Crítica de Crystal Lake en HBO Max: la precuela de Viernes 13 que no necesitaba hasta que la he visto

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Crystal Lake regresa al origen de Viernes 13 para recuperar a Pamela como protagonista y demostrar que incluso un slasher puede sobrevivir ocho episodios gracias a sus personajes.
Qué planteamiento tan deliciosamente absurdo es el de rodar la precuela de un slasher en formato serie. Tú reduce el genero a su forma más primitiva: un grupo de chavales que van tomando decisiones harto cuestionables —clichés del género— mientras esperamos a que el demonio de turno encuentre una forma creativa de convertir sus cuerpos en atrezo. Es un festival de diversión macabra y morbosa en la que el planteamiento narrativo tiene un papel prácticamente anecdótico. Hasta que lo conviertes en ocho episodios de 40 minutos.
No veo un slasher esperando diálogos de Aaron Sorkin; dudo que nadie que lea esto lo pretenda. En el género se ha instaurado el placer culpable de esperar con pasión una «kill cam» innovadora y salvaje acompañada por un tema musical que te persiga más allá de la televisión mientras la cámara esconde al asesino en el fondo del plano. No hay tanto que valorar en las decisiones de las víctimas, sino en las del psicópata que construye su propia galería de arte con sangre.
Ahora bien, ¿reconvertir un slasher en una serie? ¿Llenar ocho episodios de historia y una narrativa sólida sobre un asesino al que toda explicación sólo puede restarle misticismo?
Por eso Crystal Lake, sobre el papel, era algo a la vez deseable y a la vez absolutamente innecesario. Como el postre de una comida copiosa, porque el postre siempre va al corazón. Y por eso la sensación es la misma: puedo estar harto de comer, que el dulce de una historia que no necesitaba explicación me va a hacer igual de feliz si tiene suficiente chocolate.
La nueva serie de A24, que está disponible en España en HBO Max, sigue la senda de It: Bienvenidos a Derry: coger un icono del terror, llevarnos al origen y buscar qué había antes del monstruo. Una sorpresa menos prometedora cuando descubres que su showrunner, Brad Caleb Kane, es el mismo. Aquí recupera el concepto, pero nos lleva a conocer el origen de Jason Voorhees a través de su madre, Pamela. Y jo, qué festín de aciertos se vuelve a pegar.
Pamela Voorhees y la erótica del villano
Crystal Lake nace con el ojo puesto en la original de 1980 con Pamela Voorhees (Linda Cardellini) como protagonista y su hijo Jason ahogándose en el lago del ya famoso campamento. La serie ya prepara su base emocional desde el primer episodio: vas a empatizar con el malo. No tanto en la línea incómoda de fetichizar a Jeffrey Dahmer o de la saga Monstruo, pero sí en la de dar una justificación que te permita estar en el lado... ¿equivocado?
Brad Caleb Kane tenía el objetivo de representar los Estados Unidos de los setenta en los que terminaría naciendo Viernes 13, y lo hace convirtiendo sus escenarios en elementos narrativos y con divertidísimos diálogos de figurantes que hablan de la paranoia institucional, la sexualidad y la liberación femenina, Vietnam, las conspiraciones, el racismo y todo ese caldo social que inspiró el género slasher.
Su segundo episodio, de hecho, lleva la acción fuera del campamento hasta un seminario de autoayuda con el que no sólo consigue despertar a la bestia interior de Pamela Voorhees, sino radiografiar a una sociedad de la que intenta vengarse como si él mismo fuera el villano del slasher.
Linda Cardellini es lo mejor de la serie. Aquí no tenemos las consecuencias éticas de comercializar un trauma real; esa libertad nos permite estar aún más cerca del monstruo hasta dejarnos seducir por él —ella, en este caso— como Hannibal hizo de Lecter un objeto de fascinación estética. Pamela, en este caso, lo consigue a través de la maternidad.

La interpretación de Cardellini nos lleva por todas esas fases: primero el dolor, después la justificación, hasta convertir el amor por su hijo en un arma que la libere del odio que siente hacia todo lo que le rodea. Hacia una realidad que le ha arrebatado a su hijo. Y así, como si fuera la ventana de Overton —y de una realidad a la que ya da miedo mirar—, pasamos de ver sus actos como despreciables hasta ser aceptables, rompiendo una por una todas las barreras morales.
Mientras veía la serie tenía la expectativa permanente de ver más a Jason en cámara. ¿Cómo no voy a esperar que Jason arrebate todo protagonismo? Y aquí viene mi error y uno de los principales aciertos de Crystal Lake: demostrar que tiene personajes con una fortaleza narrativa más allá de su villano.
Una precuela para el slasher menos protagonista
En 1980, Viernes 13 cogió los cimientos de Peeping Tom o Halloween y convirtió la carnicería en una atracción en sí misma. La original nunca encontró en su asesino el carisma que después convertiría a Freddy Krueger o Ghostface en absolutos iconos cinematográficos. Crystal Lake aparece para revertir la situación y convertir Viernes 13, con Jason como anécdota, en un slasher que vuelve al primer plano.
El género ha vivido hasta nuestros días de la sexualización del asesinato, de construir un icono alrededor de los manerismos de su asesino. Como con tanto cariño han conseguido en Dead by Daylight —ya que estamos en la casa del videojuego—, hay un embrujo arrebatador y obsceno en las fórmulas del slasher que, por crueles y sanguinarias que puedan ser, tienen ese morbo arrebatador que nos impiden apartar la vista. La mezcla justa de adrenalina, miedo y, ahora no tan tabú, comedia.
Aunque la última no tenga hueco en este caso, la serie desprecia la sociedad que vio nacer su historia y todas las convenciones sociales que han envejecido con el género, mirándolas desde un 2026 en el que un revisionado destaparía el olor a rancio. Pero no se avergüenza de su carnicería tan desbalanceada hacia el más puro parque de atracciones; sólo que lo deja para salpicar sus episodios sin llegar a eclipsar la historia.
En esta mitología del slasher también tiene un papel fundamental que la serie tenga un diseño de producción, un vestuario y un maquillaje preciosos. Hay un Blairstown de los 70 usado, habitado, y completamente vivo con un aire vintage que no se respira impostado. La factura de A24, vaya, que vuelve a dar en el clavo.
Crystal Lake consigue durante buena parte de los ocho episodios construir una lógica interna lo suficientemente sólida incluso para aceptar lo que sabemos que es imposible. En esa verosimilitud Jason puede resucitar, puede hasta teletransportarse. Estrechamos las manos y cerramos el contrato. Pero cuando Pamela queda atrapada en una vorágine de problemas, llegamos a esa pobre resolución de una elipsis, dos silbiditos y aquí no ha pasado nada.
Abriéndome en canal como una víctima más de los Voorhees, no tenía la más mínima intención de disfrutar de Crystal Lake. Una precuela en formato serie de Viernes 13 me parecía tan apetecible como descubrir el origen de una motosierra o de cómo se lubrican los raíles de un carro de atracción. Pero después de décadas de franquicias resucitando a sus asesinos para colocarlos periódicamente frente a cadáveres a los que dar matarile, esta ha sido una fórmula refrescante de volver al género.
Valoración
Nota 78
Crystal Lake convierte una precuela aparentemente innecesaria en un sorprendente empujón a Jason y Viernes 13 gracias a Linda Cardellini y una mirada al slasher que comprende igual su morbo que sus miserias.
Lo mejor
Linda Cardellini y su maternidad como arma para acercarnos sin culpabilidad a la creatividad sanguinaria del slasher.
Lo peor
La ampliación de la mitología puede restar misticismo al personaje y su forma de saltar la verosimilitud para resolver algunas tramas.
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