Age of Empires II Definitive Edition

Creo que ya he dicho alguna vez por aquí que los PC y yo nos llevamos fatal. Peor que mal. Tengo la sensación de que se cuelgan en cuanto me acerco, así que prefiero no acercarme mucho. 

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Claro que es un odio mutuo que viene de lejos. Sé perfectamente que los PC de hoy en día no tienen nada que ver con los de hace 20 años. Aun así, cuando me planto frente a un PC me da así, como cosilla. Un repelús que no veas. Pero todo tiene su explicación y si jugabais en la época en la que lo que molaba era tener un 386 a 40 MHz, con 80 megas de HD y 8 megas de RAM, sabéis a lo que me refiero… 

Por aquél entonces, había un espacio de la BIOS de 640 k en el que había que instalar todo lo que necesario para que el PC arrancara y, además, los complementos que pudieras necesitar para trabajar (ejem). Por ejemplo, un ratón. 

Porque a principios de los 90 no existía Windows y todo se ejecutaba tecleando comandos en la pantalla. Nunca escribáis, “DEL *.*” si no estáis 100% seguros de en qué directorio estáis. Ya lo hice yo y os garantizo que no es buena idea…

Para jugar, tenías que instalar el ratón. Y el juego, disquete a disquete. Tardaba la vida. Y que no diera error, y que, además, al reiniciar hubiera cargado todos los drivers pertinentes. Que si el de la tarjeta de sonido, que si el de la tarjeta gráfica… 

Y no vamos a hablar del aoutoexec.bat y el config.sys: de su dominio dependía que esos 640 k dieran para jugar… o que el ordenador no arrancara. ¿Os imagináis mi cara cuando me dio este error: “imposible encontrar el ratón, pulse el botón derecho para continuar”? Capullo, pensé, si no lo encuentras, qué quieres que pulse. Y se lo planté en toa la cara.

Bueno, se me ha ido la mano: esto era un 8086... Todavía peor

El PC me daba demasiados quebraderos de cabeza, así que decidí seguir jugando con esas maquinitas deliciosas que había descubierto: las consolas. Sin instalación, sin zarandajas. Sin teclados, sin ratones (casi siempre).

Miraba con ojitos las maravillas que se podían jugar en PC y que no se podían jugar en consolas. Pero hacía de tripas corazón y, cuando algo me llamaba mucho, mucho, enredaba a mi novio para jugarlo con él en su PC. A él no le tenía manía. Y no era difícil de enredar… 

Además, las aventuras gráficas se juegan muy bien en comandita: “Que pruebes a combinar esto con aquello. ¿No has visto que hay una cerradura? ¿Y si te agachas primero?”. Vale, corrías el riesgo de acabar con la relación, pero ¿y lo que te reías?

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Menos cuando se empeñaba en jugar a un simulador de vuelo y yo huía espantada, claro. ¿Tener que usar todas las teclas de un teclado y hasta combinaciones para manejar un juego? Que yo he venido a divertirme, no a estudiar...

En aquellos momentos, de tanta tecla, tanta instalación y tanto máster acelerado en informática (¿sabéis que esa limitación de espacio en la BIOS era la causa del efecto 2000?) me convencí de que el PC no era para mí. Es más, me convencí de que era una máquina del demoño

¿Y cómo puedo yo jugar a esto?

En esto que llegó Age of Empires II. Y, ya en nuestra casa, mi pareja insistía: te va a gustar. Me había reventado varias veces el Dune II en Mega Drive, había jugado a Command & Conquer (creo que en Saturn) y en mi LCIII (un Mac que tenía en casa para trabajar) me había jugado Syndicate y los Theme… Y sí, aquello me gustaba. 

Me gustaba tanto, que le dejé que me enseñara a encender el PC (suena fácil, pero había montado un sistema de switchs para tener varios PC al mismo monitor y no recuerdo qué más cosas) y hasta me animaba a encenderlo yo solita y a pasar largas, larguísimas, tardes, dirigiendo ejércitos. 

Age of Empires II

Cuando me iba a dormir, veía soldaditos con la barra de energía sobre la cabeza y, en mis sueños, diseñaba estrategias para que no me destruyeran la Maravilla. Aprendí táctica militar (nunca habría lanzando a la caballería ligera a un ataque abierto a las puertas de una fortaleza, aunque fuera Invernalia) y usaba una imparable técnica con los lanzapiedras. El PC no era tan odioso después de todo. 

Age of Empires II se convirtió en mi particular obsesión. Me fascinó y me atrapó como pocos juegos lo han hecho (y yo soy un poco compulsiva). AOEII II logró que dejara de odiar al PC… aunque su influencia no me duró mucho. La cabra tira al monte y las consolas siempre han sido infinitamente más fáciles. Incluso cuando el PC se simplificó. Sin requisitos mínimos, sin incompatibilidades. 

Bye, Bye PC

Creo que no me he vuelto a enamorar de un juego de PC como lo hice con Age of empires II. Ni si quiera con otros “Age”. Tengo la Definive Edition, y le eché un ojo, pero, como me conozco, he preferido dejar a William Wallace a su suerte, no vaya a ser que no haga otra cosa en semanas…

No hace falta que me gritéis, que ya lo sé. Las cosas han cambiado tanto, tantísimo, que ahora es tan fácil jugar en PC como en consola. Incluso más en muchas ocasiones. Ya puedes hasta usar el pad que te resulte más cómodo, ¿el de Xbox, el de PlayStation?

Las consolas ya instalan también. Ya pueden darte error de instalación. Se pueden corromper tu partidas, puede atragantárseles un parche, la puedes cagar con una actualización de firmware, pueden hacerse un lío con una descarga digital… Pueden apagarse súbitamente, tardar en arrancar, dar errores incompresibles…

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Los PC parecen cada vez más consolas y las consolas parecen cada vez más PC. Ya lo he comentado también alguna vez (veo que me repito). Esa línea que yo tengo tan clara en la cabeza está cada vez más difusa. Pero sigo prefiriendo las consolas para jugar, el PC me sigue echando para atrás. 

Sí, tengo prejuicios. Prejuicios basados en cosas que eran verdad hace 30 años, pero que ahora son, cuando menos, inciertas. No creo que me convierta en jugadora de PC de la noche a la mañana, pero al menos no seguiré odiando el PC. 

Ojalá pudiéramos reconocer el resto de prejuicios que todos tenemos en la cabeza, a veces también justificados por verdades de hace mucho tiempo, y cargarles un parche de actualización. A lo mejor nos daríamos cuenta de que muchas cosas que odiamos, las odiamos por razones equivocadas. Y que verdades que creíamos absolutas son ideas caducadas hace mucho tiempo. 

No quiero mencionar algunas que leo con bastante frecuencia, porque no quiero herir más sensibilidades, pero muchas veces bastaría darle una oportunidad al objeto de nuestro desprecio para darse cuenta de cuánto estábamos equivocados…

Puede que hasta Alberto Lloret se equivocara en su newsletter de la semana pasada con su apreciación de 2022… A veces hasta los más sabios se pueden equivocar y este año, al final, va a ser mucho mejor de lo que hasta ahora parece. Solo hace falta darle el beneficio de la duda…

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