Crítica de La Grazia, Paolo Sorrentino (La gran belleza) reflexiona sobre la buena política y la duda

Crítica de La Grazia, la nueva y personalísima película de Paolo Sorrentino de estreno el 1 de abril.
Paolo Sorrentino, uno de los cineastas europeos de mayor prestigio, firma la némesis del taquillazo del año en la cartelera española: una película que reflexiona sobre el fin del mandato de un político respetado, honesto y reflexivo, muy preocupado por su legado una vez que llegue el inminente retiro.
En La Grazia no hay espacio para el esperpento ni una pretendida sátira apoyada en chistes facilones o una tambaleante equidistancia. El director y guionista trata a sus espectadores como seres inteligentes y les procura un retrato íntimo sobre el peso del poder y la trascendencia de las decisiones de mayor responsabilidad que recaen sobre los hombros de un primer ministro: decidir sobre la vida de los reos en última instancia o firmar una ley sobre la eutanasia, debate avivado en los últimos tiempos en los medios de comunicación por el caso de Noelia Castillo.
Estamos por tanto ante un drama político denso, de 133 minutos de duración, que trata de meternos en la cabeza de un jurista de reconocido prestigio que está a punto de concluir su labor al frente de la República italiana. Demócrata, humanista, cristiano, se ve contra las cuerdas cuando empieza a cuestionarse sus propias creencias al tomar decisiones cuyo eco perdurará en el tiempo.
Vaya por delante que no es una película fácil y que está también en su centro una fuerte voluntad de contrastar los nuevos y los viejos tiempos. De ahí la hipnótica y ecléctica banda sonora de la que se vale en modo kamikaze recogiendo pasajes de música melódica para irrumpir después con ritmos electrónicos o rap.
¿De quién son nuestros días?
Mariano De Santis, presidente ficticio de la República italiana, es un veterano respetado por todos que afronta sus últimos seis meses en el Palacio del Quirinal. Asistido por su hija, se ve corroído por la duda cuando le pone delante sus últimos retos: decidir sobre las vidas de dos presos a los que puede indultar o no y firmar la primera ley que regule los términos de la eutanasia, algo que choca frontalmente con sus convicciones religiosas y morales.
Más allá de eso, comienza a disfrutar de placeres sencillos, como fumarse un único cigarrillo al día en compañía de su asistente o comer con su amiga Coco, aunque sea de forma frugal para no dañar su salud.
Pero también lidia con los fantasmas del pasado: el recuerdo de su fallecida esposa, a la que idolatraba y echa de menos a diario y la dolorosa traición que sintió al saber que le fue infiel sin haber llegado a descubrir nunca quién fue su amante.

La Grazia es una película sorprendente a muchos niveles, el primero de ellos, el argumental, al proponer un personaje principal que a día de hoy nos parece marciano: un político digno que no es no una caricatura, ni un superhéroe, ni un cafre. Solo aquello que estaba llamado a ser: un individuo útil para la sociedad en la que vive, humilde dentro de su posición privilegiada, imperfecto y poroso a influencias externas.
El segundo de ellos, el formal. Sorrentino juega con el espectador, retándolo, increpándolo, provocándolo... Es una película que no te suelta desde que arranca y que a veces te lleva a zonas de verdadera incomodidad en las que coquetea en la boca del abismo con lo ridículo (gloriosa secuencia la de la recepción del primer ministro portugués, por poner un ejemplo) o con su consumada masculinidad troncal (no le vendría mal algo de tijera al montaje final para deshacerse de algún desacierto que otro).
A pesar de recrearse en estos meandros, termina discurriendo por un cauce comprensible en el que se hace evidente cuáles son las preocupaciones que quiere exponer y que están de rabiosa actualidad. Probablemente es todo aquello que puede llegar a perturbar el fin de nuestros días: el amor perdido, la muerte, la angustia existencial, las esperas que estiran y encogen el tiempo a su antojo haciéndonos sentir pequeños... La Grazia es una de esas películas que más gustan cuanto más se piensan y que encuentra en sus destellos de excentricidad un asidero para actualizar un relato que de otra manera podría resultar demasiado plomizo.
Mención especial al reparto de la película que encuentra un tridente de oro en el protagonista indiscutible que habla con la mirada Toni Servillo y sus dos adláteres Anna Ferzetti y Orlando Cinque, sobrados ambos de talento y carisma.
Valoración
Nota 77
Hipnótica, reflexiva y retadora, la nueva película de Paolo Sorrentino aborda temas trascendentales en una utopía política de placidez inusitada en la que gana el sentido común.
Lo mejor
Es muy sorprendente y original en su forma, con momentos abiertamente desconcertantes.
Lo peor
Recortando algunos elementos superfluos sería extraordinaria.

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