El caso Murer: el carnicero de Vilnius
Análisis

Crítica del drama judicial El caso Murer: el carnicero de Vilnius

Por Raquel Hernández Luján

Crítica de El caso Murer: el carnicero de Vilnius, el drama judicial escrito y dirigido por Christian Frosch con Karl Fischer, Alexander E. Fennon, Melita Jurisic, Ursula Ofner y Karl Markovics, entre otros. En cines desde el 18 de enero de 2019.

El 18 de enero se estrenó en nuestro país El caso Murer: el carnicero de Vilnius, una coproducción entre Austria y Luxemburgo que en su idioma original lleva por coletilla "Anatomía de un proceso". Y eso es exactamente lo que su guionista y director, Christian Frosch, trata de hacer: diseccionar uno de los procesos judiciales más bochornosos de nuestra historia reciente.

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En el año 1963, Franz Murer era un reputado y adinerado burgués que vivía con su familia en Austria tras, supuestamente, haber saldado su deuda con la ley. Había sido condenado a 25 años de trabajos forzados en la Unión Soviética, que quedaron reducidos a seis por cuestiones legislativas tan finas como un papel, pero Simon Wiesenthal consiguió sentarlo de nuevo en el banquillo, ya en Austria, para responder por las atrocidades cometidas en el gueto lituano de Vilnius entre 1941 y 1943.

El lugar conocido como "la Jerusalén lituana" tenía una población de unos 80.000 judíos, hacia los cuales Murer mostraba una especial crueldad. De hecho, tras la guerra apenas quedaron en pie 250... Lo que le hizo acreedor del sobrenombre de "el carnicero de Vilnius".

Los supervivientes de dicha barbarie testificaron en su contra por el asesinato de 17 personas, esperando que la justicia actuara a su favor, pero el cruce de intereses, el clima político e incluso el propio aparato judicial estaban tan viciados que el pequeño show en el que se convirtió el juicio simplemente dejó constancia de su indefensión... En un juicio que por cierto se desarrolló en poco más de una semana.

Frosch trata toda esta confrontación legal en El caso Murer: el carnicero de Vilnius como si se tratara de un concierto, solo que la batuta no la lleva un director de orquesta sino que, antes al contrario, todo en la función desafina. Las víctimas son forzadas a recordar con vivacidad momentos traumáticos y a discernir con claridad cristalina detalles con los que se intenta socavar su fiabilidad; las dos partes, defensa y fiscalía, parecen tener en mente la absolución desde el principio.

Por otra parte, tenemos un jurado popular en el que se conjugan todos los males de una sociedad que no ha podido o no ha sabido pasar página: desde antisemitas reconocidos hasta indolentes ciudadanos que se han tragado el anzuelo de la obediencia debida o incluso que llegan a justificar las acciones de un hombre que no duda en vestir para la ocasión el traje regional, en un intento más de cubrirse con la piel de un cordero.

“Este caso fue uno de los escándalos más serios que ha sufrido Austria. Los responsables fueron el sistema judicial, la prensa y las políticas gubernamentales. La película muestra el pequeño peso que tiene la verdad y la justicia ante los intereses del poder”, afirma el director en las notas de prensa de la película. Pero quizás lo más estremecedor es la lectura que se puede hacer en la actualidad, aplicando la manipulación a otro nivel. Por desgracia, El caso Murer no habla solo de un procesamiento particular, ni de una escandalosa impunidad que se haya dado en una única ocasión: habla de un sistema roto. 

Entre las referencias a tener en cuenta, desde 12 hombres sin piedad hasta ¿Vencedores o vencidos? El juicio de Nüremberg, aunque también puede recordar a una obra más reciente como Negación.

El caso Murer: el carnicero de Vilnius

Se trata, por tanto, de una película llena de tensión y de lances dialécticos en el que las interpretaciones son esenciales, habida cuenta del peso específico de los testimonios, pero que descarrila mucho al final del metraje cuando, de forma incomprensible, deja de lado toda su racionalidad para mostrarnos una especie de pesadilla de uno de los personajes y un par de golpes de efecto que en absoluto necesitaba para que el mensaje nos llegara alto y claro.

Hay un determinado momento en El caso Murer: el carnicero de Vilnius en el que Wiesenthal advierte a los supervivientes que su testimonio no será suficiente para convencer al jurado (y no yerra). A la película le sucede lo mismo: parece no confiar en que toda la carga probatoria, los relatos estremecedores, las experiencias vejatorias y los asesinatos a sangre fría sean suficientes como para helarle la sangre al espectador y toma un camino casi ridículo en el último tramo de la narración. No era necesario: ya teníamos el retrato de un carnicero, así que Frosch sí yerra al forzar tanto su relato con un final que no precisaba de tanta grandilocuencia. Los mayores terrores son los que se desatan sin excesiva ampulosidad.

Valoración

Drama judicial que denuncia la podredumbre de un sistema incapaz de articularse para revisar su propia historia: no se puede ser jurado y parte al mismo tiempo.

Hobby

67

Aceptable

Lo mejor

Las interpretaciones, sobre todo de los secundarios como Susi Stach o Karl Markovics y el arranque, cuando se dispone el juicio como un concierto.

Lo peor

Por alguna razón, a la película no le basta con ser una denuncia de hechos abominables y opta por un tramo final lleno de sobresaltos que sobra.

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