Netflix sigue intentando repetir el éxito de La casa de papel, pero siempre es mejor buscar nuevas fórmulas

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Es difícil replicar de forma indefinida el éxito: que algo funcione una vez no significa que vaya a ser siempre igual.
A veces gestionar la derrota es más fácil que gestionar el éxito: cuando algo no funciona es fácil tomar la decisión de no seguir adelante con ello, de hecho a una plataforma como Netflix no le tiembla el pulso a la hora de cancelar series que no están a la altura de las expectativas.
Cuando sí, es importante saber cuándo parar. Generalmente, estirar demasiado la goma hace que se rompa pero también es cierto que resulta casi irresistible intentar replicar aquello que sabes que, al menos una vez, dio en el blanco. Cuanto mayor la audiencia, mayor también la tentación. ¿Cómo no querer volver a acariciar la gloria?
Eso sí, como no hay fórmulas mágicas (ni siquiera el maldito algoritmo sabe decirnos qué es lo que hay que hacer para atrapar dos veces un rayo), la cosa se complica. Me explico con varios ejemplos muy ilustrativos.
Nadie podía predecir que El juego del calamar iba a convertirse en una auténtica sensación en streaming... ni siquiera su propio creador, que no la concibió como una temporada sino como un relato más o menos cerrado y coherente en sí mismo. Las temporadas 2 y 3 han sido una coda que no ha conseguido aportar nuevos elementos al conjunto. Lo que quiso decir, lo dejó claro en su trabajo primero, de manera elocuente de hecho. Lo demás, por mucho que nos haya podido entusiasmar a nivel de diseño de producción, de ampliación de escala o de incorporaciones interesantes al reparto, no ha sido precisamente novedoso sino un poco más de lo mismo. Y lo que te rondaré, morena, con la nueva versión estadounidense, el reality y lo que se les ocurra...

Qué decir de Stranger Things, que ha estado dando vueltas en círculo sin que los Duffer se hayan atrevido a poner en verdadero peligro a sus personajes, olvidándose de otros y dándole carpetazo a la serie subrayando las tramas más obvias.
Otra serie recurrente en sus formas y sus mensajes es Los Bridgerton. Si la primera temporada resultó, como poco, pícara y hasta audaz en su manera de aunar géneros rompiendo moldes y creando escuela, cuatro temporadas después podemos decir a las claras que ya estamos un poco hartos de ver todo el tiempo lo mismo. Ni escandaliza, ni es provocadora porque repite patrones tan reconocibles como anodinos. Eso sí, sigue funcionando como un tiro así que, mientras le llegue el oxígeno para avivar la llama del interés, no variará un ápice.

La casa de papel es quizás el ejemplo más puro de esta tendencia de la que estamos hablando. Una forma poco o nada sutil de replicarla era crear un spin-off y, para eso, había que escoger al que seguramente era el personaje más impredecible y extravagante del conjunto de los atracadores: Berlín. Pero, en esencia, estamos ante una estructura casi idéntica: el líder, el grupo, el golpe, el truco final. A eso hay que sumarle las versiones de otros países y las imitaciones más o menos burdas, que también las hay.
Sus creadores pensaron que podían tomar el esquema y trasladarlo a un nuevo ecosistema de personajes en un emplazamiento un poco más exótico que les permitiera bucear por temas candentes como la manipulación de masas o el miedo a un apocalipsis. Así nacería El refugio atómico, flor de un día, que despertó interés pero se agostó de forma muy precipitada.
Es una realidad: los espectadores demandan novedades, se cansan de ver siempre lo mismo incluso en universos ya conocidos. Ahí está el éxito de El caballero de los siete reinos. Los cuentos de Dunk y Egg se concibieron en un tono más liviano con la idea de aligerar la carga dramática y disfrutar del universo de Canción de hielo y fuego desde un nuevo prisma. Hay que reconocerle a George R. R. Martin el tino a la hora de "refrescar" su propia creación y hacer posible un espacio más ameno (que no exento de su sello identitario).

La cuestión es que, cuanto más va el cántaro a la fuente, más probabilidades hay de que se rompa. Ahí está uno de los grandes retos de hoy: sobreponerse al éxito y no sucumbir a la tentación de caer en el bucle. Y se puede: Gillian Anderson demostró que era capaz de superarse incluso quedándose en el mismo universo de Breaking Bad desarrollando su spin-off Better Call Saul y ahora se ha pasado a la ciencia ficción de forma brillante con Pluribus. Es solo una cuestión de apostar por lo nuevo: de base es más arriesgado, pero permite no tener que lidiar con el hartazgo de la audiencia.
