Licorice Pizza

Crítica de Licorice Pizza, la nueva película de Paul Thomas Anderson en la que retrata el particular universo del Valle de San Fernando en los años 70. Estreno el 11 de febrero de 2022.

Licorice Pizza es una película difícil de catalogar y, no lo vamos a ocultar, tampoco es un visionado sencillo si no se encaja su sentido del humor... y eso que ya sabemos cómo se las gasta Paul Thomas Anderson (El hilo invisible).

Para el espectador medio que vaya a la sala de cine en modo "tabula rasa" la historia más asequible es la central, que aborda el encuentro de una mujer inmadura y de un adolescente precoz, combinación complicada cuando hay sentimientos de por medio.

El toma y daca entre ambos personajes, Gary y Alana, es el eje central de un guión bastante informe en el que su relación no deja de ser un gancho para desarrollar todo el universo que le sirve de marco: los años 70 en el Valle de San Fernando.

Se trata de un lugar poblado de personajes bien curiosos con los que se irán cruzando mientras tratan de descubrir quiénes son, qué quieren hacer con sus vidas y sobre todo cómo se van a relacionar entre ellos, cuando sean capaces de afrontar algo que parece obvio desde el comienzo: que mal que les pese, se han enamorado y el baile de hormonas e intereses cruzados se lo va a poner muy difícil.

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Tráiler de Licorice Pizza, de Paul Thomas Anderson

Analizar esta película es una carrera de obstáculos que vamos a ir saltando uno por uno. Arrancamos con el título que podemos traducir como "pizza de regaliz". ¿Por qué esta elección? No es que se haya buscado una combinación excéntrica sin más, sino que tal y como el director ha explicado obedece a la forma de los discos de vinilo, oscuros como el regaliz y con forma de pizza.

Con estos mimbres ya habréis captado que la música es uno de los ingredientes principales de Licorice Pizza... y ya os advertimos que su banda sonora se dirige a melómanos muy melómanos, porque de hecho hay momentos en los que es casi omnipresente. Johnny Greenwood, por cierto, ha compuesto el tema principal para la cinta, de título homónimo "Licorice Pizza".

El estilo videoclipero de Anderson se traslada en varias ocasiones a la pantalla así que preparaos para muchos travellings, montajes picaditos y temazos de finales de los 60 y principios de los 70 del calibre de "Life On Mars?" de David Bowie, "Slip Away" de Clarence Carter, "If You Could Read My Mind" de Gordon Lightfoot o "Diamond Girl" de Seals and Crofts, por poner algunos ejemplos.

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La relación de la película con la música no acaba ahí, ni mucho menos: la actriz principal Alana Haim realiza su debut en esta cinta, pero su relación con Paul Thomas Anderson comienza mucho antes: él lleva grabando a Alana y a sus hermanas desde hace una década, cuando ella formó junto a sus hermanas Este y Danielle su grupo Haim.

Ambas, junto a sus padres, aparecen en también en Licorice Pizza. Y la Alana hija es un trasunto de su madre, amor platónico del director en su infancia, puesto que fue su profesora de arte. Cuando decimos que hay mucho de su vida personal, lo decimos por algo.

Así que sí, esa naturalidad que desprende el reparto no se debe solo al tratamiento exquisito de la fotografía, al diseño artístico y las caracterizaciones sino que tiene que ver con la forma en la que la película se relaciona con la realidad.

De hecho, a veces difuminando un poco más las fronteras con cambios de nombre y otras aludiéndolos de forma directa, se pasean por la pantalla leyendas del submundo del cine así como personalidades de la industria como Jon Peters, el mujeriego peluquero y después marido de Barbra Streisand al que da vida un histriónico Bradley Cooper. 

Hay muchos cameos más como los de Sean Penn, Tom Waits, Sasha Spielberg o el de George DiCaprio, el padre del actor Leonardo DiCarprio, así que el visionado se puede casi plantear como una pequeña maratón de "descubre quién sale en esta peli".

Pero probablemente la mejor elección de casting es la de Cooper Hoffman, hijo de Phillip Seymour Hoffman y la diseñadora de vestuario Mimi O'Donnell, que se ajusta a la perfección a su personaje, el emprendedor, por no decir buscavidas, Gary Valentine. Un muchacho carismático que ha pasado de ser un niño prodigio a un adolescente que no encaja en el perfil de niño pero tampoco en el de hombre.

Licorice Pizza es una película de exploración de fronteras, como lo es la propia adolescencia, por eso en muchas ocasiones se sitúa al límite de lo tolerable y coquetea con la voluntad de disgustar al espectador. Los personajes se ponen en peligro, tienen salidas de tono y toman decisiones exageradas, como si no hubiera un mañana. Todo eso está en consonancia con lo que la cinta quiere abordar.

Sin embargo, también es cierto que el guión sufre ese mismo planteamiento errático. El "te quiero-te odio" de los protagonistas llega a cansar y todo ese marco social de relaciones perversas en el contexto del espectáculo (habitualmente alimañas embaucando a mujeres jóvenes, exhibiéndolas, utilizándolas como reclamo y hasta dándoles palmadas en el culo como si nada), resulta vomitivo.

Lo hemos dicho al comienzo: Licorice Pizza no es una película fácil, aunque sea honesta con el momento que retrata. Se agradece que no esté idealizado de forma bobalicona y naif, pero es un viaje al pasado de los que te sacian de una vez. No apetece repetir.

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VALORACIÓN:

Realidad y ficción están en constante pugna en la nueva película de Paul Thomas Anderson, que en ciertos aspectos resulta refrescante y en otros, todo lo contrario: asfixiante. Licorice Pizza se mueve entre fuertes contradicciones y explora los límites de lo políticamente correcto, como lo hacen los adolescentes que protagonizan la película.
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LO MEJOR:

El esfuerzo por imbuirse en la ambientación de la época: desde la foto hasta la elección del casting y su caracterización. Es un baño en los 70.
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LO PEOR:

El guión está deslabazado y es errático, además de repetitivo. Quien se quede solo con la historia de amor "peculiar", hará una lectura muy simplona.
Hobby

70

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