Crítica de Bronca 2: la secuela de Netflix no quiere gustarte, quiere hacerte sentir peor... y lo clava

Bronca 2 eleva la propuesta con una historia más ambiciosa, incómoda y emocionalmente opresiva que vuelve a llevarla a lo más alto.
Ansiedad, segunda parte. Pero no una repetición. No un eco. Una segunda entrega que bebe de los matices de la primera y arriesga ampliando su universo hasta volver a convertirla en una de las mejores series del año.
Netflix y A24 han lanzado esta semana Bronca 2, ese ejercicio de cine de autor disfrazado de producto mainstream que tan buena imagen está labrando a la productora y que tanto necesita la plataforma con pe mayúscula.
Lee Sung Jin se matriculó con la primera demostrando unas dotes casi icónicas para convertir lo cotidiano en tragedia contemporánea. Y yo, como espectador, sólo puedo pegar la frente al suelo para rendir agradecimiento y respeto por no caer en la repetición más comercial.
Bronca 2 propone un nuevo universo de parejas enfrentadas en todo el abanico emocional del concepto a través de Oscar Isaac y Carey Mulligan, de Cailee Spaeny y Charles Melton.
Un club de golf, la élite de la más repugnante pomposidad, los «curritos» hartos de su condición esperando a la cola de su propia corrupción... Una nueva historia de coacciones entre comedia y drama que baja más al barro y decide implicarnos hasta hacerla deliciosamente insoportable.
Una evolución formal: de la incomodidad al dolor
Bronca 2 nos lleva a un conflicto que se mueve entre la élite económica y los que orbitan a su alrededor. La historia empieza con Ashley y su prometido Austin colándose en la mansión de sus jefes Josh y Lindsay para devolverle a él su cartera, que se la habían encontrado.
Y una vez más, casualidades de la vida, la pareja de jóvenes y estúpidos se encuentran a la pareja de ricos y artificiales en una bronca de televisión... que consiguen grabar con su móvil. Que empiece el show de la extorsión.
El arranque de la temporada no es tan carismático como el de la primera. El detonante inmediato jamás podría tener la misma chispa. Pero a cambio nos da un universo mucho más profundo y desarrollado.
Dos parejas que se enfrentan en la misma lucha de clases, pero también dos —y tres, y cuatro, y más subtramas— formas de retratar las relaciones modernas y dos formas de destruirlo. Las parejas son su campo de batalla.
Si la primera temporada era una espiral de odio con un crecimiento marcado desde lo ordinario hasta lo operístico, la segunda nos lleva a un lugar mucho más incómodo: es un ejercicio de presión inagotable.
Bronca 1, dentro de su reconocida capacidad para llevarte a la reflexión, se dejaba llevar mucho más por la acción y por separarte de las emociones de sus personajes. Bronca 2 da un paso más hacia el espectador, haciéndote partícipe hasta sentirte tan culpable como sus protagonistas.
Esta evolución llega a través de un guión que propone un universo de personajes mucho más dilatado con conflictos que hacen del club de golf una suerte de escenario de teatro a lo White Lotus... y a través de su cámara.

La nueva temporada pasa de la incomodidad al dolor. Esa evolución llega también a lo formal: la cámara deja de observar y deja la distancia irónica. Aquí la cámara aprieta.
Si la protagonista llora desgarrada por un grave dolor emocional, la cámara nos acerca al primer plano de forma despiadada y sin escapatoria, aguantando con la paciencia de un torturador.
Y no parece casualidad; la serie quiere ese sufrimiento. Quiere ser opresora más que informativa y se deja por el camino el ritmo que hizo de la primera una propuesta más accesible. Una vez más, este riesgo es una delicia.
Lee Sung Jin amplía su estudio sobre la ira a las relaciones de pareja con una ambición que puede llegar a ser desmedida entre personajes, conflictos y capas temáticas. Pero amigos, donde los demás ven una densidad probablemente inabarcable, yo disfruto de la intención.
Isaac y Mulligan y sus homólogos Melton y Spaeny representan una vez más el conflicto de clases, el de la precariedad, la frustración y el deseo, pero lo hace recordándonos nuestra realidad inmediata: la tecnología, el pensamiento automatizado, la crisis de identidad en la era de la hiperconexión.
ChatGPT forma parte del discurso. Cotillear el móvil de tu pareja como remedio contra la ansiedad forma parte del discurso. Bronca 2 es un retrato de este mundo que ha perdido el control de sí mismo.
Ricos y pobres, artificiales o reales, las dos parejas son la representación más repugnante y tóxica del amor en tiempos del Tinder. Una revisión pesimista e incómoda porque te vendrán ejemplos de tu entorno a la cabeza. Y ojalá que uno no seas tú.
El reparto vuelve a ser su imprescindible
Oscar Isaac y Carey Mulligan son la pareja que funciona como núcleo emocional y destructivo de la serie. Hay algo fascinante que forma parte de su trabajo de personajes en cómo oscilan entre el desprecio y la dependencia.
En el otro lado del ring, Cailee Spaeny y Charles Melton son el contraste temático: las aspiraciones, la precariedad e incluso la incapacidad.

Ellos juegan en un tono más delicado rozando el absurdo, pero sin llegar a romper —del todo, vamos a darle alguna licencia que tampoco son el lápiz más afilado del estuche— la verosimilitud. Y me parece harto difícil bailar en el filo de esa navaja.
En este cuadro contemporáneo no podía faltar hablar de la banda sonora de Finneas O'Connell. El hermano de Billie Eilish es el complemento perfecto para dar textura a la historia con uso uso moderno y deprimente de los sintetizadores.
Su música coquetea entre el sonido ochentero y el beat discoquetero actual. Esa amalgama deja un poso a caballo entre la brillante BSO de La Red Social y de las primeras temporadas de Stranger Things sin dejar de ser tan perturbadora como reconfortante.

Bronca 2 no es mejor que la primera. No, tampoco es peor. Ni es igual, demos gracias. Es más lenta y más densa, es menos comercial y menos... ¿recomendable? Jamás: es una serie más valiente que nunca.
Con una nueva fórmula mucho más, a riesgo de gastar la palabra, ambiciosa. Es ansiedad en imágenes, dolorosa por exagerada y a la vez plausible por nuestra propia estupidez.
Porque propone, intenta y arriesga. Sí, es mucho más irregular, pero en un panorama donde nos hartamos de ver historias que simplemente existen, Bronca 2 vuelve a hacer algo mucho más difícil: estar presente.
Valoración
Nota 86
Bronca 2 es una evolución valiente que prefiere incomodar a gustar. Y ese es su verdadero espíritu: gana en ambición sacrificando accesibilidad y regularidad, pero vuelve a ser una de las propuestas más estimulantes del año.
Lo mejor
La evolución formal: una cámara más opresiva y un estilo narrativo emocionalmente más agresivo.
Lo peor
El exceso de densidad y la pérdida de ritmo la hacen menos accesible e irregular estructuralmente.