Crítica de El último samurái en pie en Netflix: puro espectáculo que enorgullecería a Sekiro

El último samurái en pie
El último samurái en pie

Una serie con una acción espectacular con estética de anime y videojuego, fotográficamente hipnótica pero lastrada por un guion tramposo y formulado.

Hay productos que prometen ideas, reflexiones, aprendizaje. Otros prefieren recoger las mieles del espectáculo. Y la mayoría, inevitablemente, caen en uno u otro lado de la balanza sin que ese sea realmente su objetivo.

El algoritmo de Netflix sabía bien lo que hacía cuando me anunciaba El último samurái en pie hace algunas semanas: el Japón feudal, acción con Samuráis, una fotografía que parecía impecable y la fantasía inevitable del Battle Royale.

¿Que me esperaba el resultado? Sí, pero la nueva serie de Netflix ha conseguido sorprenderme con una plasticidad tan absolutamente hipnótica que le podemos conceder la licencia de tener un guión tan formulista.

El último samurái en pie se estrena en Netflix rodeado de etiquetas: El juego del calamar llega al Japón feudal, Shogun versión Battle Royale, Sekiro se estrena en las plataformas de streaming...

Lo que tenemos realmente es una producción japonesa que promete historia y espectáculo, cumpliendo con una convicción adolescente y brutal a partes iguales. Una producción partida por el drama histórico —que finge ser en fondo— con la del anime desbocado puro fan service.

Un alma partida como la que he tenido viendo los seis episodios de la primera temporada; como si sufriera las fases del duelo, he pasado de mirar con los ojos entrecerrados sus atajos narrativos a disfrutar como placer culpable con el impulso de la acción.

Basada en la serie de novelas Ikusagami de Shogo Imamura, tenemos un juego de supervivencia por el Japón feudal lleno de brutalidad estética y una despiadada mirada para el combate.

La trampa del guerrero

Japón vive el ocaso de los samuráis. Los avances tecnológicos y la llegada de las armas de fuego apartan de la sociedad a otrora guerreros de leyenda con la Restauración Meiji, rompiendo con su estatus social y su medio de vida.

Shujiro Saga, uno de sus más reconocidos estandartes ahora arrebatado de sentido y acechado por la inminente muerte de su familia a manos del cólera y la pobreza, se ve arrastrado a un macabro torneo mortal para samuráis organizado en la clandestinidad.

¿El premio? La salvación moderna: una cantidad obscena de dinero que libraría a su mujer y a su único hijo superviviente de las garras de la muerte. Pero conseguirlo tendrá vendrá de la mano de la equivalencia, obligado a luchar por su vida hasta ser el último samurái en pie.

Shujiro seguirá un camino lleno de obstáculos para llegar a Tokyo, el último escenario de combate, mientras protege a una niña y es perseguido por los fantasmas de su pasado entre conspiraciones, ricos que apuestan por el entretenimiento y el renacer de un aletargado bushidō.

El último samurái en pie
El último samurái en pie

Lo primero que me encuentro es una puesta escena por la que es difícil no dejarse enamorar. Los bosques húmedos que esconden templos de madera vieja al ritmo de una lluvia que habla de solemnidad parece dar pasos hacia un relato más cerca de Harakiri que de El juego del calamar.

Pero la cosa no se queda ahí. Una escena bélica retumbando con música de tragedia, samuráis blandiendo katanas con un vestuario que apunta al rigor histórico, un héroe derrotado con mirada de épica contenida.

Enamorados de su cultura, sí. Tramposos, también. Porque El último samurái en pie es un maestro de las piruetas narrativas que aterriza sin remilgos en un primer duelo de katana con el tiempo bala de Matrix, flechas desviadas con la espada y una gracilidad sobrehumana.

Las puertas del torneo se abren y la serie se desnuda. No, esto no va a de realidad histórica; esto es una fantasía samurái con el potencial visual del anime y la estructura de un Souls-like. Y no va a ser a mí al que le amargue un dulce.

La serie apuesta su todo a unas escenas de combate sensacionales. No sólo en espectacularidad, sino en la inteligencia visual con la que dirigen la cámara y cómo su ejecución marca las influencias de los videojuegos y el manga.

Cómo no se va a hablar de Sekiro o de los duelos ceremoniales de Ghost of Tsushima cuando la cámara decide moverse libremente desde el POV a la tercera persona o en movimientos circulares imitan el lock-on de FromSoftware. Y qué gusto da poder decirlo.

Las coreografías tienen timings de parrys e incluso los combates individuales se presentan como mini-jefes que funcionan narrativamente como fases o checkpoints. Sólo me han faltado zooms ultrarrápidos al primer plano de sus miradas para irme a por las palomitas.

Bromas aparte, hay un interés genuino en dotar de creatividad cada plano-secuencia de combate. Hace alarde de trucos de montaje para hacer travellings imposibles y convierte el escenario en un elemento más para hacernos sentir parte del caos.

Entra el guión, entra el problema

Toda la electricidad se diluye en un guión descaradamente tramposo que necesita conectar puntos, reciclando de forma evidente todas las fórmulas un género que tenemos muy reciente y muy quemado.

Es el código del battle royale moralista. Ricos aristócratas que apuestan por entretenimiento la vida de los pobres mientras ríen y se tapan los labios con servilletas bordadas. La niña inocente que humaniza al héroe. El arco de redención de un protagonista que sigue atascado en el pasado.

La serie lleva tan lejos su atrevimiento que, en un punto de la trama, decide separar al grupo sin siquiera declararlo. Como cuando el típico slasher divide a sus adolescentes autoconsciente del truco. Lo mismo, pero sin un motivo ni remotamente explicado, ya no justificado.

El último samurái en pie
El último samurái en pie

Utilizando la fórmula de Groucho Marx: "Estas son las motivaciones de mis personajes. Si no le gustan, tengo otras". Nada se mueve en la serie con el rigor al que apunta su factura; no hay psicología ni desarrollo narrativo subrepticio, sólo una necesidad imperiosa de avanzar al siguiente jefe.

¿A dónde nos lleva esto? A unos personajes arquetípicos, unas motivaciones sacadas de un manual de emoción básico y una profundidad que se viene abajo si la sacudes como un árbol. Y da exactamente lo mismo, porque funciona: es pura mercadotecnica, espectáculo, sangre, katana y videojuego.

Y no seamos tan ingenuos como para pensar que no son conscientes de ello: Michihito Fuji, director y creador de la serie, tiene un Premio de la Academia Japonesa (los Óscars nipones) por el thriller Faceless.

La intención es utilizar toda la maquinaria de la tradición japonesa como reclamo comercial aprovechando el material de las novelas originales e intentar transformar el drama de época en algo no exclusivo de las generaciones mayores.

Esto, traducido a la crisis de la capacidad de atención y la sociedad del doom-scrolling, significa sacrificar parte del poso ético e histórico para que todo el mundo sea capaz de "aguantar" la turra identitaria, cultural y  social que supuso el fin de los samuráis y la industrialización de Japón... reduciéndola a fondo de pantalla.

El último samurái en pie
El último samurái en pie

El último samurái en pie es la demostración de que Netflix quiere entender mejor el algoritmo que la profundidad narrativa. Es menos lúcida que Shogun, menos impactante que El juego del calamar por tiempos y una sombra de la narrativa de mangas como Kenshin.

Pero aún así... es increíblemente entretenida. No sé definir en qué momento dejé de estar preocupado por sus vagas intenciones de justificarse; si la entiendes como un anime live-action, es para ti.

La cultura japonesa, para este caso la samurái, aunque sacudida por las inclemencias del mercado global, sigue siendo una de las mitologías más fértiles para el audiovisual.

No es la serie que necesitas para hablar del fin de los samuráis. Es la que demuestra, aunque sea a espadazos, que una parte del bushido siempre estará vivo en la ficción.

Valoración

Nota 76

El último samurái en pie mezcla Japón feudal, anime y videojuego con una plasticidad hipnótica, pero su guion recicla todas las fórmulas del battle royale. Menos profunda que Shōgun y menos interesante que Kenshin, es producto-espectáculo puro… muy disfrutable

Lo mejor

Las escenas de acción son ambrosía emanada del videojuego: una cámara libre que persigue el combate con la influencia del anime convirtiendo cada duelo en pura plasticidad y energía visual.

Lo peor

El guión comete todas las trampas a cara descubierta reciclando clichés y fórmulas conocedor de su objetivo puramente comercial.

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