Silencio
Análisis

Silencio - Crítica de la nueva película de Martin Scorsese

Por Raquel Hernández Luján
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Crítica de Silencio (Silence) la nueva película de Martin Scorsese protagonizada por Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds y Tadanobu Asano.

Martin Scorsese firma uno de sus trabajos más personales, espirituales e inspirados con Silencio, una película basada en la novela de 1966 de Shūsaku Endō considerada como la mejor obra de su carrera y una de las mejores novelas del siglo XX. Darle una forma cinematográfica a las letras impresas ha sido toda una hazaña y el resultado es muy notable.

Silencio nos sitúa cronológicamente a comienzos del siglo XVII tras la derrota de la rebelión de Shimabara de 1936, un levantamiento armado de campesinos, en su mayoría cristianos, insatisfechos por los excesivos impuestos y acuciados por hambrunas a los que se fueron anexionando ronin (samuráis sin señor) y que fue sofocado de forma inmisericorde.

El joven jesuita portugués, Sebastião Rodrigues (basado en el personaje histórico de Giuseppe Chiara) y su compañero fray Francisco Garrpe (Andrew Garfield y Adam Driver respectivamente) se postulan para ser enviados a Japón con el fin de socorrer a la Iglesia local e investigar las denuncias de que su mentor, el padre Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), ha cometido apostasía.

Ferreira es una figura histórica, que renegó de la Iglesia después de ser torturado y más tarde se casó con una japonesa dedicando el resto de sus días a escribir por encargo un tratado contra el cristianismo.

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Una vez en territorio nipón comienzan a ejercer su ministerio dando apoyo a los kakure kirishitan (cristianos ocultos) que viven su fe en la clandestinidad y bajo la estricta mirada de los señores feudales que temen nuevas revueltas. Con el fin de hacerles desistir de su fe son obligados a pisotear el fumie (imagen de Cristo o la Virgen María): los que se niegan son encarcelados, torturados y asesinados; los que apostatan han de vivir con la contradicción y la vergüenza de haber negado al dios en el que creen.

La película, como la novela, explora los límites de la fe y se mueve en una profunda ambigüedad moral mostrando el choque cultural entre oriente y occidente y las señas propias del culto cristiano en Japón. La imagen de dios se aleja del pantocrator para mostrarlo como un silencioso compañero que no solo admite el sufrimiento de los que son los propagadores de su palabra sino que llegan, en el caso del padre Rodrigues, a transfigurarse casi en el propio Cristo.

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Donde Scorsese se muestra menos afortunado es en el retrato de los señores locales y sus motivaciones a la hora de impulsar e imponer el culto budista desterrando el cristianismo. Es decir, en el problema de la identidad local y las implicaciones no solo religiosas sino también políticas de la fe. De alguna forma, cuando te paras a pensar sobre la película que has visto no puedes evitar percatarte de la escasa profundidad que se les da a los personajes japoneses que o bien son crueles y retorcidos o crédulos en extremo aferrándose a símbolos o ideas aisladas (y desatando una crisis de fe en el fraile por ello), por no hablar del Judas Kichijiro. Hay otra idea soterrada que es la de la evolución del propio cristianismo en la isla, pero solo queda esbozada.

Pero las fortalezas de Silencio son muchas: en primer lugar hay que premiar el arrojo. Dirigir hoy una película como ésta es digno de elogio. Preguntado acerca de en qué lengua prefería cantar, Serrat siempre ha dicho que en la que le prohiben. Esta idea es la que sobrevuela esta película que defiende la libertad de credo, lo que la hace muy universal, y en concreto a los cristianos proscritos, lo que la hace políticamente incorrecta, atípica y muy atractiva.

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Abundan las películas sobre héroes que mueren por sus ideas, de hecho, hay varios que sufren muertes monstruosas en la película, pero no tantas que nos muestren a esos otros que son capaces de vivir a pesar de estar en permanente contradicción con lo que expresan y lo que piensan. Ése es su gran valor.

Para seguir hay que hablar del plano formal. A la osadía de rodar Silencio se unen decisiones creativas no menos trascendentales como la de prescindir prácticamente en todo el metraje de una banda sonora que sustente el dramatismo que se desencadena en pantalla. Son los sonidos naturales o brevísimas piezas de instrumentos de pequeña percusión las que sirven de fondo sonoro y son las imágenes las grandes protagonistas junto con las palabras que pronuncia nuestro protagonista (ya sea en forma de pequeños soliloquios o como epístolas dirigidas a su Iglesia).

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El director de fotografía mexicano Rodrigo Prieto (El lobo de Wall Street) vuelve ser el cómplice de luces de Scorsese recreándose en los tonos grises, azules, ocres y verdes, las brumas, las lluvias e imágenes casi sacadas de grabados japoneses tal y cual y también componiendo crudísimas escenas de crucifixión al borde de un acantilado que sobrecogen por su verosimilitud (de verdad que parece que los actores se nos están muriendo ahogados en directo, provoca gran congoja).

En general, las interpretaciones son excelentes pero hay que destacar el trabajo de Andrew Garfield que como decíamos más arriba se transfigura por completo dando muestras, una vez más, de que es un joven con gran talento que puede darnos muchas alegrías si sigue acertando así con los papeles que escoge interpretar. Silencio no te deja indiferente, en mi modesta opinión no es la mejor película de Scorsese, aunque puede que sí la más personal e identitaria ya que ha supuesto una exposición pública muy obvia de su forma de pensar, y a este desnudo cinematográfico hay que acogerlo con un mudo aplauso.

Valoración

Scorsese se adentra en una profunda reflexión teológica con una película dedicada a los sacerdotes que emigraron a Japón a pesar de la represión religiosa.

Hobby

80

Muy bueno

Lo mejor

La desgarradora violencia (física y moral) que muestra. Andrew Garfield tiene pasta para convertirse en un gran actor si sigue así.

Lo peor

Es una obra personal, reflexiva, sin apenas BSO, de duro visionado y demasiado maniquea que se aleja del cine/entretenimiento. O entras o no entras.

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