Crítica de Su peor pesadilla: la maternidad como condena de nuestro sistema

Su peor pesadilla
Su peor pesadilla

Su peor pesadilla (All Her Fault) apunta alto con una mirada feminista —y deliberadamente misándrica— sobre la carga mental de la maternidad y la dejadez paterna en la crianza

Aunque la traducción de los títulos de cine sigue siendo una contradicción digna de un paper científico, la miniserie de hoy tiene protagonista para su pesadilla: la culpa.

La culpa, que muchos ahora consideran un constructo social, pero que nos sacude a todos con sus consecuencias de forma individual. La culpa social, la culpa maternal y la culpa estructural.

Su peor pesadilla —mucho más precisa en el original, All Her Fault— es la nueva miniserie con estreno por episodios en SkyShowtime que atraviesa como un cuchillo caliente la mantequilla para incidir en el servilismo maternal.

Algunos lo etiquetan como thriller psicológico, como drama familiar, como misterio policial. Su peor pesadilla es, definitivamente, un juicio moral contra el papel de los padres y las madres en la crianza desde una convicción que roza con inteligencia la misandría.

La miseria emocional del "buen padre"

Un niño desaparece y las vidas de varias familias estadounidenses —muy— acomodadas se convierten en desesperación absoluta. Marissa (Sarah Snook, de Succession) y Peter (Jake Lacy, de White Lotus), los Irvine, buscan desesperados a su hijo al que han secuestrado a la salida del colegio.

Un thriller de secuestros al uso que arranca con una secuencia excelente, directa al grano, para que no dudemos ni un segundo sobre la temática principal que ya mencionaba al principio: la culpa.

Marissa habría chateado con Jenny (Dakota Fanning), otra madre del colegio, para que su hijo se fuese a su casa a jugar con su compañero de clase. Pero esa conversación, en realidad, nunca fue con Jenny.

El remordimiento golpea como el prime de Muhammad Ali; la tecnología y el sometimiento laboral en nuestras vidas son un campo de cultivo prodigioso para el engaño en mentes inevitablemente despistadas.

Al principio todo te parece evidente: ¿Cómo vas a confiar en alguien a quien apenas conoces para que se lleve a tu hijo? ¿No comprobarías que el número con el que hablas es el correcto? ¿De quién es la culpa?

Los espectadores somos los primeros en sentarnos en ese juicio moral que introducía en los primeros párrafos, señalando acusadores a una madre que sucumbe en la desesperación por casi ser cómplice del secuestro de su hijo.

Nada más lejos de la realidad; cuando la narración, aquí con muchísimo acierto, avanza sobre la fragua de ese momento descubres que tú también eres culpable. Sí: tú y yo, igual que Marissa, no nos libramos de pagar con ingenuidad una vía de escape del caos que gobierna nuestras vidas.

Su peor pesadilla
Su peor pesadilla

Porque todos somos pecadores de dejar decisiones y reflexiones trascendentales de nuestras vidas en manos de la rapidez y la tecnología al servicio de nuestra de falta de tiempo.

En el bombardeo permanente de información, de opiniones, de posts en Instagram, de chats en WhatsApp todos nos volvemos frágiles. La cotidianidad convierte estas aplicaciones y tecnologías en un compañero inquebrantable. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Las preguntas pasan entonces a ser afirmaciones implícitas: Todos nos podemos despistar, tenía la misma foto de perfil, iba con prisa, tenía un reunión... Humanos, sí. Crédulos, también.

De ricos, niñeras y la culpa de ellas

Una primera capa que su guionista, Megan Gallagher, recoge directamente de All her fault, la novela original escrita por Andrea Mara en 2021 en la que se basa la miniserie. Pero no la más importante.

He hablado de madres, pero también son igual de culpables las cuidadoras. Todos... salvo los padres. No porque sean inocentes, sino porque el relato social los absuelve de partida en la perspectiva de Su peor pesadilla.

Ésta es la punta de lanza de la miniserie. No hay tanto interés en resolver el misterio, sino en mostrar cómo se construye la culpa en el relato social. Quién carga con ella. Quién la hereda. Quién puede ser señalado de forma implícita incluso antes de que existan pruebas.

La maternidad aparece retratada como una condena permanente: puedes estar presente de forma constante hasta ser asfixiante, o no hacerlo y ser negligente. Si confías, irresponsable; si no lo haces, paranoica.

La serie insiste una y otra vez en este callejón sin salida, subrayando cómo el cuidado sigue siendo una tarea feminizada incluso en entornos de privilegio extremo —como bajo el paraguas de pasta de los Irvine—.

Gallagher trabaja el guión desde un planteamiento en el que la misandría no es una exageración sino una respuesta estructural. La serie no pide perdón por señalar la incompetencia de sus padres, sino que son parte directa del problema.

Su peor pesadilla
Su peor pesadilla

El intramundo familiar de clase alta —estadounidense, en este caso, que daría para otro paper— es una paradoja absoluta: cuanto más dinero tienen, menos tiempo dedican a lo más esencial.

Las niñeras, siempre mujeres, son ya una pieza imprescindible en la vida de cualquier niño en Estados Unidos. No ya como apoyo, sino como sustitutas emocionales. Como madres de acogida para unos padres figuradamente ausentes.

Hay una condena a la naturalización de su necesidad en un modelo donde el cuidado se externaliza... mientras siguen romantizando con tanto misticismo el bloque, la unidad, la familia.

Con padres que esquivan las responsabilidades más desagradables de la crianza, la serie conecta con un problema mucho más profundo: la verdadera pesadilla sigue siendo el sistema.

Por muchas bocas que se sigan llenando ante el miedo a la pérdida de un exceso de privilegios sociales abusivos, Su peor pesadilla es valiente. Pero el desarrollo dramático no está al mismo nivel que la tesis.

El misterio se diluye apenas concluye el segundo episodio con revelaciones que necesitan llegar antes de lo esperado, traicionando a esa adrenalina que prometía el episodio piloto.

Pero si tenemos que buscar un culpable en este caso para todo lo malo que pueda tener la miniserie, ese es el montaje. Ese sí que un absoluto horror de fragmentos y líneas temporales caóticas.

La narrativa fragmentada, llena de flashbacks, saltos temporales y puntos de vista superpuestos es un cliché del género extremadamente funcional, pero igualmente peligroso.

Lo que parece una elección coherente en un relato en el que saltan al campo la memoria, el trauma y la percepción subjetiva, se convierte en un batiburrillo de textos superpuestos y escenas inconexas.

Para ejemplo, un botón: en el segundo episodio la serie llega a alternar hasta tres líneas temporales distintas en apenas tres minutos. A veces con rótulos. A veces sin ellos. A veces con cambios mínimos de vestuario o peinado.

Su propósito no es ser Memento (Christopher Nolan, 2001). El espectador no puede sentirse retado, se siente desamparado. Porque no tiene un puzle complejo, sino mal señalizado.

El foco narrativo termina desplazado de la emoción —verdadero motor de la serie— a la necesidad de orientarse y rompe completamente el estado de opresión psicológica que la historia necesita construir.

Conclusión

Su peor pesadilla —no me cansaré de repetir la derrota que ya es la adaptación del título— es una miniserie mucho más interesante por lo que dice que por cómo lo cuenta.

Su mirada feminista e incluso misándrica es pertinente, incómoda, y lamentablemente tan necesaria como su retrato del servilismo maternal y su inherente carga estructural.

Pero el montaje confunde complejidad con confusión y se tropieza donde debería ser más fuerte: el suspense. No porque la historia no lo merezca, sino porque la forma no la acompaña.

Valoración

Nota 66

Un retrato feminista sobre la culpa maternal y la negligencia paterna pertinente y necesario, pero dependiente de un montaje caótico y un suspense diluido que erosionan su base emocional.

Lo mejor

Trabaja con ideas incómodas y sin pedir perdón contra un sistema —el estadounidense para unas cosas, pero el occidental para el resto— dependiente del servilismo materno.

Lo peor

El montaje. El montaje. Otra vez, el montaje: un caos que expulsa al espectador.

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