Análisis

Análisis de Rune Factory 4

Por Laura Gómez
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Versión comentada: 3DS

Rune Factory 4 nos recuerda que el auge digital ha sido y sigue siendo algo precioso. Poco a poco, las compañías se han ido arriesgando a traer videojuegos distintos a nuestro país, y uno que parecía quedarse fuera de nuestras fronteras era Harvest Moon. Su último spin-off llega por primera vez, y tras muchos problemas, a 3DS. 

Harvest Moon ha ido acumulando unas cuantas entregas en las consolas de Nintendo con sus granjas y cultivos, e incluso se creó una división de corte más fantástico en la franquicia que incluía elementos de rol. Ahí es donde surge Rune Factory, cuya sexta entrega se ha comido unas cuantas cancelaciones y problemas de distribución (y de bancarrota de Neverland) antes de llegar a nuestras manos. Aunque vaya dirigido a un grupo muy selecto de usuarios, sus creadores han apostado por 3DS, que sigue sumando joyas a su catálogo de la eShop. Esta llega, eso sí, exclusivamente en formato digital y en inglés.

Amnesia y cosechas

Nuestro prota (hombre o mujer a nuestra elección) pierde la memoria y aterriza, literalmente, sobre un dragón que resulta ser una divinidad. El reino que nos recibe se llama Selphia, y entre unas excusas bastante raras acabamos recibiendo el rol de, en nuestro caso, princesa. Así empiezan las primeras horas de tutorial en Rune Factory 4: aprendemos a cosechar, criar animales de la granja, a usar poderes mágicos, a empuñar un arma e incluso a crear festivales para aumentar el turismo en el pueblo. Si el tutorial con las acciones básicas puede llegar a las tres horas de juego, imagínate la de cosas que se pueden hacer dentro de Selphia.

Rune Factory 4 se desmarca completamente de otros JRPG: mezcla simulación y rol, y a veces nos sentimos como si en Animal Crossing se pudiera blandir una espada. El factor social es muy importante (¡podemos crear una familia!) y tendremos que entablar conversación con gran cantidad de personajes secundarios para ganarnos su confianza. También habrá que completar muchísimas misiones y acciones variadas, como plantar, regar y recolectar el cultivo o pescar, todo esto bajo la sombra de la exploración, bastante amplia dentro de los muros de la ciudad y más limitada fuera de sus parajes.

 

Bosques, palacios o cavernas sirven para darse cuenta de que los gráficos de RF4 podrían aceptar algunas mejoras; poca innovación gráfica en seis entregas, pero su preciosismo es muy llamativo. Tampoco hay cambios perceptibles en la forma de presentar la historia ni en la manera de entrelazarla con las misiones, así que nos mantenemos en la fórmula más cómoda.

 

Princesa por sorpresa

Lograr la prosperidad de una ciudad no es fácil. En otras palabras, hay que currárselo, y la cantidad de tareas que podemos llevar a cabo a veces resulta abrumadora. Las primeras horas de repetición e introducción serán un incordio para los más acostumbrados al género, pero los neófitos agradecerán una guía en este juego tan especial. Lo que redirige el tedio inicial es el humor excéntrico de RF: imperdible esa Lady Ventuswill, una dragona muy bonachona que quiere aparentar fiereza delante de los demás, aunque nosotros conocemos su verdadera naturaleza.

El propio huerto del jugador lleva una gran parte del peso narrativo en la aventura, y será el que nos permita acceder al sistema de runas y mazmorras, el motor y el leitmotiv del juego. Los habitantes del pueblo nos encomiendan tareas, nos invitan a plantar diferentes tipos de vegetales en la tierra y a través de su recolección conseguimos runas, mejoras de estadísticas para nuestro príncipe o princesa y nos adentramos en las diferentes mazmorras que aguardan en Rune Factory 4.

Mitad simulador

El sistema de combate, que disfruta de un muy buen control, es sencillo, centrado en la acción, y su mayor virtud es su accesibilidad. Aunque no tengan profundidad y a veces resulten escasos en posibilidades, los combates son dinámicos. Las luchas contra diversas criaturas permiten el equipamiento de armas, objetos y armaduras, pero también maneja el apartado místico con conjuros y pociones. Todo el inventario se encuentra en la pantalla táctil de la portátil, con atajos en los gatillos. Aunque imperfecto, hay que incluir su modo acción-RPG en un todo cuando hablamos de RF.

 

Al igual que en Animal Crossing, el jugador es el que gestiona su tiempo a su antojo. En cada partida podemos deambular, buscar recetas de cocina si nos apetece o conocer en profundidad a los habitantes de Selphia. Rune Factory 4 no solo acierta en esa libertad, sino que su cóctel rolero proporciona un aliciente mucho mayor que el de, por ejemplo, comprarse un espejo carísimo en New Leaf. Uno de los pocos límites que pone el juego es el de gastar puntos de príncipe o princesa (un dinero que obtienes cuando cumples demandas) en cosas que no sean para invertir en turismo o expandir la ciudad. Es decir: RF4 nos obliga a ser una realeza profesional y leal. ¿Estarán intentando decirnos algo?

 

Lavado de cara

Es sólido, divertido y muy, muy extenso. Sus sistemas de gestión, labranza y mejoras de habilidades son prácticamente ilimitados, con mucho contenido desbloqueable y miles de posibilidades en su universo. No inventa nada nuevo, pero sí cuenta con detalles interesantes que añadir a un género tan trillado como el del RPG. Iguala la calidad de sus antecesores, pero no es nada arriesgado y tras cuatro títulos se habría agradecido.

Tanto en sus personajes e historia como en su imperceptible lavado de cara, este RF4 parece más propio de DS que de la 3D de Nintendo, cuyas funcionalidades tampoco se aprovechan. Sus elementos jugables serían mediocres por separado, pero se convierten en un éxito -demasiado continuista- en conjunto.

Valoración

Una propuesta muy original que peca de continuista con respecto a los títulos anteriores. Su fórmula sigue resultando fresca gracias a las leves mejoras, pero es hora de ir pensando en innovar antes de cansar.

Hobby

82

Muy bueno

Lo mejor

Las relaciones con los habitantes. Su humor absurdo. Su sistema de cultivo. Sus cinemáticas.

Lo peor

Llega un año tarde, con distribución digital y sin traducción. El lavado de cara es imperceptible.

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