Crítica de Oasis, la serie de Netflix que se ahoga entre frases de Instagram

Oasis propone una falsa The White Lotus española en la que una desaparición es la mejor excusa para el calentón.
Que alguien eche el freno a esta tendencia moderna de arrancar con una voz en off sus episodios como si cada adolescente que acaba de cumplir dieciocho años fuese un poeta maldito que publica frases escritas en lápiz en Tumblr.
Oasis, la nueva serie española de Netflix, respira un fervor sexual juvenil que parece sacado de cualquier diario de Asco de Vida. Incluso si jugase al melodramatismo más cómico tendría su pase, pero esta producción de Bambú se ha quedado a medio camino en casi todo.
Un puñado de niños de papá sepultados en dinero frente a los curritos de un resort de lujo en Tenerife tendrán que enfrentarse y colaborar en medio de la investigación policial por la desaparición de uno de ellos.
Un thriller juvenil en el que la investigación nunca es protagonista, ni mucho menos la policía; la desaparición es sólo una excusa para el calentón.

En medio de un paraíso de playas privadas, piscinas infinitas, habitaciones de lujo, secretos, drogas, sexo y humillación, Oasis plantea la lucha de clases como su tema principal... para los dos primeros episodios.
A partir de ahí, sus ideas se vuelven planas y funcionales para la trama como la transición a la vida adulta de cualquier adolescente. Y aquí es donde cualquier comparación con The White Lotus se vuelve ridículamente atrevida.
Cada episodio de la temporada arranca con metáforas forzadas para vincular emociones que parecen más un copy de Instagram que una reflexión natural para alguien tan mundano como un Gen Z recién llegado a los dieciocho.
La serie quiere hablar de heridas sentimentales, de veranos que cambian la vida, de confesiones generacionales. Pero termina reducida a un compendio de situaciones impostadas que un boomer podría llamar «americanada» porque se ven con una mano en la cara.
Más cerca de Élite que de The White Lotus
Celia (Victoria Kantch), trabajadora del hotel e hija del director del complejo, desaparece en una de las primeras noches. Y tranquilo, que lo verás con antelación en otra de esas maldiciones de las plataformas de utilizar flashforwards para que levantes la cabeza de TikTok.
La policía clausura el Oasis y convierte el paraíso turístico de los ricos en una jaula de oro donde nadie puede entrar ni salir. A partir de aquí, Dani (Tomy Aguilera), que ha tenido su encuentro amoroso con Celia, y Helena (Ana Garcés), su mejor amiga y empleada del hotel, empezarán a remover las aguas.
Tanto va el cántaro a la fuente, que Dani y Helena van a pasar de odiarse a apretarse demasiado cuando se esconden en espacios cerrados. Da igual que la habitación sea grande; ellos se van a poner frente con frente que es necesario para que, sobre el papel, su relación se desarrolle.
La promoción hablaba de la The White Lotus española. Mientras Oasis mezcla los ardores de Élite con una telenovela adolescente, la serie de Mike White entendía la incomodidad como una forma de violencia para construir una sátira social afilada, divertida y punzantemente sórdida.

Sus personajes no son malos por poner cara de malos, el privilegio de sus pijos vivía en la dominación y no en el menosprecio explícito, la lucha de clases estiraba la duración de los planos para hacernos sufrir la pérdida de dignidad de sus protagonistas.
Oasis vuelca toda su trama en la tensión sexual hipervisible. Y aún cuando el deseo podría ser un tema a compartir con la referencia de HBO, la serie no define si quiere ser un whodunit juvenil, una telenovela de lujo, una sátira social, una versión playera de Élite o un videoclip de gente guapa sufriendo problemas del primer mundo.
Se condena bajo el mismo patrón de Olympo: narcisismo y clasismo por bandera abandonados a la representación pueril y exagerada que señala cualquier relación moderna como un nicho de toxicidad y traiciones.
Podría señalar la trama, los diálogos, la interpretación... pero lo es todo. Sus personajes están escritos con personalidades medidas al peso de fichas de un ábaco con dos opciones: más o menos imbécil, más o menos ego.
Son cuerpos, ese es su gran rasgo diferencial. En una sociedad que parecía dejar a un lado la cosificación, Oasis decide utilizarla como herramienta de promoción y deseo.
Defender sus diálogos es, de hecho, un infierno palpable en los ojos del reparto, pero también quedan desamparados sin una dirección que les permita situarse entre escenas.
En el cuarto episodio te encontrarás a la policía sorprendiendo en los interrogatorios con descubrimientos que los propios personajes habían hecho dos diálogos atrás con ellos mismos. A personajes corriendo entre cambios de plano que modifican su estado de nerviosismo o aceptación.
Personajes con estados de ánimo contradictorios, gente que entra devastada y sale sonriendo olvidadiza, líneas que pisan sus propias conclusiones... Es un caos difícilmente remediable en montaje.
La parte visual es lo más defendible de la serie. Tenerife luce, y mucho. El paisaje y sus contrastes entre el color único de sus aguas, la roca, las escenas subacuáticas vuelven a demostrar que tenemos un Caribe infrautilizado en la producción patria.
El síndrome de la frase viral
Hay una pauta que es particularmente agotadora en la ficción española de plataforma: la necesidad de abrir episodios que adelantan escenas con frases forzadamente profundas y pronunciadas con la desgana de la locución publicitaria moderna.
No, cualquier emoción cotidiana no es una epifanía cósmica. Oasis hereda lo peor de esa escuela: la convicción de que cada personaje debe hablar como si estuviese a punto de hacer una frase viral como si fuese A 3 metros sobre el cielo.
Dentro de la amalgama temática, conceptual y narrativa que es Oasis, convierten a Dani, su narrador, en un departamento de marketing con más pose que voz.
Es una serie en piloto automático. Ingredientes de una receta rápida mezclados sin reflexión; un Frankenstein de plataforma con un poquito de aquí y de allá en el que todo parece carísimo y es una mona vestida de seda.
Es el enésimo intento de Netflix de construir una serie veraniega española con potencial internacionalmente exportable, visualmente atractiva —en todos los sentidos— y con el sello de una Bambú que sabe empaquetar y vender mundos.
Gran Hotel, Velvet, Las chicas del cable... la productora sabe sacar pepitas de oro de espacios reducidos con repartos corales en los que vender melodrama y lujo, pero aquí han construido una serie que no nace como idea, sino como fórmula.
Valoración
Nota 40
Oasis empieza como sátira de clase, thriller juvenil y melodrama sexual, pero termina como una fórmula de plataforma sin mirada propia: muchos cuerpos y demasiada frase de Instagram de poca personalidad.
Lo mejor
Tenerife luce muchísimo: el paisaje, sus aguas y sus escenarios vuelven a recordar el potencial de la isla.
Lo peor
El guión, los diálogos, sus personajes construidos como cuerpos sin carisma y la pérdida absoluta de cualquier tema que la desarrolle más allá de la telenovela.