Crítica de Duster: la carta de nostalgia de Abrams llega a Max con estilo, pero corta de emoción

Duster es puro sello Abrams: una postal setentera que prefiere entretener con nostalgia sin enredarse en trascender más allá del homenaje.
Como buen nostálgico que soy, mirar por el retrovisor es una delicia. También lo es para el cine y la televisión; demasiadas veces en forma de remakes, pero, otras, para hacer florecer entre notas de blues, pelos afro y chaquetas de cuero rojas esa esencia cautivadora que J.J. Abrams ha puesto en Duster, la serie de Max.
El estilo, esa es la principal baza de la serie que firma el creador de Perdidos junto a LaToya Morgan, guionista de Shameless o The Walking Dead, con la que también recupera a un ahora cincuentón Josh Holloway como protagonista.
Ambientada en 1972 en pleno desierto del suroeste de Estados Unidos, Jim Ellis (Josh Holloway) da un volantazo a su vida criminal —literal y narrativamente— impulsado por Nina Hayes (Rachel Hilson), la primera agente mujer y negra del FBI. ¿El gancho? La muerte del hermano de Holloway que podría haber sido orquestada por el jefe de Ellis.
La serie de Max nos lanza a ese Estados Unidos de aridez particularmente hipnótica donde el crimen se negocia con las instituciones, corruptas como las raíces yermas del desierto, montados en coches con más personalidad que algunos de sus personajes.
Es una mirada fetichista a la estética funky de Starsky y Hutch y su dúo protagonista cruzada con la crudeza en la acción al volante de Steve McQueen en Bullitt. El clásico remix nostálgico made in Abrams homenajeando al cine y la televisión de los 70, pero con un ritmo adaptado a la modernidad, diálogos picados y un montaje más ágil.
Un corazón funk de copiloto
Duster comienza con pulso, nunca mejor dicho: un corazón humano transportado en el asiento del copiloto, un criminal de principios fluidos y una agente del FBI afroamericana que tendrá que abrirse paso a codazos en una institución hecha por y para hombres blancos. Campo de cultivo para un buddy thriller envuelta en una carta de amor a los setenta.
El de Holloway es un protagonista construido desde la estética, con su camisa abierta, media melena rubia y una sonrisa socarrona. Si vienes de Perdidos, no vas a echar de menos a aquel mismo tipo que bajó del avión.
Fuera de la portada, la que recoge el mando emocional y se convierte en el corazón de la serie es la Nina Hayes de Rachel Hilson. Su personaje es el más disfrutable: una agente novata que choca contra los muros del racismo estructural y el machismo en una sociedad que más de cincuenta años después poco tiene de lo que presumir, visto lo visto.

Su estoicidad chocará frontalmente con el desparpajo de Ellis, construyendo una batalla de seducción profesional mutua para hacer de ellos una pareja con más química de la que cabría esperar en el papel.
Hayes tendrá que convencer a Ellis de que el líder de la banda criminal para la que lleva trabajando toda su vida, para quienes robó un corazón, es el culpable de la muerte de su hermano y habría estado engañándolo todo este tiempo. Una certeza que, al tirar un poco de la manta, el propio Ellis parece haberse ocultado a sí mismo.
El sello de J.J. Abrams está por todas partes, aunque no tenga oportunidad para recurrir a cliffhangers de peso en el cierre de cada episodio. Le encanta un buen texto gigante flotando para contextualizar, los diálogos hechos eslogan y ese gusto tan poético por remezclar mundos para crear los suyos.
Y es también su condena. El homenaje no llega a hacerse propio y el cariño a la referencia reduce el alma de su último proyecto, por muy cuidadosamente diseñado que esté cada plano para despertar los resortes de tu memoria como lo haría un buen perfume. Oh, la ironía: Duster te recordará constantemente a algo mejor que ya habías visto.
No hay un objetivo emocional ni reflexivo, como hemos visto en otros de sus proyectos estrella. Su serie para HBO es puro entretenimiento nostálgico y, a pesar de lo dicho, no hay nada de malo en ello. Es un vehículo —no me voy a cansar yo tampoco de la referencia— para el lucimiento de Holloway en modo tipo de acción con pasado traumático y ética ambigua.
La buena noticia es la capacidad de Hayes para aportar inteligencia escénica a sus escenas, refrescando una dinámica tan manida que nos permita disfrutar de la serie a pesar de sus carencias.
Nostalgia con el sello Abrams
Duster es acción retro con sabor a gasolina y textura de vinilo envuelta en diálogos de tráiler. Una ficción diseñada para reverenciar el vintage estadounidense, pero sin mancharse de polvo los pantalones.
Su mayor mérito es, partiendo de una historia conocida hasta la saciedad, funcionar en tono: tiene ritmo, tiene humor, y tiene ese encanto a caballo entre la nostalgia y la serie B. No podemos pedirle seriedad o mayores emociones, pero lo que pone sobre la mesa lo hace funcionar.
En el tintero puede quedar su mirada racial o la crítica a la corrupción institucional que presenta inicialmente. Falta riesgo y falta fuego. Es como tener la etiqueta de coche clásico: una belleza estética que todos pueden mirar con curiosidad, pero de menos utilidad cuando quieres echarte a la carretera.
Valoración
Nota 68
Duster es una carta de amor a la estética funk vintage, un homenaje con el sello Abrams que funciona por ritmo y encanto, aunque no por fondo. Holloway y Hilson hacen rodar una historia entretenida que se queda en la superficialidad de lo sencillo… y eso, a veces, también está bien.
Lo mejor
La puesta en escena es una delicia de la nostalgia setentera, con buen ritmo y química entre Holloway y Hilson.
Lo peor
El homenaje se queda en la superficie: falta riesgo, alma y profundidad.