Nunca digas su nombre
Análisis

Nunca digas su nombre - Crítica de la película de terror

Por Raquel Hernández Luján
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Crítica de Nunca digas su nombre (The Bye Bye Man), la película de terror dirigida por Stacy Title y basada en una historia de Robert Damon Schneck.

Nunca digas su nombre (The Bye Bye Man) es una película bastante prometedora en su comienzo. Los amantes del género siempre estamos deseando ver nuevas películas que nos ericen los pelillos de la nuca y ésta parte de una premisa interesante del tipo Candyman: si dices en voz alta un nombre invocas la presencia de un ser sobrenatural y cruel que te destruye. Se alimenta de tu miedo, te invade hasta terminar contigo.

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"The Bye Bye Man" (en la versión en castellano de la película no lo han traducido), es un misterioso ser que se puede asimilar al mal en sí mismo que aflora cuando dejamos que una idea nos obsesione, cuando dejamos que el miedo se apodere de nosotros y actúa en nuestro nombre.

La acción nos lleva a finales de los 60 cuando un hombre cometió una serie de asesinatos para tratar de borrar el rastro de un nombre que desata el caos.

Ya en la actualidad, tres estudiantes universitarios alquilan una vieja casa fuera del campus para vivir juntos y ahorrar gastos. La casa tiene un siniestro sótano lleno de muebles antiguos. Allí, sin quererlo, desatan una entidad sobrenatural que es invocada con sólo pronunciar su nombre. Los tres jóvenes intentarán mantener en secreto la identidad de este peligroso ser, para alejar al resto de una muerte segura.

Nunca digas su nombre

A pesar de ese arranque perturbador, la película se va diluyendo poco a poco entrando en terrenos comunes: la "casa encantada", el triángulo amoroso de jóvenes universitarios y, sobre todo, lo más desaprovechado del guión: esa presencia sobrenatural cuyas acciones carecen de toda lógica y cuyas apariciones no consiguen aterrarnos en absoluto.

Acompañado de un perro de ojos brillantes y aspecto deplorable (¿una metáfora del can Cerbero?) y del leit motiv visual y sonoro de un tren que pasa a toda velocidad ni se nos explica su origen, ni sus motivaciones, ni hay una relación directa entre él y las personas a las que ataca más allá de la insidiosa cadena que les lleva a pronunciar su nombre (un poco en plan The Ring pero sin abundar en explicaciones).

Nunca digas su nombre

También hay momentos en los que Nunca digas su nombre llega a hacer gracia. La bibliotecaria (Cleo King) es uno de los personajes que parece cachondearse de la película misma y los clichés asentadísimos en este tipo de cintas, lo que al menos rompe un poco la dinámica de los sustos gratuitos. 

Hay buenas ideas en el guión de Jonathan Penner pero están tan desaprovechadas como las intervenciones de Faye Dunaway y Carrie-Anne Moss, que protagoniza el bochornoso momento del guiño. 

Nunca digas su nombre

Douglas Smith, a quien veremos muy pronto en El caso Sloane, es el protagonista y destaca especialmente con su interpretación trasmitiendo muy bien el terror irracional que nos invade cuando nos enfrentamos a lo desconocido y la forma en la que tratamos de afrontarlo. La secuencia del coche en la que conduce como un loco con la música a todo volumen es de lo mejor de la película. ¿Alguna vez habéis cantado para espantar el miedo y os ha dado más miedo vuestra voz que aquello a lo que os exponéis? Algo de eso hay en ese momento.

En Nunca digas su nombre también hay muchas referencias cinematográficas: desde El resplandor hasta la más reciente It Follows en su estilo visual, sin llegar a tener en ningún momento el empaque como para ser del todo original. En cualquier caso hay aspectos que hacen que la realización de Stacy Title no sea del todo fallida: a veces consigue crear una atmósfera inquietante y evocadora aunque rara vez remata con un clímax acorde a las expectativas creadas.

Nunca digas su nombre

La precariedad de los efectos especiales deja también a las claras que a veces es mejor que no estén presentes en una producción si no están plenamente justificados y que es preferible que lo que se vea sea verosímil. Menos es más cuando se trata de "florituras" ya que lo que debería dar miedo son las ideas (¿acaso no es una película en la que lo importante es que las ideas innominadas te vuelven loco y aquellas que toman forma de palabras te destruyen?) y no tanto los fuegos artificiales.

No tiene pinta de que la película vaya a calar en el imaginario colectivo como lo hicieron otras cintas previas en las que la invocación del mal mediante la palabra nos abría un portal al misterio, pero quede dicho que el final queda abierto (como ya es casi tradición, lo raro es ya que nos den un remate final consistente). Ojalá ese "No lo pienses. No lo digas" nos calara hasta el tuétano dejándonos mudos de verdad...

Valoración

Altamente insatisfactoria, esta cinta de terror ni da respuestas ni consigue construir una amenaza real para el espectador que le haga mirar debajo de la cama por la noche.

Hobby

50

Regular

Lo mejor

La exploración de cómo nos comportamos cuando tenemos miedo y la idea de que solo existe lo que se nombra.

Lo peor

Algunos momentos ridículos (como el del guiño), el perro hecho de CGI que no viene a cuento y lo mal que maneja el guión los tiempos.

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