Shawkat, Imogen Poots, Anton Yelchin, Joe Cole, Callum Turner y Patrick Stewart. En cines a partir del 10 de junio.ARGUMENTO: Tras una larga y poco exitosa gira, una banda de punk rock es contratada para tocar en un desconocido club situado en un perdido paraje de Oregón. Lo que debería haber sido un concierto en un local de tercera categoría, se convierte en una angustiosa y claustrofóbica pesadilla al toparse el grupo, entre bastidores, con un horrible acto de violencia.

El director de Murder Party y Blue Ruin vuelve al ruedo con un thriller de supervivencia desasosegante: Green Room. De primeras hay que señalar que cumple las expectativas contando con una desgarradora violencia, un buen número de bajas y toques de humor negro, aunque también es cierto que no cuenta con atractivas novedades que hagan avanzar el género ni un milímetro.

El abanico de intérpretes que pueblan esta fábula sobre la decadencia de la sociedad y su regreso a sus instintos más básicos y primitivos de matar para sobrevivir es uno de los puntos fuertes de la película. Patrick Stewart, líder de una banda de red skins, construye su personaje con aplomo y contención resultando mucho más inquietante que su caterva de rapados debidamente domesticados para obedecer sus órdenes sin rechistar. Ahí va el tráiler:

 

Entre nuestros jóvenes antisistema, los líderes de esa banda de punk-rock que pronto van a dejar caer sus caretas de rebeldes para mostrarse tal y como son (magnífica la metáfora de la música que te llevarías a una isla desierta), destaca especialmente Anton Yelchin (Chekov en la nueva saga Star Trek) que tendrá que hacer una entente cordiale con alguien con quien no comparte nada, la skin a la que da vida Imogen Poots (Need for Speed) con el simple propósito de poder contarlo.

A pesar de que asistimos a apuñalamientos, tiroteos, desmembramientos y fauces de pitbull rasgando la piel humana, lo que verdaderamente nos traslada más temor y nos estremece de forma genuina son las consignas, los tatuajes, los graffittis del local en el que se crean movimientos ideológicos a base del reparto de droga y de regalarle a un puñado de jóvenes la ilusión de pertenecer a un grupo en el que se les aprecia.

 

La domesticación ideológica (casi peor que el condicionamiento de los perros para comer carne humana) es el telón de fondo que tiene un mayor peso específico que la propia trama en sí de Green Room y que encuentra un diálogo dialéctico con el entorno natural en el que se encuentra ese pequeño cáncer. A fin de cuentas todo ese adiestramiento es artificial y creado ex profeso, tanto o más que el repugnante local hediondo en el que los secretos se amontonan a espaldas de las autoridades.

Y luego tenemos el gran ingrediente: la ignorancia. ¿De dónde nace toda esa rabia que denuncia Saulnier? Nos resulta tan verosímil porque todos la hemos visto en alguna ocasión: proviene del desconocimiento, de la necesidad de que un líder dicte el camino a seguir (aunque pase por la autolesión) y sobre todo premie a los perpetradores de su voluntad.

 

Los cordones rojos, asociados a los redskins demuestran el cacao mental de las diferentes facciones del amplio movimiento neonazi: ya no saben si son fascistas, comunistas o anarquistas, solo saben que su indumentaria les define y aspiran a ascender en la cadena de mando.

Y si en un concierto punk les escupen en la cara una canción en la que se denuncia su cobardía al atacar siempre en grupo a sus víctimas o funcionar como un rebaño, la mitad de ellos ni se enteran de que les acaban de meter el dedo en el ojo y otros directamente cargan con el que tienen al lado.

 

 

El gran problema de Green Room es que no consigue llevar a puerto todo este interesante entramado (y buen material había ido recolectando) como para que el resultado final sea trascendente. Nos quedamos con las imágenes impactantes, las heridas sangrientas, las estrategias de defensa y ataque y perdemos el foco de la deshumanización a la que nos somete estar dentro y fuera del sistema, que es el motor de esta pequeña banda de músicos con la que sí, nos encariñamos con facilidad, pero a la que sabemos que nadie recordará cuando desaparezca.

 

Lo mismo ese es el mensaje: que lo bueno se suele quedar en agua de borrajas y los monstruos, sea por cuenta propia o por obediencia debida, seguirán en sus oscuras madrigueras haciendo lo que se les antoje. Inquietante es.

Valoración

Tras una cálida acogida en Cannes, llega a España este correcto thriller de supervivencia que, eso sí, no ofrece nada nuevo.

Hobby

70

Bueno

Lo mejor

El inquietante Patrick Stewart y el reflejo de la violencia skin.

Lo peor

La falta de ideas que lleva a un declive final gore carente de enjundia.

Lecturas recomendadas