Crítica de Backrooms, el terrorífico creepypasta que salta al cine para exprimir la paranoia espacial

Crítica de Backrooms, la película de terror de Kane Parsons protagonizada por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve. Estreno el 5 junio.
A medio camino entre el relato de supervivencia extrema de Cube (por aquello del escape room extremo) y el desasosiego existencial y paranoico de Separación. Así se ha alumbrado Backrooms, película que bebe primero del fenónemo creepypasta de The Backrooms y posteriormente del corto viral de metraje encontrado que amplifica aquí Kane Parsons añadiéndole otras capas de significado.
La película es un bombazo al otro lado del charco y está revolucionando el cine de terror de bajo presupuesto encontrando a su público objetivo en la audiencia joven, como le ha ocurrido también a Obsession. Esto deja claro que hay ganas de ver cosas nuevas, alejadas de franquicias e IPs ultraexplotadas y que, cuanto más cautivadoras sean para la imaginación, mejor.
Antes de profundizar un poco en el análisis de la película, merece la pena comprender qué es lo que hace que la premisa principal sea tan inquietante y para eso hay que pararse a pensar en los espacios liminales o, lo que es lo mismo, los lugares de tránsito o umbrales. Se pueden definir como portales o zonas de paso para ir de un lugar a otro.
En el caso de las "puertas traseras", atravesar ese umbral lleva a un lugar en el cual se da una arquitectura imposible y por tanto un fenómeno de extrañeza espacial, como de laberinto sin fin. Es un lugar perturbador porque cuanto más se explora más parece ampliarse, de modo que en él no rige la lógica de la física, como si pudiera contener todo el universo en su interior, paradógicamente.
En un plano existencial extraño
En los años 90 Clark regenta una tienda de muebles que no atraviesa su mejor momento. A pesar de sus intentos por anunciarse por televisión para reflotar el negocio, no consigue nuevos clientes ni aliviar tampoco su frustración por su reciente divorcio que le lleva a vivir en la propia tienda, la mayor parte del tiempo alcoholizado.
Cuando descubre que sus facturas de la luz se han disparado, contrata a un técnico para que revise la instalación eléctrica de la tienda, descubriendo así dos fusibles que parecen no conectar con nada. Sin embargo, cuando se queda a solas, descubre una zona de la pared del sótano que es capaz de atravesar y le lleva a una serie de estancias amarillas que se extienden hasta el infinito, conectándose unas a otras.
Muy alterado, acude a su terapeuta, a la que hace partícipe de su descubrimiento tan entusiasmado como impaciente por seguir explorando el lugar. Ella, que conoce bien los problemas que está atravesando y su tozudez para cambiar sus rutinas o incluso de reconocer los errores que le han conducido a su estado actual, recela y solo un tiempo después de que desaparezca se decide a visitarlo en su lugar de trabajo, donde encuentra el portal.

Parsons tiene la audacia de transformar un fenómeno nacido en Internet en una película con muchas capas de significado con la cual consigue sorprender. Llama la atención su capacidad para crear atmósferas inquietantes y opresivas con esos pasillos repletos de estancias, con el zumbido de luces fluorescentes uniformes e intrigantes muebles apilados cuando no fagocitados por el propio suelo, como si quisiera absorberlos.
Juego, set y partido para la dirección artística, que traslada esa sensación de extrañeza y a la vez familiaridad tan característica.
Pero sobre todo, destaca cómo juega con aspectos metafóricos como lo que supone alimentarse de recuerdos o perderse en una memoria difusa que va desvirtuando la realidad hasta que no es reconocible.

Backrooms tiene un punto de originalidad muy peculiar, a pesar de que permite establecer paralelismos con películas o series muy famosas. Podría ser un episodio de La dimensión desconocida, por ejemplo, y también convertirse en el arranque de una franquicia de terror existencial, menos basada en jumpscares y más pegada a esos miedos atávicos y ancestrales relativos a la posibilidad de perderse, de adentrarse en lo desconocido o de enfrentarse a la falta de lógica espacial.
Tiene sentido y funciona por sí misma, pero también despierta suficiente curiosidad como para poder continuar en un futuro no muy lejano. Kane Parsons ha dejado caer que está trabajando en ideas interesantes que servirían de continuación y, ya dentro de este laberinto argumental, va a ser imposible resistirse a la tentación de seguir explorando las backrooms.
Valoración
Nota 80
Una propuesta de terror desconcertante a medio camino entre un escape room extremo y un pavor existencial alimentado por una atmósfera opresiva y sofocante digna de Separación.
Lo mejor
La soberbia dirección artística y las capas metafóricas del argumento.
Lo peor
En el último tercio se complica con algunas ideas que resultan algo extremas: funciona mejor cuando insinúa que cuando muestra las cosas de forma directa.

Raquel Hernández Luján
Redactora
Raquel Hernández es redactora y crítica de HobbyCine desde 2010. Está especializada en cine, series y literatura así como familiarizada con las tendencias culturales de actualidad.