Crítica de Rehén, la miniserie de Netflix que demuestra que estamos a un hashtag de volvernos todos locos

Rehén es un thriller político intenso y actual que quiere recordar que Europa es cautiva del populismo y la crispación social, a una mala publicación de la histeria.
Hay series que nacen para ocupar el Top 10 de la plataforma en su semana de estreno y otras que aspiran a grabarse en la memoria. A veces, las primeras pecan de tibias; en otras, las segundas se vuelven tan profundas que acaban ahogadas en su propia intención.
La paradoja de la comercialidad y la reflexión. El cine es un espejo de las inquietudes sociales, pero no es tarea fácil la de entretener, cumplir con la tasa de reproducciones y, a la vez, alcanzar la eternidad. Hoy, con estrenos a paladas cada semana, menos.
Netflix, la plataforma por antonomasia, acaba de estrenar la suya: Rehén, la miniserie de thriller que ya está entre lo más visto del momento. Una trama que mezcla secuestros con crisis sociales, que quiere ser reflexión y espectáculo, conciencia y entretenimiento de sofá.
Como suele ocurrir con estos híbridos, consigue ambas y a la vez ninguna. Pero las cinco horas de sus cinco episodios me han tenido clavado frente a la pantalla esperanzado con encontrar aunque sólo fuese una gota de inspiración de joyas como La fiebre.
La política convertida en Twitter
La premisa es jugosísima. La nueva Primera Ministra británica, Abigail Dalton (Suranne Jones), se encuentra en plena tormenta política y social por la escasez de medicamentos cuando secuestran a un grupo de médicos en misión humanitaria en la Guayana Francesa. Entre ellos, su marido.
Sólo le ofrecen dos opciones: o dimite antes de las 13:00 del día siguiente, o será ejecutado. La líder británica debe decidir entre proteger a su familia o a su país; entre un necesario egoísmo o la integridad política que tanto esperamos de quienes nos representan.
Entre tanto, la presidenta francesa Vivienne Toussaint (Julie Delpy) llega al número 10 de Downing Street para reunirse con Dalton con el objetivo de salvar los muebles de su propia carrera política a costa de las necesidades médicas del pueblo inglés.
Lo que en un principio se presenta como un thriller con secuestros y extorsiones de manual, termina evolucionando en una parábola ligera sobre Europa, la visceralidad del discurso político, la polarización social y las contradicciones y fragilidades del Viejo Continente.
En el doble filo está el atractivo de Rehén. En querer ser a la vez comercial y a la vez reflexión social. Pero no tiene la agudeza o la inteligencia narrativa como para armar un puzle que sea a la vez interesante y afilado. Pero lo va a intentar.
La nueva miniserie de Netflix refleja con acierto y precisión la fragilidad del sistema actual en un escenario que es una olla a presión. La crispación social, con populismos extremos en auge aprovechando las redes sociales como nuevos tribunales populares, es la nueva normalidad europea.

Vivimos al borde de la histeria colectiva azuzados por discursos de odio, enarbolando las banderas de nuestros ideales con el fanatismo de las barras bravas argentinas. Rehén convierte esta idea en su método para engancharte, bien apuntalado por la interpretación de Jones y sacrificando profundidad por ritmo y comercialidad.
Como Atlas sosteniendo el peso del cielo, Rehén marcha compartiendo la espalda de su protagonista, que demuestra por qué es uno de los rostros más sólidos de la televisión británica, y el la funcionalidad que imprime su director (Matt Charman, nominado al Oscar por su guión en El puente de los espías).
Pero es precisamente el guión el que tiene sus altibajos. Hay cosas que tienen que pasar, así que recurre a atajos narrativos tan evidentes que sólo faltaría una sonrisa macabra a cámara a lo Álex en La naranja mecánica. Así, empieza a primar la eficiencia sobre la brillantez hasta llevarnos a un desenlace previsible.
Y daría lo mismo, de verdad. No estoy aquí esperando a la última parada. La fiebre es un ejemplo de cómo una disección afiliada de las entrañas del poder en la sociedad moderna puede hacer que el final no importe.
Pero esa es una liga más sofisticada y analítica, como también lo consigue The Diplomat combinando tensión política y el retrato íntimo de sus personajes. Rehén no tiene esa precisión; su objetivo es populista —en el mejor y también el peor sentido— y enganchar a todo el que pulse el play.

Aún así, plantea cuestiones incómodas: ¿qué ocurre cuando la crispación social y los intereses mediáticos rompen la estabilidad institucional? ¿Cómo se enfrenta un Estado a ideas extremistas enmascaradas de opciones legítimas?
Y lo más importante de todo: consigue ser ligera sin ser banal y reflexiva sin ser una turra insoportable. Aunque la idea se disfrace para entrar en ese Top 10, malo será que no consiga despertar inquietudes en su tiro por dispersión.
No es la serie del año, ni va a cambiar la conversación política. Es entretenimiento con ligeras ambiciones sociales, un recordatorio de que somos rehenes de nosotros mismos. Con algo de suerte, reconoceremos algunas de nuestras contradicciones: estamos a un trending topic de volvernos todos locos.
Valoración
Nota 72
Rehén aspira a ser memorable desde una premisa comercial: un thriller actual y entretenido, aunque menos incisivo que joyas como La fiebre
Lo mejor
La ambición y la capacidad de reflejar un clima político crispado que conecta con la Europa actual.
Lo peor
El guion recurre a atajos narrativos y desemboca en un final tan previsible como inofensivo.