Crítica de La tarta del presidente, el gran debut de Hasan Hadi

Crítica de La tarta del presidente, el debut en la dirección del iraquí Hasan Hadi que se estrena en los cines españoles el 6 de febrero.
Si hay una categoría de los Óscar este año en la que la competición es feroz, esa es la de Mejor película internacional. Las nominaciones han recaído en Un simple accidente, El agente secreto, Sirât, Valor sentimental y La voz de Hind pero la calidad desborda entre las que se quedaron atrás formando parte de la shortlist entre las que se encuentra La tarta del presidente, la ópera prima del director y guionista Hasan Hadi cuya carrera tras la cámara arrancó en 2021 con el cortometraje Swimsuit.
Se trata de una película a medio camino entre el cine costumbrista que muestra la realidad e idiosincrasia del Irak de los años 90 desde dentro y la fábula en la que ciertos elementos fantásticos se abren paso con una naturalidad pasmosa.
Ni que decir tiene que no deja de ser un grito de rabia y hartazgo hacia el desproporcionado culto al líder, aunque todo ello parezca más un telón de fondo que una cuestión candente para nuestra protagonista, muy atareada en cumplir una tarea vital en medio de una desgracia personal. El hecho de que nuestra óptica sea la de una niña, permite ver de una manera muy desprejuiciada las desigualdades sociales, las exigencias onerosas y la descompensación en un país destrozado en el que escasean los recursos y abundan los oportunistas.
Lamia es una niña huérfana de nueve años que vive con su abuela Bibi en las marismas. Su vida es muy austera, máxime desde que el país tiene que hacer frente a las graves sanciones de la ONU que provocan serias estrecheces para los más humildes. Se impone el racionamiento y ciertos alimentos se convierten en un lujo.
Por eso cuando en el sorteo de la escuela le toca en gracia preparar "la tarta del presidente" para su profesor, Bibi se echa las manos a la cabeza: no puede seguir cuidando de su nieta. Lleva a Lamia a una familia bien situada en la ciudad, pero ella se escapa con sus pocas pertenencias: su mochila y su gallo Hindi.
Preocupada por las amenazas del profesor, que promete delatar e inculpar a quienes no cumplan con las condiciones del sorteo abocándolos a la muerte o el castigo por arrastramiento, Lamia se esmera en conseguir los ingredientes por su cuenta con la ayuda de su compañero de clase Saeed, un pillo habituado a buscarse la vida por las calles robando incluso cuando no le queda más remedio.

Misión imposible: huevos, harina, levadura y azúcar
La tarta del presidente cuenta muchas cosas sin que parezca esforzarse en hacerlo: es puro lenguaje audiovisual y se asienta sobre las solidísimas interpretaciones principales que hacen que camines en los zapatos de Lamia desde el primer fotograma.
El diseño de producción es otra de las fortalezas de una película muy bien ambientada que no se distancia un ápice de la realidad que retrata, es más, es formidable que sea capaz de expresar tanto contando con tan pocos artificios: las metáforas fluyen solas y son las situaciones aparentemente cotidianas las que definen el devenir de la acción.
Un tendero que pide favores sexuales a cambio de alimentos, un pederasta capaz de engatusar a una niña, unos servicios médicos atascados, sin las medicinas necesarias para los pacientes pero que aceptan sobornos a cambio de darles un trato decente, una policía indolente a la desgracia ajena que solo escucha a los hombres y se deja untar, etc. Y la represión, claro, el miedo a la denuncia, al escarnio y al castigo.

La tarta del presidente que da título a la película es una excusa para retratar, en suma, un ecosistema en el que Lamia solo trata de sobrevivir con toda la angustia del mundo, antes de que su precaria realidad (que es pura fachada, como las consignas repetidas hasta la saciedad) se venga abajo del todo.
Por eso la película te encoge el corazón y te deja pensando qué tarta es la que una misma está preocupándose en cocinar sin darse cuenta de que lo mismo esto no va a ninguna parte... Preclara, honesta, bella y triste, aunque divertida a su manera, también nos recuerda que hay conexiones con los demás incluso cuando estás al borde del abismo. Quien parpadee, pierde.
Valoración
Nota 82
Un debut de primera categoría que se sirve de todos los recursos para alumbrar un relato claro y significativo. Es una de esas películas que te gustan más cuanto más piensas en ella. Tiene muchas capas y es certera en sus formas y su fin último de hacerte pensar.
Lo mejor
Las interpretaciones, el trasfondo, la ambientación y el desenlace. No pierde el humor siendo honesta y conmovedora.
Lo peor
Algún fallo tonto de principiante con el raccord. Pecata minuta.

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