¿Donald Trump ha terminado con las series políticas? Una temática en decadencia que difícilmente supera a la realidad

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
La ficción tiene serias dificultades no ya para superar a la realidad sino siquiera para igualarla a tenor de las declaraciones y políticas esgrimidas por Donald Trump.
Hubo un tiempo en que las películas y las series de televisión de corte político servían para acercarnos a realidades incómodas de las decisiones de alto nivel (El ala oeste de la Casa Blanca), como sátira social mostrando a advenedizos interesados en el poder como verdaderos anticristos (House of Cards) o como comedias simpáticas en clave de burla pura y dura (Veep).
El imaginario colectivo, no obstante, parece habitual concretar la figura del presidente de los Estados Unidos en una persona de mediana edad, con un pasado más o menos heroico (ni siquiera Viola Davis se desligó de este cliché en G20 aunque rompió el del género) y con unos firmes valores que definen su ideario político y su conducta intachable.

Donald Trump ha venido a dinamitar todo eso. El actual presidente de los Estados Unidos cuenta con tres condenas: por falsificación de documentos para ocultar pagos electorales, por manipulación de valores de activos inmobiliarios y por abuso sexual y difamación a E. Jean Carroll. Otros dos procesos fueron desestimados tras tomar posesión de su cargo.
La alargada sombra de los archivos Epstein le persigue y ésta es solo la punta del iceberg de la precaria e insólita situación que atraviesa una administración en permanente crisis interna e internacional que no ceja en su empeño de recuperar su posición de primera potencia predominante aunque sea a base de arancelazos, misiones militares de dudosa legalidad y maniobras empresariales siempre a favor de su propia cartera.
Con estos mimbres los guionistas se rascan la cabeza pensando cómo demonios van a sorprender a los espectadores que tienen servido un espectáculo dantesco cada vez que ponen el telediario. Los titulares van de escándalo en escándalo inhabilitando todas las vías: cuesta tomarse en serio la política, más difícil todavía utilizarla como medio para abrir un sano debate e imposible tomarla a chanza cuando está en el poder un presidente meme, que lo mismo se inventa países africanos como ¿Nambia? como sugiere que la población inmigrante se alimenta de animales domésticos o que el COVID-19 puede tratarse con inyecciones de desinfectante y rayos ultravioleta. Realmente, le quitaría el trabajo a los cómicos si fuese gracioso y no tuviera un impacto tan letal con sus declaraciones y decisiones.

El efecto en lo que a la ficción se refiere ha sido el de la desactivación. Probablemente la serie más preclara y que nos trajo una figura política más parecida a Trump fue la muy recomendable, aunque también dolorosa, Years and Years a través del personaje interpretado por Emma Thompson. El plano político se desplazaba al Reino Unido, pero el contexto, las formas y la deriva resultaban visionarios.
Parece improbable que llegue una historia tan ácida e incisiva en un futuro inmediato. Nos quedan dos vías: el thriller, tal y como propone la recién estrenada El agente nocturno y que sigue la senda de Día Zero o Rehén, centrándose en la aventura y un tono ligero y el revisionismo histórico, que es a veces la fórmula más inteligente para hablar del presente desde el pasado. Es la forma que ha adoptado Anatomía de un instante en la producción patria y abre una interesantísima puerta a una comprensión más profunda de los barros que han traído estos lodos en los que nos movemos hoy.
Fue el Dr. Ian Malcolm, interpretado por el actor Jeff Goldblum en la película de 1993 Parque Jurásico quien dijo que "la vida se abre camino". En buena medida, lo mismo sucede con la realidad política en la ficción. Se abre camino de un modo u otro y encontrará el lenguaje para dialogar con los ciudadanos, aunque se lo estén poniendo realmente difícil.
