Crítica de Los creyentes: el último thriller psicológico con José Coronado para Netflix

Los creyentes
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El nuevo thriller de Netflix con José Coronado y Stéphanie Magnin utiliza algunas buenas ideas sobre la conspiranoia, pero quedan lastradas por su ritmo y su final.

Siempre he disfrutado de las conspiraciones como un entretenimiento fantástico en el que sumergirse una tarde para no volver a ellas jamás. En las elucubraciones más estrafalarias de los usuarios de internet vuelan infinidad de ideas que podrían acabar por sí solas con la era del remake en el cine.

Porque la gente tiene imaginación. Mucha imaginación. Y nuestra civilización es, sobre todo, esto: historias. El pizzagate, los Illuminati, el reemplazo de Avril Lavigne. Es imposible no dejarse caer en el pozo divertidísimo de seres que pestañean en horizontal.

Para una tarde, no más. No quieras terminar encerrado en tu propia imaginación. No vayas a terminar como el nuevo personaje de José Coronado.

De ahí que la nueva original española de Netflix me provocase ese chispazo inicial de interés. Los creyentes, dirigida por Roger Gual y escrita por Carlos Montero y Darío Madrona (creadores de Élite) que ya está en el top 1 de la plataforma.

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Coronado, además, se reencuentra con Montero tras Legado para presentarnos a un hombre que parece haberse desvanecido dentro de sí mismo mientras Stéphanie Magnin trata de reconocer cuánto queda vivo de su padre.

Los creyentes es una historia en la que tienes que creer para caer en su pozo de conspiraciones en espiral. Porque, aún con sus aciertos, a sus 104 minutos les f alta intensidad, identidad y una revelación menos evidente para convertirse, precisamente, en una conspiración que nos ocupe algo más de una tarde.

El principio y fin de una conspiración

Ruth (Stéphanie Magnin) lleva un par de años alejada de su familia viviendo en Berlín hasta que una llamada de su padre, Martín (José Coronado), la obliga a volver. Su madre ha muerto en un supuesto accidente doméstico. Y cuando vuelve ya no queda nada de ninguno de los dos.

Martín se ha vuelto más serio, más agresivo. Hosco, sería la palabra. Su madre había intentado advertirla antes de morir: ya no es el hombre que conocía. Ruth se encontrará con un desconocido a quien no sabe creer... y comienza a dudar del accidente.

Aquí sus creadores comienzan el juego de la desconfianza. Ruth no cree en Martín. Martín tampoco confía en Ruth. Y tú, como espectador, tampoco terminarás de creerte a ninguno de los dos. Una parte es gracias a que Magnin y Coronado salvan la historia, la otra es un defecto de fondo y forma.

La conspiranoia funciona como acelerante de un thriller doméstico sobre una familia rota. Buscar en ella un ensayo exhaustivo sobre la posverdad sería exigirle una película que no pretende ser... a excepción de su escena final.

Tampoco quiero caer en el error de pedirle a Los creyentes que profundice en el fenómeno de la conspiración a pesar de que lo instrumentalice para construir tensión; el objetivo es más reducido... y tampoco la exime de una evidente falta de ritmo.

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Roger Gual construye la imagen de la película alrededor de primeros planos sobre Ruth y Martín. Esta estrategia le funcionó de perlas con  7 años —primera película española producida por Netflix, por cierto—; elimina el espacio de sus dos protagonistas para encerrarlos visualmente en su relación sin estar nunca juntos, sino enfrentados.

De hecho, siempre sospecharemos junto a Ruth. Compartiremos su perspectiva desde una posición subjetiva, con la distancia de quien juzga a quien ha perdido la cabeza en vez de tratar de entender para salvarlo de su propia prisión mental.

Pero toda la expresividad que encuentra en el espacio reducido, en las miradas y en los diálogos, se pierde en la acción. Hay una escena concreta en una caída de uno de sus personajes que destruye el flujo natural de la historia para ser un mero mecanismo narrativo que nos lleve al clímax.

Es el resumen de Los creyentes: encuentra su mejor momento en los diálogos, pero se vuelve harto repetitiva por abusar de ellos y no recupera ritmo cuando pasa a la acción, sino que la vuelve peliculera hasta para una película. 

Y también tiene grandes aciertos. La fotografía, los escenarios, la poderosísima y frágil habitación que esconde Martín tras el cerrojo de su puerta que no podría ser más esclarecedora es dolorosa por triste y por real son buenas muestras de su cine.

Evitar la estilización de la conspiranoia trabajando con tonalidades frías y una luz que endurece el entorno asturiano consigue que veamos el extremismo y la locura como un villano que entra sin hacer ruido en una página de Facebook o en una sucesión infinita de fake news por TikTok.

Un daño que sí es real: lo vimos con las muertes asociadas a bulos durante la pandemia, en la fiebre antivacunas, en el negacionismo de la ciencia en toda su generalidad y en las gafas amarillas promocionadas por federaciones del deporte.

Hemos abandonado la era de las fake news para entrar en la de las hate news; nuestra sociedad se nutre del odio, sin importar las fuentes, las consecuencias ni la verdad.

Ahora las mentiras vuelan como una plaga bíblica a la que sólo faltaba el apoyo de las herramientas digitales generativas. Aquí es donde la película de Netflix aparece dolorosamente a tiempo, pero con menos acierto del necesario.

Un final que deja de creer en la duda

Los creyentes no busca activamente ser una crítica social a través de su temática y ese es su mayor debe, viendo su última escena. Compone un thriller que mantienen vivo sus protagonistas y que nos abandona cuando la dirección hacia la que avanza resulta demasiado evidente.

El final es, de hecho, su saeta. Un clímax precipitado y aparatoso que sabe a poco y abandona la contención psicológica para abandonarse a mecanismos que la hacen bajar peldaños como thriller.

Y es ciertamente incómodo, porque la idea que lanzan al aire en su última escena presenta una idea mucho más dolorosa: la de esquivar al conspiranoico encerrado en una cámara de eco para descubrir al padre débil y deprimido que es, desde el primer instante, un hombre perdido... bajo la conspiración que su propia hija había creado.

Pero la película apenas acaricia esa simetría. Quiero darle valor por interesarse en el tema, por buscar ese pequeño resquicio de verdad y crítica dentro del entretenimiento comercial. Sin embargo, toda su temática termina convertida en lo que temía desde el principio: un medio para un fin.

Valoración

Nota 60

Los creyentes utiliza la conspiranoia para construir un thriller familiar sostenido por Stéphanie Magnin y José Coronado, pero su falta de ritmo y un desenlace demasiado evidente impiden que sus buenas ideas dejen huella.

Lo mejor

La ambigüedad interpretativa fundamental de Coronado y su duelo con Magnin son el verdadero espacio de suspense de la película.

Lo peor

El ritmo se vuelve extremadamente plano y el clímax, precipitado y aparatoso, abandona la contención por un desenlace artificial.

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