Crítica de Legado: Netflix corre para entretener, pero no se detiene para emocionar

Legado, la nueva serie de Netflix protagonizada por José Coronado, plantea un drama familiar de altura, pero tropieza donde más importa: en dejar huella.

Desde que empezamos a contar historias, el legado ha sido uno de nuestras principales obsesiones. Un reflejo de nuestra gran preocupación: qué quedará cuando se apaguen las luces. Entre historias de herencias culturales, económicas y morales, Netflix estrena Legado, una suerte de Succession a la española.

La serie llega del brazo de Carlos Montero, Pablo Alén y Breixo Corral que ponen a José Coronado al frente de un drama familiar y empresarial centrado en la traición, la corrupción, el poder y la ambición; todo situado en una España salpicada por la manipulación de los medios de comunicación y el control social de las élites.

Succession puede ser el germen comercial que haya impulsado el proyecto, pero Legado tiene referentes mucho más cercanos que pueden incluirse en la lección: por el lado de la política con El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018) hasta la vertiente más intelectual y moral de Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019).

Incluso Netflix también ha sacado provecho a su forma del legado nacional con series como The Crown. Su mayor reflejo estará, a pesar de estos y tanto en fondo como en forma, en Galgos; con menos precisión, pero dejando en manos de su elenco artístico el peso de su éxito.

Aún así, los referentes no son una garantía. Legado pellizca matices de cinismo, de su ambiente hostil o del poder simbólico del linaje de cada uno de estos ejemplos, pero nos deja un resultado amargo que entretiene sin ser capaz, paradójicamente, de ofrecer una experiencia memorable.

Coronado reparte juego y castigo

José Coronado es Federico Seligman, padre fundador de un imperio mediático que nació de la idea de un periodismo responsable y ético que se ha convertido en una herramienta más que confecciona el Estado bajo su propio interés lleno de subjetividades.

Después de someterse a un tratamiento contra el cáncer, Federico regresa a España para ver cómo sus tres hijos han recogido el testigo de su legado para convertirlo en una caricatura oportunista... que es un revés directo a la responsabilidad moral que él mismo ha esquivado.

No, no es un Logan Roy castizo. Pero Coronado podría hacer funcionar al personaje aunque tuviera que hacer el pino en cada escena. Es un periodista hecho empresario, un padre que confunde apellido con propiedad, y un defensor de la verdad que se refugia en la hipocresía para tapar sus propios deslices.

Sus hijos, Yolanda (Belén Cuesta), Andrés (Diego Martín) y Guadalupe (Natalia Huarte) son pequeños fragmentos de su propia identidad. Yolanda esconde ambición en su ternura haciendo el papel de niña buena, Andrés representa la testosterona tóxica empresarial y sin escrúpulos justificada con ideas maquiavélicas y Guadalupe el cinismo moral con complejo de «nepo baby».

Llegando al tablero de ajedrez está la cuarta Seligman: Lara (María Morera), la hermana pequeña que acaba de entrar en la universidad y que será clave para tirar de la manta de las propias contradicciones de su apellido.

El principal poder de Legado es su retrato del poder mediático. Desde las oficinas de El Báltico, el periódico sobre el que pivota el conglomerado, se libra la batalla simbólica de los Seligman. Cómo sus brazos manipulan el orden social y político, y cómo su herencia, en manos familiares o bajo los intereses capitalistas de un fondo de inversión, puede ser dramática para su despistada sociedad.

Una herramienta para representar todo aquello que subyace a la política de España; un país donde las dinastías familiares siguen pesando, donde los consejos de administración se cubren a dedo interesado, donde el apellido suena con más fuerza que el currículum.

Pero más allá de su crítica institucional, no tan afilada como pudiera esperarse, lo que patina es su crítica y representación social. La serie está empañada por diálogos y tramas que podrían presumir de cierta valentía y probado éxito comercial en propuestas como Élite, pero que quedan absolutamente fuera de lugar para la altura que pretende vendernos Legado.

Las tramas de los hijos están constantemente salpicadas por una obsesión sexual que te hará entrecerrar los ojos de incomprensión. Ocupan un espacio absurdo de pantalla y pretenden ser relevantes para el desarrollo de sus personajes, que quedan caricaturizados como si fueran fruto del fervor hormonal de un drama juvenil.

Entre relaciones abiertas, cuernos y drogas por doquier, puedes intuir cierta intención de parodiar al cincuentón lascivo enamorado de sí mismo, pero el resultado es más sórdido que cómico. Ahora figura eso entre la elegancia que tanto bien hicieron a los ejemplos de los que habla cada texto sobre esta serie.

Mientras el guión construye con inteligencia el engranaje narrativo que sostiene la serie con ritmo, cosa que consigue con creces, necesita en demasía aprovecharse de ser dueño de sí mismo para que sus personajes actúen bajo sus necesidades narrativas más que como respuesta natural a sus emociones. Y ese punto rompe el hechizo de su propia ficción.

En el apartado técnico todo funciona con sobriedad funcional, pero sin llegar a esa emoción afiliada de la que tanto beben los dramas familiares y las herencias laborales. Hay buen gusto, pero también frialdad. Hay ritmo, pero poco peso. Hay una historia, pero con poco calado.

Una herencia sin legado

Legado es una serie que entretiene y se sostiene gracias al oficio y al carisma del reparto, pero es diametralmente opuesta a su propio título: deja poco para el recuerdo y mucho para el cajón de oportunidades que merecían más.

Y es una pena, porque los ingredientes están ahí: crítica mediática, conflictos generacionales, tensiones entre poder e identidad y en un ambiente que dista, precisamente, de ser el ideal en la realidad política y social de nuestro país.

Pero todo se cocina con un cálculo mucho más frío y menos emocional que le permitan elevar el relato más allá del entretenimiento tan respetable que ofrece.

Podría cerrar el texto haciendo nuevas reflexiones líricas sobre la paradoja del título, pero voy a volver a la idea de las primeras líneas: cuando las luces se apaguen —como para su patriarca— Legado difícilmente será recordada por lo bueno que ofreció, sino por lo que evitó contar.

Valoración

Nota 60

Legado es una serie que corre para entretener, pero que no se detiene para emocionar: sostenida por el trabajo que lidera Coronado, su herencia es menos satisfactoria que lo que prometía el apellido Seligman.

Lo mejor

Una premisa potente y un José Coronado carismático sostienen con oficio una historia que entretiene con técnica y agilidad.

Lo peor

El exceso de tramas casi adolescentes, la frialdad emocional y la falta de riesgo narrativo impiden que el relato cale.

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