Esta serie que ha pasado desapercibida es de lo mejor de 2024, y la tienes en Movistar Plus+

Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos.
Movistar Plus+ tiene en su catálogo una de las mejores —si no la mejor— series que he visto este año: drama social y político moderno, con un ritmo espectacular y que he tenido que devorar en una maratón sin precedentes.
Corría el año 2000 en España. La peseta tenía las horas contadas y en el cine todos queríamos ser Máximo Décimo Meridio, el hispano gladiador y comandante de las tropas del norte. También nos prometieron la primera rebelión de las máquinas con el llamado "efecto 2000".
Pero en los campos de fútbol, Luis Aragonés se metía en un follón: después de sustituir a Samuel Eto'o en un partido del RCD Mallorca, respondió a los aspavientos del camerunés agarrándolo del pecho y zarandeándolo para meterlo en vereda.
Fue la primera; luego vino la arenga a Reyes sobre Henry que sólo buscaba motivarlo, las acusaciones de racismo y las declaraciones del Sabio de Hortaleza que decía que sus mejores amigos "son dos personas de color, negros, vamos". Y desde entonces hasta hoy no han faltado, para desgracia del fútbol y de la sociedad, nuevas polémicas en torno al racismo en los campos.
Tanto que en el cierre de la temporada en la Ligue 1, la estrella francesa de origen africano Fodé Thiam pega un cabezazo a su entrenador al grito de "sucio toubab", un apelativo despectivo hacia los blancos.
Nadie sabe qué ha pasado, pero las redes empiezan a arder. El club de Thiam tiene una crisis monumental con su jugador franquicia, Francia está más polarizada que nunca en medio de un debate racista encolerizado y, mientras tanto, una empresa de comunicación tiene que salvar el pellejo de todos los implicados, reducir daños... y hasta frenar una guerra civil.
Estos dos últimos párrafos, por suerte, son pura ficción. Es la sinopsis de La Fiebre (La Fiévre), una joya oculta en el catálogo de Movistar Plus+ que firma Eric Benzekri, creador del también impecable drama político Barón Negro (Baron Noir, 2016), con Nina Meurisse, Ana Girardot, Alassane Diong y Benjamin Biolay como protagonistas de los seis episodios de la serie.
Lo más probable es que no te suene ni uno solo de estos nombres. Puede que tampoco conozcas a su creador, ni qué decir de su productora. Esa es una de las razones por las que La Fiebre ha caído enterrada en el catálogo de contenidos disponibles en Movistar Plus... casi esperando a ser encontrada por arqueólogos del streaming.

Vale, sé que suena demasiado rimbombante. Arqueólogos, dice. No por ello menos alejado de esta realidad que vivimos y que tropieza con la otra razón de su ignominia: la de las decenas de estrenos semanales entre incontables plataformas para las que nos faltan falanges en cada mano con las que contarlas. Y tras el bombardeo de contenidos, surgen brotes verdes que hay que desenterrar.
La Fiebre trabaja en varios planos del drama social y lo borda en todos ellos. Sin despilfarros ni alardes grandilocuentes; es tan precisa y redonda como una receta de pastelería de horno de pueblo. De esas que te hechizan con su olor desde la calle, ejecutada con el detalle de un orfebre, pero, a la vez, tan humilde como sus ingredientes y las manos que le dan forma.
Ahora es mi turno para ser tu flautista de Hamelín y convencerte para que, cuando hayas visto el puñado de estrenos obligatorios sobre los que tus amigos te pasarán lista en el fin de semana, des una oportunidad a una pequeña serie francesa sobre la que tú —o eso espero— continúes esta melodía de recomendación.
¿La mejor serie política del año?
Fútbol. Racismo. Polarización. Es el viejo truco de la teletienda; si he conseguido robar tu atención, eso que tenemos ganado. Sobre estos temas principales pivota La Fiebre; a rabiosa actualidad no le ganan. Y visto lo visto, da igual cuándo leas esto.
Pero el fútbol es sólo una excusa. La misma que usan los fanáticos para la violencia y de la que se alimentan los más espabilados, jugando su propio partido de egos y poder. Una guerra mediática que enfrenta al país entre posturas sociales y políticas, con la sombra de la extrema derecha ganando terreno a través de la desinformación.
En este campo las líderes son dos mujeres: Sam Berger (Nina Meurisse), trabajadora de la empresa de comunicación que debe salvar al club, y Marie Kinsky (Ana Girardot), una instigadora e influencer política que instrumentaliza el acontecimiento del cabezazo para prender la mecha de una guerra civil.
Dos discursos enfrentados en la visceralidad con un detonante tan sencillo como una pelea en el fútbol, pero que esconde un entramado extremadamente complejo cuyas raíces llegan mucho más allá de la primera frontera política y racial; la familia, el poder, la fama, el dinero y, en última instancia, aunque en primer plano, la soberbia identitaria.
Aún con toda la complejidad de estos temas, la serie consigue llevar un ritmo imparable sin dejar de lado a sus personajes, siendo sus pasados una parte fundamental sobre la que se asienta el conflicto.
Junto a ellos también reflexionaremos sobre la adicción al trabajo, las obsesiones personales y nuestra irrefrenable necesidad de encontrar significado a lo que hacemos y a quiénes somos. Sam se verá sumergida en una crisis interna que sólo es el reflejo de la misma sociedad que es incapaz de comprenderse a sí misma.
Lo mismo pasa con Fodé Thiam y el papel de los jugadores de fútbol —y de tantas figuras de influencia, en definitiva— en los discursos de odio y en su posicionamiento. Su personaje sufrirá las consecuencias de posicionarse, pero también las de evitar el conflicto. La espada en el pecho, la pared detrás y la decisión supeditada a la tensión absoluta. Otro espejo más.
Puede que estás pensando: "Viendo la profundidad temática de La Fiebre, tiene que ser una turra de campeonato". Y yo estoy encantado de poder negarlo. Su desarrollo es sesudo, sí, pero estructuralmente excepcional. Consigue explicar conceptos sociales y políticos complejos de forma sencilla y, aquí está la clave, adictiva.
Es una de esas series que vas a tener que maratonear. Es moderna, afilada e inteligente a rabiar, y cada episodio da un paso más en la escalada de violencia verbal y física que, paradójica y estremecedoramente, tiene poco de descabellado.
Junto a Sam y Marie, veremos cómo las redes sociales son utilizadas por todos como cámaras salvajes de eco que retroalimentan ideas falsas, medios de comunicación agazapados como aves de rapiña que han olido la sangre y políticos que sólo levantarán la vista si pueden apuntarse un tanto.
Viendo quién es su creador, la sorpresa llega al final: la primera temporada de La Fiebre cierra con uno de los mejores cliffhangers del año. Vamos, que pone la guinda a un pastel difícil de superar.

La Fiebre no podría ser más oportuna. No sólo por los casos de racismo en el fútbol y las últimas polémicas en los estadios, sino por la polarización que golpea a Occidente y que ha convertido las Cortes Generales de sus países en un bochornoso espectáculo al servicio del fanatismo y el morbo.
La espiral de violencia sigue escalando al ritmo de la desinformación, convirtiendo cada atisbo de información en una guerra ideológica que esta serie francesa consigue retratar desde sus entrañas, más en una Francia que este mismo año ha declarado el estado de emergencia por disturbios.
La arena de ese coliseo de gladiadores al que nos lanzan nos ciega a nosotros. Los mismos que transportamos los discursos de odio con los que somos manipulados consciente e inconscientemente. Porque da igual la verdad; lo importante, en un maquiavelismo despiadado, es el fin. El de los objetivos y el del remate a la sociedad.
