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La opinión de
Rafa Dominguez

Los Premios Oscar y su reconciliación con el público

Parásitos
Una nueva década arranca en la Academia y los Oscar con el éxito de Parásitos. Una en la que el público y los académicos, tan distanciados en su criterio cinematográfico, podrían volver a abrazarse bajo el amparo de la nostalgia de tiempos pasados. Analizamos los datos para comprender por qué la última edición de los Oscar podría remontar la caída en picado del entusiasmo que suscitan los premios.

La 92ª gala de los Oscar deja atrás una década en la que la Academia se había distanciado profundamente del querer popular en sus premiaciones, convirtiéndose, paradójicamente, en una noche que pasará a la historia por lo contrario: Parásitos, la cinta surcoreana de Bong Joon-Ho, se ha alzado con la estatuilla a la mejor película del año, al mejor director, al mejor guion original y, cómo no, a la mejor película internacional. Un hito no sólo por su condición de película de habla no inglesa, sino porque podemos considerarlo un acto de redención para con el público general que veía cómo en los últimos años copaban las premiaciones títulos cuyo recorrido, fuera de la Academia, ha sido limitado.

Parásitos ha conquistado a los espectadores internacionales (unos cuantos millones de dólares de marketing mediante), pero no ha sido la única. Joker, la gran representante de este año en los Oscar entre el género de los superhéroes del cómic, se ha llevado a casa el premio a la mejor banda sonora y, por supuesto, el del premio rendido al clamor popular: el Oscar al mejor actor protagonista para Joaquin Phoenix. Un premio que goza de esa satisfacción perdida en la que espectadores y académicos se funden en un resultado común, rindiéndose ante la excelencia; ante un cine que puede conquistar el corazón del espectador medio y las exigencias del profesional. Y el éxito de la gala no hace sino confirmarlo: el cine necesita más Parásitos y más Joker.

Cualquier tiempo pasado fue mejor

Analizando los datos de décadas pasadas, sólo con echar la vista atrás a los 2000 podemos encontrar una pila de nombres para el recuerdo que triunfaron en los Oscar: Gladiator, El Señor de los Anillos o Million Dollar Baby son ejemplos convertidos instantáneamente en clásicos de revisionado obligatorio. Y si nos vamos a los 90, qué os puedo contar: Braveheart, Forrest Gump, La lista de Schindler, Sin perdón o El silencio de los corderos. Tomando como muestra aquellas películas que se alzaron con el máximo galardón de la Academia y remontándonos a las décadas de los 90 y los 2000 para realizar una comparativa, vamos a divertirnos.

La erótica de los datos nos dice que, siguiendo los votos de los usuarios de Filmaffinity, los premiados a la mejor película en los Oscar en la década de los 90 alcanzan una media total de 7,6 puntos. Exactamente el mismo resultado que si aplicamos la fórmula a las premiadas de los 2000. ¿El resultado de los últimos 10 años? Cinco décimas por debajo de las dos anteriores décadas: un 7,1 raspado suma la media de ganadoras del Oscar a mejor película. Podríamos hablar de un ligero descenso en el nivel de los premiados respecto a la impresión del público, pero no nos precipitemos.

Siguiendo las puntuaciones de esta plataforma, el gran representante del público de los 90 en los Oscar, esto es, la película premiada con mayor puntuación; fue La lista de Schindler con 8,6 puntos de media. Por parte de la década de los 2000, tendríamos a la todopoderosa saga de Peter Jackson con El señor de los anillos: El retorno del rey y sus 8,1 puntos. La última década entraría en la competición con The Artist y Green Book, ambos empatados con 7,6 puntos para el público. Y llegamos al punto de inflexión: la nueva década en los Oscar abre sus puertas con Parásitos alcanzando los 8,1 puntos totales hasta la fecha.

El análisis cuantitativo a vuelapluma, dejando al margen otros tantos factores que han influido en las votaciones populares, podría arrojar que el nivel general de la producción cinematográfica del 2010 al 2019 habría caído respecto a sus predecesoras, recuperando sensaciones con este último año. Incluso a nivel cualitativo podemos encontrar una diferencia drástica entre la posición que ocupan El Señor de los Anillos y La lista de Schindler en el imaginario colectivo respecto a The Artist o Green Book. Sin embargo, hay un dato que puede ayudarnos a arrojar algo de luz para demostrar que las películas premiadas no hacen justicia al sentir del público en la década pasada: aquellas que no alzaron la estatuilla al cielo de Los Ángeles. 

El Señor de los Anillos

La película más votada de los 90 que no alcanzó el Oscar nos deja un empate con dos títulos que apenas os sonarán: Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption) y Pulp Fiction, con 8,6 puntos que coinciden con los de su representante premiado. El nivel del cine en los 90 es indiscutible y se nos quedarían el tintero títulos como La vida es bella, American History X o Se7en. Los 2000 no se quedarón atrás: Ciudad de Dios lidera la tabla con 8,4 puntos, seguida de El pianista y Gran Torino con 8,2 puntos.

Llegamos al dato más interesante: el premio a la película sin Oscar más votada de la década del 2010 es para... Intocable y Origen, ambas empatadas con 8 puntos. Dos cintas que hemos recomendado hasta el aburrimiento a nuestros amigos, pero no son las únicas: La La Land, Her, La red social, Django desencadenado, Interstellar, Whiplash, Shutter Island o Cisne negro son la demostración última de que el criterio de público y academia se ha dividido más que nunca en la última década. Películas que fueron un fenómeno de crítica y audiencia que se quedaron sin recompensa en la meca del cine. Películas que comparten nota o superan, precisamente, a ganadoras de su año como En tierra hostil, Moonlight o 12 años de esclavitud.

Es un hecho que las ganadoras al Oscar a la mejor película de los últimos 10 años han caído en el ostracismo tras la carrera. Esto no significa que las votaciones populares y aleatorias de una plataforma sienten cátedra, ni mucho menos. Tampoco que sepamos más que los académicos, Orson Welles nos libre, sino que el criterio de selección ha caído un poco más —porque no es una novedad que películas "de corte Oscar" como Una mente maravillosa se lleven el premio— en pos de la mayor peripecia técnica y, todo sea dicho, cultural. Porque entre sus tendencias también ha estado la representación de minorías que responden a la agenda como manifestación del nuevo paradigma de igualdad que persigue la sociedad moderna.

La política, sin embargo, ha existido, existe y existirá en cada edición, como lo hace en la propia película surcoreana, pero jamás debería ser determinante si lo que esperamos es una gala con premios que entusiasmen, precisamente, a quienes mantienen viva la llama del cine. Tomando por descontado que la Academia jamás podrá satisfacer las necesidades de cada espectador dado que su fin último es premiar a la excelencia, la comparativa nos demuestra que construir una buena historia, con la personalidad suficiente como para elevar su contenido sin convertirse en puro fan-service o una respuesta inmediata a la agenda, puede no quebrantar el juicio profesional de los Oscar y reconciliarlos con el público que ha dejado de ver la gala.

Parásitos no es una película perfecta, pero a través de su exquisita narrativa ha encontrado el camino por el que en años anteriores veíamos transitar a películas que marcaron época. El cine de grandes autores que encuentran el equilibrio de una propuesta más popular sin dejar de cuidar su propio lenguaje. Dentro de otros 10 años, cuando recordemos décadas pasadas, querremos pensar en títulos con defectos como Parásitos y Joker, como La La Land y Her. En películas que remueven pulsiones allá donde el arte completa su significado. En apuestas con corazón donde la técnica sea su cómplice, como han demostrado películas que se han quedado a las puertas a merced de cumplir con la presión del lobby de turno.

Aunque esté pidiendo a los Oscar que dejen de ser los Oscar, ediciones como esta podrían sembrar la semilla que recupere la chispa que hace de la gala un acontecimiento memorable, y no en un entretenimiento del que apenas recordaremos nada pasados 10 días. Porque ver sonreir a Bong Joon-Ho admirando su estatuilla parece eliminar la barrera que nos separa para hacernos formar parte de ese mundo que despierta pasiones y odios con vehemencia. Porque a todos nos gusta el cine y a todos nos pueden gustar los Oscar.

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