Crítica de Superestar, la serie que analiza desde lo surrealista el fenómeno del tamarismo

Crítica de Superestar, la serie producida por los Javis y creada por Nacho Vigalondo sobre el fenómeno del tamarismo a comienzos de los 2000.
La nueva miniserie de Netflix promete convocar como poco la curiosidad del público. Aquellos que vivimos la época retratada en Superestar, porque vamos a ver reflejada la sociedad de los años 2000 en forma de sátira y quienes no lo hicieran porque todo esto les sonará a chino.
Si un extraterrestre aterrizara en el planeta y viera esto... Lo mismo ni apagaba el motor de la nave y se iba pisando a fondo el acelerador.
¿Qué tiene en común un vidente que predice el futuro en las verduras con Michael Jackson, un arlequín, el baile del pañuelo y una diva trash ultramaquillada? En primer lugar: la decadencia. Producida por Javier Calvo y Javier Ambrossi y creada por Nacho Vigalondo, que dirige la mayoría de los capítulos junto a Claudia Costafreda, nos traslada a un pasado reciente y vergonzoso.
No queda muy claro si quiere analizar los por qués, mofarse de los protagonistas de este folletín que alimentó la telebasura durante añis o celebrar el fenómeno freak pero en cualquier caso se percibe una suerte de nostalgia patológica por un pasado peor que entra casi entre los fenómenos inexplicables de los medios de comunicación de este país.
El "Tamarismo" a escena
La más amada, la más odiada, la más encumbrada, la más vilipendiada. En en año 2000, María del Mar Cuena Seisdedos, conocida por su nombre artístico Tamara, triunfaba en los escenarios por su excentridad y se convertía en un fenómeno mediático, musical y social. La farándula encumbraba a un bicho raro para chuparle la sangre.
También sería el foco de envidias, montajes, chanchullos y lideresa a su pesar de una recua de parásitos que se quisieron enganchar al carro de la popularidad, al calor de una emergente televisión de pésima calidad pero astronómicos índices de audiencia que les dio pábulo y no tuvo escrúpulos para explotarlos de todas las maneras posibles a golpe de talonario.
Así conocimos a los creadores del éxito "No cambié, no cambié": el compositor Leonardo Dantés y la cantante Loly Álvarez; al peculiar Miguel Diego Ñíguez conocido como Arlekin; a Toni Genil y a Paco Porras, que se pasearon por los platós del insufrible y morboso programa Crónicas marcianas (aquí renombrado como Tiempo en Marte, se entiende que por razones de derechos).
Lo profesional y lo personal se mezclaban en mundillo tan sórdido como naif en el cual había películas pornográficas y madres como Margarita Seisdedos defendiendo a su hija a bolsazo limpio. Así que no es de extrañar que se haya convertido en un impás interesante para un cineasta y creador como Nacho Vigalondo, tan dado al surrealismo y a los juegos de contrastes.
Otra cosa son los resultados. Esta miniserie de seis episodios se centra en un personaje en cuestión en cada ocasión. Abre la veda la propia madre de Tamara, a la que se retrata como una madre coraje pero que es incapaz de ver a su hija como una adulta. El segundo se centra en Leonardo Dantés y su doble faceta artística con el símil de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
El tercero desarrolla a Loly Álvarez y Arlekin, que fue el primer representante de Tamara y la acosó durante meses delante y detrás de las cámaras además de orquestar montajes y extorsiones varias. El cuarto es para Paco Porras y es el más fantasioso de todos (como él mismo) y el quinto está dedicado a Tony Genil y la reunión de perdedores vengativos tiempo después.
El sexto y último nos lleva de Tamara a Ámbar y de Ámbar a Yurena. Es un juego de espejos en el que la artista y empresaria navega entre dos aguas: la vida anodina que pudo tener en su Santurce natal y la de éxito desaforado que la estaba esperando en una suerte de realidad alternativa.
Muy Vigalondo todo: tanto la idea bordeando la ciencia-ficción como la puesta en escena y el uso de efectos especiales. Hay episodios que generan desconcierto, otros que nos van a llevar al buscador de Internet para comprobar si es información veraz o locura, algunos que generan terror genuino y otros abiertamente escatológicos en un ecosistema de vulgaridad avasallador.

Lo que nunca queda claro, como decíamos al comienzo de esta crítica es cuál es el punto de esta miniserie. Y eso viene dado por el desarrollo de los personajes. Puede que el más comprensible sea Leonardo Dantés, interpretado por un Secun de la Rosa muy inspirado que hace gala de su talentazo para la interpretación y para mostrar esa ambivalencia tan desconcertante.
Natalia de Molina es generosa con su Loly Álvarez, retratando todo un amplio arco de emociones que constatan que es una gran actriz y no hay reto que no aborde con valentía. Julián Villagrán invoca los sentimientos encontrados hacia su patético personaje: abyecto, ambicioso, retorcido y patán hasta decir "basta", siempre en declive pero siempre capaz de caer un poco más bajo.
Menos inspiradas resultan las interpretaciones de Carlos Areces como Paco Porras y Pepón Nieto como Tony Genil, por aquello de que no dejemos de verlos a ellos y no completan la transformación a pesar de estar muy bien caracterizados.

Y lo mismo sucede con Ingrid García-Jonsson: demasiado nivel de exposición en una serie que pivota a su alrededor en todo momento. Se ve su esfuerzo, pero no es una mímesis completa. Al fin y al cabo, Tamara/Ámbar/Yurena triunfó por el único hecho de ser irrepetible en su rareza e imposible de emular.
Se cuelan cameos curiosos como el de Terelu Campos (interpretando a su madre), Jorge Javier Vázquez, Javier Gurruchaga en varios papeles diferentes o Neus Asensi.
Superestar arranca mucho mejor de cómo termina. Los dos primeros episodios tienen una luz, un ritmo y un a mirada mucho más fresca y limpia que los siguientes con el problema de que la catarsis final resulta muy forzada y difícil de creer. Parece tener buenas intenciones, pero el visionado es tortuoso. Lo mismo hay episodios de nuestra historia mediática que merecen el olvido.
Valoración
Nota 55
Superestar no sabe si quiere ser una comedia paródica, una revisión nostálgica o una celebración patológica de un pasado peor. Sea como fuere el patetismo se adueña de la pantalla y es difícil disfrutar del viaje.
Lo mejor
Secun de la Rosa como Leonardo Dantés y los cameos de Gurruchaga. Los primeros episodios funcionan mucho mejor que el resto.
Lo peor
Es una serie muy irregular que nos devuelve a una etapa vergonzosa de la televisión. Provoca hasta sonrojo viajar a este pasado.
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Raquel Hernández Luján
Redactora
Raquel Hernández es redactora y crítica de HobbyCine desde 2010. Está especializada en cine, series y literatura así como familiarizada con las tendencias culturales de actualidad.
