Este libro de Tolkien debería tener película (o serie): me dejó roto cuando lo leí

Tolkien tiene una obra inmensa más allá de El Señor de los Anillos, y hay varias piezas de El Silmarillion que tienen valor por sí mismas.
He leído el Silmarillion varias veces y lo amo con esa mezcla de rendición y fascinación que solo provocan los libros que exigen algo de ti. Sí, tiene partes duras. Algunos capítulos son como leer una crónica medieval, llena de nombres élficos que se parecen entre sí y de genealogías que te obligan a releer el párrafo anterior.
Pero su valor está precisamente en lo que cuenta, en las historias que contiene, cada una de ellas un mundo propio, una mitología en miniatura que Tolkien fue construyendo durante toda su vida. Y hay algo que me parece fantástico, y es que algunas de esas historias se pueden leer de forma completamente independiente, ya que se venden por separado.
No necesitas haberte tragado el libro entero para acercarte a ellas. Una de las más poderosas, y sin duda la que más me ha marcado de todas las que he leído en el universo tolkieniano, es Los Hijos de Húrin. Un libro que merece una película o una serie épica de primer nivel, y cuyo final me dejó completamente destrozado por la sorpresa.

Los Hijos de Húrin
Este libro te lleva de viaje a la Primera Edad, con dragones, balrogs y un villano aún más poderoso que Sauron.
Ver en AmazonNo te puedo contar en qué consiste ese final, claro, pero quiero que lo sepas desde el principio: este libro te va a golpear cuando menos te lo esperes, y lo vas a sentir.
Lo primero que tienes que saber antes de abrir la primera página es que Los Hijos de Húrin no es El Señor de los Anillos. No tiene su ritmo de aventura abierta y esperanzadora, no tiene la calidez de la Comarca ni el tono de historia épica con final victorioso que todos llevamos interiorizado.
Este libro es una tragedia, de las grandes, de las que beben de las sagas nórdicas y de la tradición griega. Está construido sobre una maldición, sobre el destino y sobre un personaje, Túrin Turambar, que es quizá el más fascinante y a la vez más doloroso que Tolkien creó jamás.
Un hombre excepcional, de una valentía y una destreza marciales impresionantes, que sin embargo lleva consigo una sombra que lo persigue con una constancia cruel. No te voy a contar de dónde viene esa sombra exactamente, pero sí te digo que tiene origen en algo muy humano: el orgullo, la ira y las consecuencias de desafiar a fuerzas que superan la capacidad de cualquier mortal.
El mundo en el que se desarrolla la historia es la Tierra Media de la Primera Edad, cuando Beleriand aún existía y los elfos y los hombres convivían bajo la amenaza constante de Morgoth, el gran villano antes de que Sauron ocupara ese trono.
Aquí no hay anillo único ni profecía de un hobbit elegido; aquí el mal es omnipresente, territorial y antiguo, y sus siervos más terribles campan con una libertad que en la Tercera Edad ya no tenían. Entre esos siervos está Glaurung, el padre de los dragones, una de las criaturas más terroríficas que Tolkien inventó, no porque escupa fuego o sea invulnerable, sino por lo que hace con la mente.
Sin entrar en detalles, te digo que los encuentros entre Túrin y Glaurung son algunos de los pasajes más tensos e incómodos que he leído en literatura fantástica, con una dinámica de poder y de engaño que no se parece a nada.
La narrativa avanza a un ritmo que va oscureciéndose a medida que avanza. La historia va acumulando peso con cada capítulo, las muertes se suceden, las decisiones erróneas tienen consecuencias irreversibles. Hay un punto en la lectura en el que te das cuenta de que no estás leyendo un cuento de héroes triunfantes, sino una tragedia ambientada en la Tierra Media.
Visualmente, si alguien con el presupuesto y la visión adecuados adaptara este libro en condiciones, tendríamos algo del nivel de las mejores temporadas de Juego de Tronos. Los escenarios son épicos, los personajes tienen profundidad real y los conflictos no son simples. Un dragón manipulador como Glaurung, una maldición que se extiende a lo largo de generaciones y un héroe que es a la vez su peor enemigo son ingredientes de guion excepcionales.
Léelo. Léelo aunque el final te destroce. O quizá, precisamente, por eso.
