Crítica de La ley de Jenny Pen, el turbio thriller que maravilló a Stephen King

Diamond Films

Crítica de La ley de Jenny Pen, la película de terror neozelandesa escrita y dirigida por James Ashcroft y protagonizada por John Lithgow y Geoffrey Rush. Estreno el septiembre.

Que Stephen King diga que es una de las mejores películas que ha visto en el año es un marchamo de calidad que precede a La ley de Jenny Pen, una película de terror escrita dirigida por el neozelandés James Ashcroft, que viene de rodar cintas como Atrapados en la oscuridad.

Es una historia sorprendente por muchos motivos que desgranaremos a continuación, pero sobre todo y en primera instancia por el giro en la carrera de un actor como John Lithgow que no nos tiene acostumbrados a este tipo de papeles y ofrece un verdadero espectáculo con su histriónica interpretación.

El otro ingrediente que se suma a las poderosísimas interpretaciones de Lithgow y Geoffrey Rush, ambos por cierto productores ejecutivos del proyecto, es una planificación de rodaje cuidada al detalle. Cada plano está estudiado para generar una sensación de extrañamiento que, unida a la desorientación del protagonista, nos pone siempre como espectadores en una situación vulnerable.

La cárcel de la senectud

El juez Stefan Mortensen es un hombre arrogante y acostumbrado a tener una voz autoritaria allá donde va. Cuando queda parcialmente paralizado tras un derrame cerebral, es internado en una residencia de ancianos contra su voluntad y encima tiene que compartir habitación para terminar de colmar su disgusto.

Sus capacidades cognitivas están muy dañadas y parece que la pérdida de habilidades es irreparable precisando del servicio de enfermería, de modo que no puede alojarse solo ni contar con el tiempo que le gustaría para estar solo leyendo.

Éste será el menor de sus problemas cuando conozca al impulsovo y despiadado Dave Crealy, un perturbado que somete a los demás a un juego sádico llamado "La ley de Jenny Pen" que consiste, básicamente, en obligar a los demás a hacer lo que su muñeca quiera.

Cuando una residente aparece muerta y el personal ignora sus advertencias, Mortensen decide enfrentarse a Crealy con la la ayuda de su compañero de habitación, el exdeportista Tony Garfield que está ya harto de ser humillado de manera sistemática. Juntos intentan acabar con ese reinado del terror.

La ley de Jenny Pen es una película de argumento muy sencillo: es un thriller psicológico de las víctimas de un acosador rebelándose contra él. Lo que le confiere un estatus de película de terror de culto es, sobre todo, la planificación de rodaje y la cuidada puesta en escena.

Los planos están matemáticamente pensados para que cada encuadre se ajuste a lo que se quiere contar añadiendo brutalidad, impacto y altas dosis de curiosidad al espectador que nunca termina de tener claro si hay un aspecto paranormal en la forma en la que el psicópata rige su comportamiento (como si estuviera poseído por la muñeca siendo ésta un elemento maligno) o si son alucinaciones del juez.

Por otra parte, se explota con mucho acierto la senectud como momento vital de mayor fragilidad y desamparo. Los pacientes con problemas de memoria son presas fáciles porque se pierden en sus ensoñaciones, mezclan planos temporales y confunden la realidad con sus deseos y esperanzas y los que están impedidos o sujetos a restricciones de movimientos más aún.

Aunque el elemento más perturbador de la película no es ese sino que Crealy termine doblegando la voluntad incluso de los que más firmemente se oponen a él. Establece con sus víctimas un juego de poder según el cual tienen que aceptar sus reglas, aunque las imponga por una voz interpuesta como es la de la marioneta de una muñeca de las cuencas vacías: un totem de poder.

Además de valerse muy bien de la composición de los planos, el director sabe cuáles escoger para que nos sintamos como las víctimas falseando a menudo el tamaño de la muñeca para que parezca más grande, haciendo uso de planos contrapicados o escogiendo con gran tino dónde y cómo posicionar la cámara para que sus movimientos parezcan especial y deliberadamente ofensivos y dañinos.

Lithgow da vida a un agente del caos estremecedor, pero la pelota queda sobre el tejado del espectador: ¿es un psicópata de cuna o la vida lo ha hecho así? ¿De dónde viene su vínculo con la muñeca? ¿Qué representa Jenny Pen más allá de su cualidad de figura de control? 

Sin embargo, el discurso también es muy potente si se analiza de manera independiente a estos elementos perturbadores. Nuestro protagonista teme perder su identidad, su memoria y su capacidad de reacción. Ser, en suma, una persona dependiente sin control sobre sus decisiones y movimientos, teniendo en cuenta quién fue en el pasado y hasta qué punto su palabra era relevante.

Eso es lo que nos conecta con él y nos permite sentirnos identificados con su lucha interna: envejecer puede ser aterrador si no estás en buenas manos.

Valoración

Nota 80

Con todos los visos de convertirse en un clásico de terror instantáneo y el marchamo de calidad de la aprobación de Stephen King, nos llega este turbio thriller psicológico en el que John Lithgow sorprende y no hay un solo plano que no esté estudiado para dar auténtica grima.

Lo mejor

Las interpretacionoes, la composición y la riqueza de los planos y el mal rollo que explora la trama.

Lo peor

Tiene un argumento muy sencillo y deja muchos flecos abiertos a la interpretación.

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Raquel Hernández Luján

Redactora

Raquel Hernández es redactora y crítica de HobbyCine desde 2010. Está especializada en cine, series y literatura así como familiarizada con las tendencias culturales de actualidad.